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¿Esfuerzos infructuosos?

La historia se repite campaña tras campaña y domingo tras domingo. Pero lo cierto es que pocos son los que realmente se salvan. Al Señor lo siguieron muchos y le quedaron bien pocos.

No tenemos ningún derecho a no creer en las estadísticas; pero cuando éstas son hechas con más optimismo que realidad, sí que tenemos derecho a no dejarnos llevar por ellas.

La salvación es muy grande (Hebreos 2:3), y el Señor quiere la salvación de todos (Isaías 45:22). Pero no porque quiere la salvación de todos, ésta se reduce a una mera repetición de la oración del predicador, a un levantar la mano o a un pasar al frente. Todos sabemos que es más que esto; pero hay quien se conforma y aun se satisface en que esto sea hecho así.

Se aduce que este es el primer paso, y que después la enseñanza, y el consejo de que oren cada día y lean la Biblia, van a traer aparejado el fruto de la salvación. Sin embargo, algo tiene que ocurrir el día en que se nace de nuevo. Así como cuando nacemos de nuestra madre arrancamos en un llanto, el día que nacemos del Espíritu algo se tiene que romper en nuestro interior; para que los que nos asisten sepan que el que ha nacido tiene vida. No pretendemos que todas las conversiones sean como las del Apóstol Pablo -aunque ojalá lo fueran-  pero sí que deseamos ver, no un espectáculo, sino el fruto del arrepentimiento. Y sobre todo, la fidelidad y la perseverancia en el tiempo de más vidas consagradas al Señor.

No nos entusiasma el evangelio numérico: sí nos emociona ver las vidas imperturbables, a prueba de pruebas, que en el pasar de los años hablan, diciendo pocas palabras, de una fidelidad hasta la muerte (Apocalipsis 2:10).

Pienso que el defecto en que se ha caído es lo que llamaremos la “competencia evangelística”, tanto al nivel del predicador como al nivel de la Iglesia. Hay algunos hombres de Dios con unción y gracia para mover masas… pero junto a ellos nacen los imitadores. No quiero decir con eso que los predicadores auténticos superen el problema de las aparentes conversiones o conversiones “a medias”. Ni tampoco quiero decir que un relativo porcentaje no se salve de esa apariencia y mediocridad. Sin embargo, si no se termina con este enfoque, seguiremos engañándonos a nosotros mismos (Gálatas 6:3). Peor es, claro está, el caso de la imitación que ya falla por la base. Si a los malos resultados le añadimos el mal comienzo, no obtendremos absolutamente nada.

Las iglesias deben moverse por palabra de Dios y no por métodos,

por buenos que sean, ni por imitaciones. Nada necesariamente ha de funcionar por imitación, pero si hay un sincero deseo de buscar a Dios, forzosamente se obtendrán buenos resultados en cualquier disciplina de la vida cristiana.

Todo es distinto cuando se busca realmente la gloria de Dios.

Se terminan las competencias y con ellas las amarguras. El Señor no ve con buenos ojos esas raíces profundas de amargura que existen en el corazón de hombres ungidos, probados con eficacia en el ministerio de la proclamación del evangelio, pero que arrastran una competencia, que siendo una tontería, los aflige en gran manera. Por supuesto que, como en todo, existen las excepciones, que por otra parte confirman una regla por demás oscura. (más…)

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