Editor: Esdras Mendoza Rios

El Regreso del Amo

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(Lucas 12-35-48)

El siervo vigilante

“Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles. Y aunque venga a la segunda vigilia, y aunque venga a la tercera vigilia, si los hallare así, bienaventurados son aquellos siervos. Pero sabed esto, que si supiese el padre de familia a qué hora el ladrón había de venir, velaría ciertamente, y no dejaría minar su casa. Vosotros, pues, también, estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá. Entonces Pedro le dijo: Señor, ¿dices esta parábola a nosotros, o también a todos? Y dijo el Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les dé su ración? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes. Más si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y le castigará duramente, y le pondrá con los infieles. Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Más el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá.”

 

¿Dónde pones el corazón?

El Maestro, en primer lugar, exhorta a la pequeña grey -que no tiene motivos para temer, porque su debilidad en un plano humano está compensada por el favor y la protección del Padre celestial a mirar hacia delante: “No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el Reino” (Lucas 12:32).

Por eso es necesario no aferrarse a las riquezas (de las que, por el contrario, hay que aligerarse a través de la generosidad y misericordia, para emprender un viaje más expedito), elegir lo esencial y saber discernir cuáles son los valores cuya validez no “caducan”. Estos bienes inagotables a los que es lícito, y hasta obligatorio, apegar el corazón pertenecen al ámbito del ser y no al del tener, al ámbito del amor que se da y no al de la posesión egoísta.

Por tanto:

  • Se trata de ponerse en guardia frente a los falsos valores de este mundo y, por consiguiente, frente a las falsas seguridades y de mirar en dirección al Reino que viene.
  • Ser conscientes de que la elección se hace aquí y ahora. Es aquí donde hay que apuntar hacia el ser y no hacia el tener, hacia el amor y no hacia la posesión, hacia el compartir y no hacia el acumular para sí mismo, para garantizarse un tesoro en el cielo.

Jesús lo primero que hace es establecer un principio general:

“Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón” (Lucas 12:34).

Para una espera vigilante

Tres breves parábolas, cuyo motivo dominante es la espera vigilante, dinámica (los criados que esperan en la noche la vuelta del amo; la irrupción inesperada del ladrón en la casa para desvalijarla; el administrador sabio y diligente, siempre dispuesto a presentar las cuentas al día cuando el amo se las pida).

Se subraya la incertidumbre de la hora. Puede ser antes de lo que uno se espera, pero también más tarde de lo que uno cree. Por eso hay que estar preparados. Lo peor que puede ocurrir es que te pillen de improviso o que te encuentren dormido. Esto también puede suceder de día, en el fragor de la actividad más frenética. En estas tres parábolas Jesús emplea dos imágenes: la de la lámpara encendida en la noche y la de la cintura ceñida. La primera es bastante transparente. Sin embargo, para comprender el simbolismo de .la segunda hay que tener en cuenta que en Oriente se usaban vestiduras largas. Por lo que, cuando uno se disponía a viajar o tenía que emplearse en algún trabajo particular, para facilitar la libertad de movimientos tenía que arremangarse la túnica lo que se hacía sujetándola a la cintura.

Vigilancia y esperanza

La vigilancia, especialmente cuando parece que la noche no se acaba nunca y el amo parece que se ha perdido quién sabe dónde, se sostiene gracias a la esperanza e implica:

  • Una mentalidad de gente en viaje, que comporta capacidad de adaptación a situaciones imprevistas, rapidez en las decisiones,  dinamismo, habilidad, sentido de la provisionalidad (“Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas”).
  • La toma de conciencia de los peligros que nos amenazan. Basta un momento de distracción, de decaimiento, de disipación y hay quien se aprovecha de ello para robarnos los valores más preciosos. O también, según la lección central de la segunda parábola: Si uno se deja seducir, desviar, incluso ocasionalmente, por otras perspectivas, peligra de faltar a la cita decisiva con el Reino que llega de improviso.
  • Una fidelidad constante y una gran cordura (el texto griego atribuye al administrador fiel la “sensatez”, que indica el comportamiento del hombre que sabe adoptar la postura más adecuada a las distintas circunstancias: situaciones nuevas exigen creatividad para afrontarlas de forma apropiada. El sentido de responsabilidad no se manifiesta sólo en el custodiar, sino en el interpretar los cambios y en el consiguiente coraje de dar respuestas nuevas a problemas y exigencias que ya no son las de ayer).

