¡Viaja inteligentemente!

(Lucas 7:36-50) Les comparto esta hermosa parábola de Jesús, ha tocado mi vida y la vida de los que integramos la célula de estudio, espero pase lo mismo contigo…

En esta porción de las escrituras, nos encontramos no con una, sino con dos parábolas, la primera es la que Jesús le narra a Simón (“El Obediente o el que obedece”) el fariseo y la otra es una representada en vivo y a todo color por una mujer de dudosa reputación, una “parábola en acción”.

Esta mujer ni siquiera necesita confesar sus culpas; hasta ese punto las conocen y están en la boca de todos  y además, en esta ocasión, ya se ha preocupado el dueño de la casa de  “confesarlas”. Jesús saca las conclusiones de esta parábola: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.

Sin necesidad de palabras

Aparentemente es el fariseo, como dueño de la casa, quien programa el encuentro con el Maestro. Pero el protocolo queda desbaratado por la llegada imprevista de una mujer que está en boca de todos, que en realidad no figura en la lista de los invitados y cuya presencia no resulta precisamente grata.  “En esto, una mujer…” sin duda es una intrusa. Su entrada en casa, de una persona de bien tiene todo el aire de una provocación. ¡Que atrevimiento!  No conocemos su nombre. Sólo sabemos su profesión, que, aunque tan antigua como el mundo, no está entre las más nobles y que consiste en cometer y hacer cometer pecados. Eso es, una intrusa. Que debe haber molestado no sólo a Simón, el distinguido señor de la casa, sino también a un montón de exegetas, que han derrochado una notable cantidad de materia gris para identificar a esta mujer. Entre ellos se han encendido discusiones interminables. Miles de páginas cargadas de argumentos, desbordantes de “indicios”, repletas de suposiciones capaces de desconcertar al detective más perspicaz.  Los sinópticos hablan de dos unciones: una es precisamente esta, en casa de Simón, y la otra en Betania, “anticipando la sepultura”, en casa de Simón el leproso (Mt 26, 2-13; Mc 14, 1-11). ¿Las dos unciones han sido hechas por la misma persona?, ¿y esta mujer anónima se puede identificar con María Magdalena, “de la que habían salido siete demonios”?, ¿y María Magdalena no será por casualidad María de Betania, protagonista a su vez de un regalo de perfume del que habla el evangelio de Juan (12, 1-8)?  Algunos simplifican: una sola mujer. Otros sostienen: dos mujeres distintas. Muchos insisten: son tres mujeres diferentes (tratándose de pecadoras, cuesta poco multiplicarlas, porque nosotros no figuramos en este número…).

De todos modos, la intrusa tiene mucho que hacer en casa de Simón. No le queda tiempo para mostrar a los exegetas su identificación oficial. Le importan poco las presentaciones.  “Una pecadora pública”. La conocen todos. “Una de esas”. La desprecian, pero se sirven de ella. Incluso los virtuosos la necesitan para poderse sentir buenos, para poder decir: «Yo no he caído tan bajo como esa, no me he “degradado tanto, me he mantenido limpio”, argumentos basados más en la depravación ajena que en los propios méritos. Pero ella también conoce a los hombres. Quizás mejor de lo que estos se conocen a sí mismos (o creen conocerse). Y conoce incluso a las mujeres… a través de sus maridos. Conoce el hedor de una sociedad corrompida. Conoce a las personas “honradas”. Las que se cubren de honestidad como si se tratase de una crema para la piel. Pero ella sabe que bajo la capa del buen nombre, de la moralidad, de la hipocresía, está todo lo demás (Se acuerdan del caso de Judá y Tamar). No, ella no se deja impresionar por las apariencias ni por las tarjetas de visita. Los otros se ven obligados a interpretar un papel, a ponerse la careta. Ella al menos tiene el mérito de presentar su verdadero rostro. No muy limpio, pero suyo.

Y seguro que en ella existe alguna zona intacta, no contaminada. En lo profundo de su alma, en un rincón protegido obstinadamente contra las continuas desilusiones y las experiencias más degradantes, queda un retazo de esperanza. Esperanza de encontrar a alguien que no la considere sólo como un objeto de placer. Esperanza de poder ofrecerle su corazón, y no sólo su cuerpo. Esperanza de comenzar todo de nuevo, de partir de cero. Esperanza de ser finalmente comprendida.

