Editor: Esdras Mendoza Rios

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El patrón de todo predicador

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El Perfil del que lleva las buenas nuevas de salvación.

El carácter de la persona que evangeliza es más importante que el método. Ahora,  debemos describir este carácter. Un principio de la vida cristiana es que la importancia de “ser” cristiano es aún más que la de “hacer” algo. Esto lo vemos en el fruto del Espíritu, que tiene que ver con lo que somos. El fruto es previo a los dones del Espíritu, porque
no se pueden practicar los dones sin el fruto, o serían inútiles (lea 1 Corintios 13).

Entonces, el carácter del evangelista debe reflejar el fruto del Espíritu. Aquí hacemos una aplicación para el evangelista de cada característica del fruto dada en Gálatas 5:22 y 23.

Amor      →     Amor hacia Dios, y compasión por los perdidos

Gozo       →     Contagioso- ¡otros van a querer lo que tienes!

Paz         →      No contiende, sino que trae paz

Paciencia  →  No forza decisiones, sino que espera la obra del Espíritu.

Benignidad  → Buena voluntad para con la gente; evangeliza con una sonrisa.

Bondad         → Responde a las necesidades

Fe  → Confía en Dios y en su evangelio, y es confiable también

Mansedumbre  → Evangeliza con humildad, no con aire de superioridad

Templanza  → Dominio propio: buen testimonio

Para una persona dotada con el don de evangelismo, la necesidad urgente de evangelizar fluye de su interior como un río de agua viva. Al verdadero misionero, nadie tiene que
obligarle a llevar las buena nuevas, lo hace como parte de su vida cotidiana. Es un llamado especial que se cumple por un impulso interno. Pero no todos tenemos el don de ser evangelistas de masas. Por eso, la Biblia nos exhorta, nos recuerda y nos prepara para evangelizar. Como ha sido repetido varias veces ya, a todos los cristianos ha sido dado un mandamiento de evangelizar. Es un asunto de obediencia. Pero, no es el don de todos. Entonces, los que tienen el don de ser evangelista lo deben ejercitar, y los que no lo tienen, todavía pueden evangelizar, como estilo de vida, y a través de los métodos. Pero todos
lo debemos hacer bajo la guía e impulso del Espíritu Santo, y caracterizados por el fruto del Espíritu.

¡El Evangelismo no es un Método!

¿Le parece extraña esta frase? Puede ser que sí,  ¿Cómo puede ser? Sí, sencillamente porque el evangelismo en su esencia no es un método, sino una pasión del alma del verdadero discípulo de Jesucristo. Claro, hay métodos de evangelismo. De hecho, cualquier evangelismo que se lleva a cabo es mediante algún método. En la Biblia encontramos a Jesús y a sus discípulos evangelizando usando varios métodos. Pero no es el método lo más importante. Es la condición del corazón.

¿Esfuerzos infructuosos?

La historia se repite campaña tras campaña y domingo tras domingo. Pero lo cierto es que pocos son los que realmente se salvan. Al Señor lo siguieron muchos y le quedaron bien pocos.

No tenemos ningún derecho a no creer en las estadísticas; pero cuando éstas son hechas con más optimismo que realidad, sí que tenemos derecho a no dejarnos llevar por ellas.

La salvación es muy grande (Hebreos 2:3), y el Señor quiere la salvación de todos (Isaías 45:22). Pero no porque quiere la salvación de todos, ésta se reduce a una mera repetición de la oración del predicador, a un levantar la mano o a un pasar al frente. Todos sabemos que es más que esto; pero hay quien se conforma y aun se satisface en que esto sea hecho así.

Se aduce que este es el primer paso, y que después la enseñanza, y el consejo de que oren cada día y lean la Biblia, van a traer aparejado el fruto de la salvación. Sin embargo, algo tiene que ocurrir el día en que se nace de nuevo. Así como cuando nacemos de nuestra madre arrancamos en un llanto, el día que nacemos del Espíritu algo se tiene que romper en nuestro interior; para que los que nos asisten sepan que el que ha nacido tiene vida. No pretendemos que todas las conversiones sean como las del Apóstol Pablo -aunque ojalá lo fueran-  pero sí que deseamos ver, no un espectáculo, sino el fruto del arrepentimiento. Y sobre todo, la fidelidad y la perseverancia en el tiempo de más vidas consagradas al Señor.

No nos entusiasma el evangelio numérico: sí nos emociona ver las vidas imperturbables, a prueba de pruebas, que en el pasar de los años hablan, diciendo pocas palabras, de una fidelidad hasta la muerte (Apocalipsis 2:10).

Pienso que el defecto en que se ha caído es lo que llamaremos la “competencia evangelística”, tanto al nivel del predicador como al nivel de la Iglesia. Hay algunos hombres de Dios con unción y gracia para mover masas… pero junto a ellos nacen los imitadores. No quiero decir con eso que los predicadores auténticos superen el problema de las aparentes conversiones o conversiones “a medias”. Ni tampoco quiero decir que un relativo porcentaje no se salve de esa apariencia y mediocridad. Sin embargo, si no se termina con este enfoque, seguiremos engañándonos a nosotros mismos (Gálatas 6:3). Peor es, claro está, el caso de la imitación que ya falla por la base. Si a los malos resultados le añadimos el mal comienzo, no obtendremos absolutamente nada.

Las iglesias deben moverse por palabra de Dios y no por métodos,

por buenos que sean, ni por imitaciones. Nada necesariamente ha de funcionar por imitación, pero si hay un sincero deseo de buscar a Dios, forzosamente se obtendrán buenos resultados en cualquier disciplina de la vida cristiana.

Todo es distinto cuando se busca realmente la gloria de Dios.

Se terminan las competencias y con ellas las amarguras. El Señor no ve con buenos ojos esas raíces profundas de amargura que existen en el corazón de hombres ungidos, probados con eficacia en el ministerio de la proclamación del evangelio, pero que arrastran una competencia, que siendo una tontería, los aflige en gran manera. Por supuesto que, como en todo, existen las excepciones, que por otra parte confirman una regla por demás oscura. (más…)

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