Editor: Esdras Mendoza Rios

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Quebrantados…

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Cuando te quebrantas en tu ser para derramarte completamente sobre los pies de Jesús; es cuando un perfume grato llena Todo el lugar donde se halla el maestro. Otros pueden estar sentados a la mesa pero infinitamente lejos del Salvador. Pero contra toda lógica tu entregas lo mejor, mostrando un nuevo modo de vivir. Al hacerlo das ese paso decisivo de la muerte a la vida.

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Parábola de “Los dos deudores”

(Lucas 7:36-50) Les comparto esta hermosa parábola de Jesús, ha tocado mi vida y la vida de los que integramos la célula de estudio, espero pase lo mismo contigo…

En esta porción de las escrituras, nos encontramos no con una, sino con dos parábolas, la primera es la que Jesús le narra a Simón (“El Obediente o el que obedece”) el fariseo y la otra es una representada en vivo y a todo color por una mujer de dudosa reputación, una “parábola en acción”.

Esta mujer ni siquiera necesita confesar sus culpas; hasta ese punto las conocen y están en la boca de todos  y además, en esta ocasión, ya se ha preocupado el dueño de la casa de  “confesarlas”. Jesús saca las conclusiones de esta parábola: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.

Sin necesidad de palabras

Aparentemente es el fariseo, como dueño de la casa, quien programa el encuentro con el Maestro. Pero el protocolo queda desbaratado por la llegada imprevista de una mujer que está en boca de todos, que en realidad no figura en la lista de los invitados y cuya presencia no resulta precisamente grata.  “En esto, una mujer…” sin duda es una intrusa. Su entrada en casa, de una persona de bien tiene todo el aire de una provocación. ¡Que atrevimiento!  No conocemos su nombre. Sólo sabemos su profesión, que, aunque tan antigua como el mundo, no está entre las más nobles y que consiste en cometer y hacer cometer pecados. Eso es, una intrusa. Que debe haber molestado no sólo a Simón, el distinguido señor de la casa, sino también a un montón de exegetas, que han derrochado una notable cantidad de materia gris para identificar a esta mujer. Entre ellos se han encendido discusiones interminables. Miles de páginas cargadas de argumentos, desbordantes de “indicios”, repletas de suposiciones capaces de desconcertar al detective más perspicaz.  Los sinópticos hablan de dos unciones: una es precisamente esta, en casa de Simón, y la otra en Betania, “anticipando la sepultura”, en casa de Simón el leproso (Mt 26, 2-13; Mc 14, 1-11). ¿Las dos unciones han sido hechas por la misma persona?, ¿y esta mujer anónima se puede identificar con María Magdalena, “de la que habían salido siete demonios”?, ¿y María Magdalena no será por casualidad María de Betania, protagonista a su vez de un regalo de perfume del que habla el evangelio de Juan (12, 1-8)?  Algunos simplifican: una sola mujer. Otros sostienen: dos mujeres distintas. Muchos insisten: son tres mujeres diferentes (tratándose de pecadoras, cuesta poco multiplicarlas, porque nosotros no figuramos en este número…).

De todos modos, la intrusa tiene mucho que hacer en casa de Simón. No le queda tiempo para mostrar a los exegetas su identificación oficial. Le importan poco las presentaciones.  “Una pecadora pública”. La conocen todos. “Una de esas”. La desprecian, pero se sirven de ella. Incluso los virtuosos la necesitan para poderse sentir buenos, para poder decir: «Yo no he caído tan bajo como esa, no me he “degradado tanto, me he mantenido limpio”, argumentos basados más en la depravación ajena que en los propios méritos. Pero ella también conoce a los hombres. Quizás mejor de lo que estos se conocen a sí mismos (o creen conocerse). Y conoce incluso a las mujeres… a través de sus maridos. Conoce el hedor de una sociedad corrompida. Conoce a las personas “honradas”. Las que se cubren de honestidad como si se tratase de una crema para la piel. Pero ella sabe que bajo la capa del buen nombre, de la moralidad, de la hipocresía, está todo lo demás (Se acuerdan del caso de Judá y Tamar). No, ella no se deja impresionar por las apariencias ni por las tarjetas de visita. Los otros se ven obligados a interpretar un papel, a ponerse la careta. Ella al menos tiene el mérito de presentar su verdadero rostro. No muy limpio, pero suyo.

Y seguro que en ella existe alguna zona intacta, no contaminada. En lo profundo de su alma, en un rincón protegido obstinadamente contra las continuas desilusiones y las experiencias más degradantes, queda un retazo de esperanza. Esperanza de encontrar a alguien que no la considere sólo como un objeto de placer. Esperanza de poder ofrecerle su corazón, y no sólo su cuerpo. Esperanza de comenzar todo de nuevo, de partir de cero. Esperanza de ser finalmente comprendida.

Lágrimas de arrepentimiento

“Se presentó con un vaso de alabastro lleno de perfume, se puso detrás de Jesús  (“un paso atrás”; “a corta distancia”) junto a sus pies, y llorando comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enjugárselos con los cabellos de la cabeza, mientras se los besaba y se los ungía con el perfume”.

Cada uno ora a su manera. Aquí, la oración de la pecadora está hecha de silencio y de lágrimas. Su liturgia, bañada de ternura, se sirve de un vaso lleno de perfume y de sus cabellos como si fuesen “objetos sagrados”. A los ojos de los hombres seguía siendo una pecadora. Pero “dentro” había cambiado. Se sentía como “habitada” por aquel hombre. Ahora venía a darle gracias. “No se corta los cabellos en señal de penitencia. Los utiliza para gloria de Cristo. Seductora hasta ayer, conserva su gracia de mujer, que se ha hecho humilde y agradecida”.

Sus gestos tienen la espontaneidad y la seguridad de una mujer que se siente amada y que finalmente llega a amar. Besa los pies que han caminado, que se han desollado por todos los caminos del mundo en busca de las ovejas perdidas (y también en la busca, aún más difícil, de las que jamás han abandonado el redil…) (más…)

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