Lágrimas de arrepentimiento

“Se presentó con un vaso de alabastro lleno de perfume, se puso detrás de Jesús  (“un paso atrás”; “a corta distancia”) junto a sus pies, y llorando comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enjugárselos con los cabellos de la cabeza, mientras se los besaba y se los ungía con el perfume”.

Cada uno ora a su manera. Aquí, la oración de la pecadora está hecha de silencio y de lágrimas. Su liturgia, bañada de ternura, se sirve de un vaso lleno de perfume y de sus cabellos como si fuesen “objetos sagrados”. A los ojos de los hombres seguía siendo una pecadora. Pero “dentro” había cambiado. Se sentía como “habitada” por aquel hombre. Ahora venía a darle gracias. “No se corta los cabellos en señal de penitencia. Los utiliza para gloria de Cristo. Seductora hasta ayer, conserva su gracia de mujer, que se ha hecho humilde y agradecida”.

Sus gestos tienen la espontaneidad y la seguridad de una mujer que se siente amada y que finalmente llega a amar. Besa los pies que han caminado, que se han desollado por todos los caminos del mundo en busca de las ovejas perdidas (y también en la busca, aún más difícil, de las que jamás han abandonado el redil…)

Llorando…” También para ella esto era una complicación. El vaso de perfume estaba previsto. Las lágrimas, sin embargo, no estaban previstas. Pero desde el momento que empezaron a brotar, las utiliza en su liturgia hecha de conmoción. Hoy, incluso en ámbitos cristianos, se miran las lágrimas con sospecha, como si hubiera que avergonzarse de ellas. Una debilidad. Muchos prefieren lloriquear que llorar. En el “status” espiritual que caracteriza a tantos sectores, algunos llegan a reírse del “don de lágrimas”. Y sin embargo las lágrimas representan la consumación del arrepentimiento.

No hay nada más ajeno al espíritu del cristianismo que la insensibilidad de un corazón petrificado.

El arrepentimiento, expresado por las lágrimas, se puede considerar como el puente que permite pasar del temor a la orilla de la esperanza. “El arrepentimiento es el fuerte temblor del alma ante las puertas del paraíso”. Entre las bienaventuranzas evangélicas debemos redescubrir esa que proclama: “Dichosos los que ahora lloráis…” (Lucas 6: 21). Quien se reconoce pecador no se avergüenza de sus lágrimas. Sabe que devuelven a sus ojos la capacidad de contemplar al Señor.

Pensamientos que huelen

“Al ver esto el fariseo que lo había invitado, pensó para sus adentros: ‘Si este fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo esta tocando, pues en realidad es una pecadora'”.

Se advierte en él la sorpresa, el desprecio –tanto por la pecadora pero también para con Jesús al referirse a él como “este”: “Ya me parecía a mí que este es un profeta de pacotilla; ni siquiera sabe que tipo de mujer es esa que le está tocando”.   Pero no tiene la valentía de decir en voz alta lo que piensa. Se limita a pensarlo “para sus adentros”.

Dime qué piensas de los demás y te diré quién eres.

Hay gente que solo tiene una coherencia: la de confrontar los propios pensamientos sobre los demás y la propia conducta. O sea, los juicios que se formulan con respecto a los otros revelan lo que uno es capaz de hacer. Se piensa mal porque se obra mal.  ¿A que huelen tus pensamientos?

El “pensar mal de los otros” es la garantía de nuestra capacidad para realizar esas mismas acciones, si se presenta la ocasión.  Cristo, no sólo sentía el mal olor de ciertos pensamientos, sino que los leía en voz alta, como en un libro abierto: “Simón, tengo que decirte una cosa…”. Y el fariseo sintió la humillación de verse cogido en “flagrante delito de pensamiento” y de que le dieran una lección detallada de buenos modales.  Y por si fuese poco, se añade a ello la mortificación,  ver que le proponen como ejemplo (¡y reproche!) el comportamiento de la pecadora.