Condenación e invitación

Las tres parábolas sancionan la condena de un estilo cristiano somnoliento, distraído, apagado, flojo, y hasta repetitivo, ya sabido, desencantado. Y constituyen una invitación (de la que no están excluidos los responsables de la Iglesia) a un compromiso inteligente, a un servicio diligente, a una apertura a lo imprevisible.

Llaman a insertar en el marco de un orden razonable también el factor sorpresa, a dejar brotar de la costra rugosa de la prudencia y del miedo, la flor de la esperanza.

“A quien se le dio mucho, se le podrá exigir mucho; y a quien se le confió mucho, se le podrá pedir más”

Las cuentas finales no salen, sea porque hemos perdido el tesoro precioso que se nos confió, sea porque nos hemos limitado a “conservarlo”. Se nos ha “dado” en abundancia para ser osados, para tener coraje, no para congelar todo en el miedo. Cuando uno sólo se preocupa de conservar, de mantener intacto, termina inevitablemente empobreciéndose.

Cuando se colma la espera que se prolonga con ejercicios formales o con liturgias fastuosas y costosas (acaso bajo la amenaza del “castigo” o chantajes de otro género), se corre el peligro de no caer en la cuenta de que el “huésped” ya ha llegado, pero ha pasado de largo porque aquellas cosas no le conciernen, aunque se declare pomposamente que todo se ha preparado en su honor.

A propósito de “esperar”

Profundicemos también en el significado del verbo “esperar” [attendere]: literalmente quiere decir “tender hacia”.  El futuro, para un creyente, no es algo abstracto e indeterminado. Tiene un nombre, un rostro concreto: el Señor Jesús. Pero estar en tensión hacia el futuro, ser testigos de la esperanza, no significa considerar la vida como una sala de espera, dispuestos a subir al tren que nos lleve a la estación final de la eternidad.

No podemos concedernos la evasión en volvernos superficialmente “religiosos” activos,  ni en fe que no tiene evidencia. Pero tampoco podemos permitir una congelación de nuestros esfuerzos y de nuestras aspiraciones en la situación presente. El creyente es alguien vuelto hacia el futuro y al mismo tiempo comprometido con el presente.

Decía un gran novelista y ensayista francés: “La única manera de ser fieles a lo eterno es ser actuales”. El cristiano no se puede convertir en un emboscado de la historia, ni en un desertor de los compromisos terrenales. Tener el reloj sincronizado con la hora de Dios equivale a tenerlo con el hoy. El cristiano es aquel que simplemente rechaza dejarse aprisionar en horizontes muy limitados. Es quien mira hacia lo alto, pero sin desentenderse de la tierra.

Hay que precisarlo con claridad: ser ciudadanos del cielo no significa rechazar el duro oficio de hombres. Hay un espesor de la realidad de este mundo que no se puede anular, sino que debe aceptarse, asumirse. Pero no se puede permitir que esa densidad de las realidades terrestres se convierta en un muro, un diafragma opaco que nos impide ver más allá.

El creyente es un hombre del más allá. Más allá de las apariencias, de lo visible, de las falsas grandezas, de lo contingente, de lo material. Testigo de otro mundo, de otros valores, de otros ideales que no sean el tener, el poseer, el ganar, el hacer carrera.

Para pensar…

No se trata de elegir entre cielo y tierra. Se trata, más bien, de permitir que el cielo proyecte su luz sobre esta tierra. Entonces todo se hace más claro, nuestras opciones más iluminadas nuestros itinerarios menos precarios. Las criaturas vigilantes en espera de “Aquel que debe venir” hacen la tierra más habitable. En el fondo, las lámparas encendidas (expresión de fe) no sirven sólo para esperar al Señor. Iluminan también la casa en que nos encontramos. En otras palabras, las lámparas encendidas no sirven sólo para alumbrar el camino hacia el cielo, sino para no perdernos por los senderos intrincados de esta tierra.

El “tender hacia” lo eterno no autoriza a pasar por encima del hoy. Y la apertura hacia el futuro ciertamente no se expresa con tediosa réplica del pasado. El pasado es importante, pero como estímulo, como apremio hacia delante, no como retorno nostálgico hacia atrás. Conservar la memoria no significa necesariamente “reproducir” las mismas cosas. Conservación no significa estancamiento. Un lago es lo opuesto a estanque, porque está alimentado continuamente por un río que le suministra agua siempre nueva.