Preocúpate cada que escuches la voz de Dios a través de cualquier medio, incluso esta lectura y te diga: “Tengo que decirte algo…”

Se empieza con una parábola fácil, la de los dos deudores, y se le pide a Simón que saque la conclusión. “Has juzgado bien”. (pareciera que Jesús nos dijera, si de juzgar se trata acertamos, pero en la practica somos otros) Ciertos individuos lo saben todo, sus juicios son siempre acertados. Lo malo es que no entienden nada. Y entonces el Maestro les obliga a mirarse en el espejo (el espejo de la mujer): “¿Ves a esta mujer?”.  No hay nada que decir, un chaparrón capaz de levantar la delicada piel del fariseo…

Y precisamente aquí, en el centro de este estudio, tenemos el punto central de la parábola, el también llamado punto de comparación de la parábola.

Clímax

La conclusión no va en la dirección que uno se podría esperar. Según el desarrollo de la parábola, sería lógico sacar estas consecuencias: el perdón de la deuda es causa y medida del amor. Cuanto más “agraciado” se sienta uno, más amor demuestra. En una palabra: el perdón precedería y produciría el amor.

Sin embargo, Jesús, con uno de sus habituales e Imprevistos  cambios de lógica, apunta en la dirección opuesta:

Me gusta como de forma magistral Jesús usando los mismos sustantivos le da la vuelta al concepto, perdón y amor por amor y perdón.

El corazón de la  mujer ha cambiado completamente desde el momento en que se reconoció pecadora. Si ha realizado todos esos gestos, quiere decir  que su corazón ya estaba lleno de amor. Por eso “se le han perdonado sus muchos pecados, porque ha amado mucho”. No es el perdón, como exigiría la lógica, el que provoca el amor, sino el amor es el que suscita y mide el perdón.

Cuantos de nosotros argumentamos que nacimos en “cuna cristiana” que somos privilegiados porque Dios no tuvo que batallar mucho en perdonarnos, porque éramos “moralmente buenos” hicimos poco mal…poco daño, sin embargo, hay otros que ¡uffff deberían estar más agradecidos….! ¡Como nos parecemos al fariseo! ¡Todos éramos pecadores y estábamos destituidos de la Gloria de Dios! El amor que manifestamos y demostramos a Dios no esta en relación a cuanto nos perdonó, sino mas bien en reconocer el amor tan grande que tuvo Dios para con nosotros “en que siendo aun pecadores, ¡Cristo murió por nosotros!”

El reconocer ese amor, y sentirnos compungidos del corazón, traspasado por la espada de la verdad, nos vuelca en arrepentimiento a los pies de Jesús, ahí lloramos y es ahí donde recibimos el perdón. No se trata de saber cuan bueno fuimos, o que tantos pecados nos perdonó Jesús, debe bastarnos en que la palabra dice que todos estábamos destituidos de la Gloria de Dios.

Para el fariseo la conclusión es distinta y más lógica: “Aquel a quien se perdona poco ama poco”.

Los que murmuran y la que se va de allí “ligera” – “Los comensales se pusieron a pensar para sus adentros: ‘¿Quién es este que hasta perdona los pecados?'”. De nuevo pensamientos escondidos. Pero las murmuraciones y el escándalo de los presentes no impiden a Jesús que realice hasta el fondo su acción de recuperar a la mujer. El estrépito de los malos pensamientos no impide la fórmula de absolución que Jesús se apresta a pronunciar con solemnidad: “Tus pecados quedan perdonados”. Y después la despide con: “Vete en paz”, precedida de una confidencia: “Tu fe te ha salvado”. Probablemente ella lo ha interpretado así: “Tu amor te ha salvado”. La mujer se va. Todos la consideraban una mujer “ligera de cascos”. Pero solamente ahora se siente de verdad “ligera”.  Se le ha restituido un corazón nuevo, puro y fresco como el de un niño. Ahora puede empezar a amar de verdad. Porque se siente amada. Y el fariseo, que había invitado a Jesús para “estudiarlo”, ahora,  si quiere saber algo acerca del Maestro, deberá dirigirse a aquella mujer y con él, todas las personas “virtuosas” del mundo. Incluyéndonos.

Ninguna de estas dos parábolas consigue convertir al fariseo

Pero me parece que ninguna de las dos parábolas logra sacar al descubierto al pobre hombre escondido en el fariseo, que prefiere permanecer protegido por sus harapos rutilantes de personaje de bien, estimado y reverenciado por los demás, y no quiere. Saber nada de lo que alberga en lo íntimo de su ser. No ha entendido que la grandeza -y la salvación-del hombre consiste en admitir esto: “Soy un pobre hombre”.

No ha caído en la cuenta de que el verdadero pecado es la falta de amor.

Que el arrepentimiento es reconocer humildemente los propios incumplimientos del código del amor, y desear intensamente amar y ser amado. Que el perdón no es otra cosa que experimentar la plenitud del amor. ¿podrá hacer que tu te conviertas?

El fariseo “sabe” los pecados de la mujer intrusa. Pero “no sabe” que ninguna virtud puede llenar y sustituir el vacío de amor.

Él se contenta con estar en regla, con ser “irreprochable”, “irreprensible”, con mantener el orden exterior. Tiene miedo de las lágrimas, porque le estropearían el maquillaje de actor religioso consumado y la máscara de respetabilidad. No acepta el riesgo de ser despojado de las apariencias, de descubrir la propia miseria escondida y de emprender el camino comprometido del amor fiel.

A Cristo no le gustan los monumentos  – La seguridad tiene un rostro muy poco tranquilizador. Es el rostro irreprensible del fariseo que ha invitado a Jesús y que mueve la cabeza ante la aparición no programada de aquella “mujerzuela”. La seguridad tiene un aspecto sombrío. Asume una postura sospechosa. Tiene un aire triste. Sus ojos indagadores buscan algo que merezca una desaprobación, un desprecio., Incluso cuando sonríe, el fariseo -seguro de Si y de sus virtudes-sonríe contra alguien. Su sonrisa es acusadora. La seguridad del fariseo es la presunción. Él se considera necesariamente poseedor de la verdad. Se coloca por derecho en la categoría de los virtuosos, de los justos. Y, desde esa posición de privilegio, su mirada hacia el otro es la mirada de la sospecha o, a lo más de la condescendencia. Y también su postura, aunque en el exterior parece sólida, resulta en realidad extremadamente frágil, casi inconsistente. En efecto, el barniz exterior juega un papel relevante en esa máscara de fidelidad y ejemplaridad.

El respeto formal, los gestos calculados, el lenguaje controlado, el pensamiento rigurosamente ceñido a lo oficial, la observancia de las normas disciplinares, demasiado ostentosa para ser auténtica y convencida, los ojos opacos, las poses resabidas, el escrupuloso respeto de las formas, constituyen la cobertura de un vacío real. Jesús no se deja impresionar por estos monumentos sagrados. Su palabra agrieta el barniz, abre grandes grietas en los aplanados, rompe sin piedad el envoltorio -y el contenido de cartón-piedra. No hay barniz que resista. No hay apariencia que se mantenga.

“Simón, tengo que decirte una cosa…”. -No se pone a discutir con él. Le cuenta una pequeña parábola y le obliga a pronunciarse. Le obliga, sobre todo, a confrontarse con el ejemplo dado por una «ramera». La comparación con los gestos realizados por una mujer «de esa clase» resulta netamente desfavorable para él.

“Tú no me diste…”: una acusación repetida tres veces. Tres colosales incumplimientos. Y todo sintetizado en un único capítulo de acusación: Amor escaso.

El monumento es perfecto, pero frío, distante, aparatoso. Amenazador. Jesús no se encuentra a gusto en esa casa honorable. Por suerte ha entrado, quién sabe cómo, una mujer poco recomendable, pero capaz de gestos auténticos, espontáneos, no previstos en el rígido protocolo. Lágrimas, perfume, besos y un uso bastante insólito de los cabellos. Todo para expresar arrepentimiento, afecto, fe. La acogida del fariseo se ha limitado al espacio exterior. La mujer pecadora no ha dudado en ofrecer a Jesús las paredes de un corazón que, a pesar de las miserias, ha conservado intacta la capacidad de abandonarse sin reservas a un amor más grande. Y Jesús con delicadeza extrema, ha barrido la suciedad -o sea, “sus muchos pecados” -y le ha devuelto un sentido, una libertad a aquella existencia desquiciada (“vete en paz”).

Sin embargo, la máscara de presunción del fariseo resulta impenetrable. No digo que debajo haya necesariamente suciedad. Algo peor: debajo hay un personaje arrogante, lleno de sí. Y entre aquellas paredes blanqueadas pero gélidas, no hay posibilidad de encender un fuego.