La vigilancia excluye el miedo, la obsesión. Se trata de estar atentos, dispuestos, pero no angustiados. Activos, pero al mismo tiempo serenos, no inquietos. Vivos, pero no ansiosos y tampoco frenéticos. Sobre todo, la espera se vive no en sentido pasivo, sino en sentido dinámico. Hay que mantenerse en el propio puesto, en sentido activo, o sea, trabajando. Quiero decir que, más que dedicarse a esperar al Dueño, es necesario hacer que nos encuentre ocupados en el desarrollo de las tareas que nos ha confiado. El tiempo de la espera es el tiempo de la responsabilidad y de la fidelidad. Esfuerzo, no mero cumplimiento e indiferencia.

A propósito de la recomendación que introduce las tres parábolas: “No temáis, pequeño rebaño...”. Es extraño cómo hoy ciertos maestros y jueces implacables de la fe ajena se muestran tan “envenenados” por el frenesí de parecer fuertes gracias a la “multitud de seguidores” de que disponen. Jesús en Getsemaní afirmó que hubiera podido disponer de más de doce legiones de ángeles (Mateo 26:53). Bastaba un gesto. Pero no quiso recurrir a ese medio para inclinar la balanza a su favor, que seguía siendo la de la debilidad. Sin embargo ellos, los testigos de un cristianismo “musculoso” y fuerte por la fuerza de los números,  “no temen”, pero sólo si pueden alardear de una gran e imponente membresía. Su terror es quedar reducidos a pocos, no contar lo suficiente, no tener peso, no hacer oír su voz gruñona. Precisamente lo opuesto al “no temáis” del que habla el evangelio.

Hace un tiempo, a quien padecía de insomnio y no podía concederse el lujo de los tranquilizantes, se le recomendaba contar ovejas de una en una. En cierto momento, si seguía contando, el sueño llegaría inevitablemente. Quizás la fe del pastor se mide también por el hecho de que logra dormirse plácidamente incluso si el recuento de las ovejas le ocupa un tiempo muy reducido. Una vez más hay que decir: los números no son los que dan seguridad, sino el amor, la fe y la esperanza invertidos – “quizás en pura pérdida…”

Guías dormidos

¿Notan en estas parábolas un estímulo a la necesidad de esperar sin cansarse a la vuelta del Señor? Pero los primeros oyentes de Jesús, a quienes se dijeron estas parábolas, el “dueño” es Dios y los “criados” son los jefes religiosos de Israel, especialmente los escribas, que por su conocimiento de las Escrituras deberían saber cuáles son la voluntad y las promesas del Señor. ¿No es absurdo que el portero, que ha vigilado durante toda la noche, se duerma precisamente cuando llega el amo? ¿No es absurdo que los guías religiosos del pueblo cesen de esperar la intervención de Dios precisamente en el momento en que -como anuncia Jesús- está a punto de llegar?

El ladrón

Parece que Lucas ha entendido la parábola como una llamada dirigida a los guías de la comunidad cristiana. En efecto, en el v. 41, compuesto por él, pone en labios de Pedro la pregunta: “Señor, esta parábola ¿se refiere a nosotros o a todos?”. A esta pregunta Jesús responde con otra parábola, la del administrador puesto a prueba por el amo (v. 42-48).

Por tanto, también la parábola del ladrón podría dirigirse a los guías de la comunidad.

Puede parecer extraño que al Señor que vuelve se le compare con un ladrón. Pero esta impresión no está justificada. La Imagen del ladrón se usa con frecuencia en el Nuevo Testamento. Hemos de admitir, pues, que originalmente el asalto nocturno del que habla la parábola era una metáfora de la parusía, de la vuelta de Jesús para juzgar. También la iglesia primitiva lo entendió así, pero lo ha interpretado a la luz de su situación, que estaba afectada por el retraso de la parusía. Por consiguiente, la parábola ya no es un grito de alarma dirigido a la multitud, sino una advertencia dirigida a la comunidad y a sus jefes para que perseveren en la fe en la vigilancia a pesar del retraso de la parusía.

Un amo que se hace siervo

Se nos presenta la imagen del amo que se hace siervo de sus criados (12:37). Es una escena sobre la que el narrador invita  a pararse como lo indica la descripción detallada (“Se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos”) y la solemne fórmula introductoria: “Os aseguro”. ¿Es una escena totalmente inverosímil? Para un amo, sí; pero para el Señor, no. Más tarde esta imagen vuelve aparecer en el contexto de la última cena, fuera de cualquier ficción parabólica “¿Quién es más importante, el que se sienta en la mesa o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Pues bien, yo estoy entre vosotros como el que sirve” (22: 27).

La imagen es teológicamente más “realista” de lo que parece. No es una “pía exageración”, sino una profunda verdad cristológica que el genio de Lucas ha sabido poner en evidencia. Sin duda es una imagen paradójica, pero precisamente por eso verdadera, como todo el discurso evangélico sobre Dios. Jesús ha vivido sirviendo, desvelando así su identidad y el rostro de Dios. Servir no es para Jesús, el Hijo de Dios, una actitud extrínseca a su naturaleza (como si Jesús hubiese servido únicamente para obedecer al Padre o para reparar los pecados de los hombres, humillándose a pesar de su ser Hijo), sino una modalidad de existencia conforme con su profunda identidad de Hijo. Precisamente porque es Hijo.

Jesús es esencialmente “el que se da”. Expresión de su identidad, el servicio caracteriza todas las etapas de la existencia del Señor.

En su segunda venida el Señor Jesús repetirá los gestos que ha realizado en la primera. En efecto es el mismo Señor y el rasgo que lo identifica es siempre el mismo: “el que sirve”. Cambian las maneras de la presencia (humilde y gloriosa), pero no el rostro de la persona que se hace presente. Y se repetirá una vez más la sorpresa del discípulo (Juan 13: 6): “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”.

Expertos en alimentos y no en magulladuras

Hay dos maneras de esperar a Jesucristo: la que consiste en alimentar a los individuos y la que consiste en golpearlos. La que consiste en sentirse responsable con los demás (retomando la parábola, tiene la conciencia de ser servidor con ellos y por ellos) y la que lleva a uno a creerse el amo y a considerar a los otros como inferiores, dispuestos únicamente a recibir nuestras lecciones …

Jesús intuyó que su retraso plantearía algunos problemas a los responsables de la Iglesia. Su mentalidad con frecuencia corre el riesgo de cambiar. En vez de pensar principalmente en los demás terminan insensiblemente por pensar sobre todo en sí mismos.

Los ministros, que en los orígenes de la Iglesia eran “extrovertidos”, o sea,  volcados en los demás, poco a poco terminan por hacerse “introvertidos”, o sea, vueltos hacia sí mismos, porque piensan en la grandeza y el alcance de su ministerio más que en sus ovejas. El pastor de un rebaño pensará más en su carga que en sus fieles;  en sus prerrogativas más que en su grey… Se habla mucho de ministerios y de ministros, pero nunca suficientemente de la iglesia, de la Iglesia real, visible.

Es totalmente cierto, y lo atestigua el texto, que Jesucristo instruye ministros. No hay que transigir en este punto. Pero es también verdad que hay buenos y malos ministros.

Pero ¿qué es un buen servidor? El texto responde: un servidor prudente, inteligente (que no significa intelectual, sino lleno de buen sentido y de finura), consciente de que su tarea es alimentar debidamente a los que se le han confiado. Es evidente que esto afecta a la predicación, que debe alimentar realmente a los que vienen a escucharla (¡pero hace falta que vengan!).

Además, su inteligencia se manifiesta de dos maneras:

Él espera de verdad a su amo tanto si vuelve inmediatamente, como si vuelve después de mil años. Se trata de actuar tanto si tiene muy poco tiempo, como si tiene mucho. Es rápido, pero no se agobia; vivo, pero no ansioso; activo, pero calmo.

A los que le han sido confiados los considera siervos como él mismo es siervo, encargados de la misma tarea. Por eso les exhorta a asumir su lugar; y, aunque es consciente de tener responsabilidades sobre ellos, nos los considera inferiores. En cuanto al mal servidor, golpea, apalea, martiriza, porque se ha olvidado de: que se le han confiado, y que son sus hermanos.

Él no piensa sino en ensañarse, castigar, amenazar, expulsar. Estará bien recordar a este propósito ciertas predicaciones y artículos en los que a los pobres oyentes se ven obligados a recibir continuamente solemnes bastonazos… Con esto no quiero negar que, en algunas circunstancias, una fraterna llamada de atención, dulcificada con una sonrisa, no sea útil y saludable. Creo simplemente que debemos mantenernos en guardia para no maltratar, fustigar o herir a aquellos que, antes que nada, deberían ser alimentados.

Añadiré simplemente que hay cristianos cuya epidermis es excesivamente sensible: les salen “moretones” apenas se les roza con una pluma y no es posible decir nada sin que se crean que la diana son ellos.

Curiosamente, son con frecuencia estos mismos cristianos los que, si se les confía la cátedra y la predicación, manejan con violencia la vara de la represión.

Bien entendido que hay otros muchos modos de magullarse recíprocamente, algo que se denota es que en la Iglesia, todos somos expertos en “moretones”. Pero Jesucristo nos exige que nos convirtamos en expertos en sanar heridas, en alimentación…

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