“Simón, tengo que decirte una cosa…”. y a ti que lees esto también: Ten el coraje de permitirte un momento de debilidad. Deja filtrar un sentimiento. Intenta recuperar tu rostro de hombre, después de haber raspado esas tenaces incrustaciones. Rencuentra tu dignidad, reconociendo la parte de miseria que te toca. Y sábete que la virtud no tiene por qué oler mal. Por eso estará bien que preguntes dónde compró “esa mujer” el perfume. Porque a mí me gusta el perfume, no los monumentos. Los monumentos, ¡ay!, quedan donde están. Y necesitan ser vigilados. Sin embargo, el perfume sólo requiere ser liberado, difundirse.

“Simón, tengo que decirte una cosa…”. ¿Por qué no dejas de poner esa cara seria, ese ceño fruncido, y recuperas la alegría de ser auténtico?

Conclusiones

1. “Se le han perdonado sus muchos pecados, porque ha amado mucho. En cambio, a aquel a quien se perdona poco, ama poco…” Sin embargo, el perdón limitado, restringido no se debe a escasa generosidad del prestamista, sino al pecado imperdonable de quien no se considera culpable, a la ceguera de quien le gusta la luz para brillar y no para dejarse registrar por dentro.

2. “Nada debe cambiar, todo continúa como antes” es el programa del fariseo (se puede leer entre líneas en las invitaciones y hasta en el menú). Y pierde la ocasión irrepetible de que suceda algo nuevo y decisivo en aquella existencia “regular”.

3. Hay algo peor que ser deudor moroso e insolvente. Y es rechazar que Alguien pague, con sus manos traspasadas por los clavos, nuestras deudas, quizás haciéndose la ilusión de saldar la cuenta con regulares y miserables pagos… con moneda falsa, aunque vaya barnizada de religiosidad.

Perdón y amor  – El lector atento advierte un contraste entre la conclusión que Jesús saca de la parábola (“Se le han perdonado sus muchos pecados, porque ha amado mucho”) y la dirección del relato en su conjunto, al final del cual nos esperaríamos, lógicamente, una inversión de los términos: porque se le perdonó mucho, ama mucho. Este desplazamiento puede significar también que la reanudación de la parábola por parte de Lucas ha cambiado de alguna manera la perspectiva originaria. Es sorprendente además que el contraste aflore también en las dos partes del mismo versículo final (7:47): en la primera, el amor precede al perdón; en la segunda, lo sigue (“A aquel a quien se perdona poco, ama poco”).

La gratitud, lenguaje del amor  – Todo lo que hace la mujer revela coraje y determinación: después de haber tenido la valentía de entrar en la casa de un fariseo, sigue actuando sin preocuparse de los que  la rodean y la miran. Sus gestos han sido preparados y son significativos…. Es importante advertir que no son éstos  de quien va a pedir perdón, sino de quien muestra una gratitud infinita. Por eso no es necesario que esta mujer pronuncie una sola palabra. Los gestos que realiza ya son elocuentes por sí mismos y sabe que Jesús los comprende bien…, refiriéndose a estos gestos suyos después de la parábola, Jesús los explica como actos de amor (v. 47). Pero, como demuestra la misma expresión utilizada al final de la parábola (“¿Quien de ellos lo amará más?”), se trata de un amor de gratitud; el arameo, pobre de vocablos se sirve del verbo “amar” para decir también “agradecer” no sin razón, porque en realidad sólo quien ama sabe verdaderamente ser agradecido.  No hay peor cosa que no agradecer…pero a estos lo superan los ingratos.

La grande y la pequeña gratitudJesús propone la parábola para justificar que se ha dejado tocar por una prostituta. Confronta la deuda grande con la pequeña con la grande y la pequeña gratitud. Porque la mujer demuestra una gratitud mayor, está más cerca de Dios que el fariseo, aunque  esta haya vivido en el pecado.

La gran cancelación  – Aquí el perdón no se entiende como la rebaja de transgresiones aisladas, sino como la gran cancelación de todo lo que esclaviza al ser humano, auténtico “rescate” ofrecido a todos En otra ocasión Jesús completa “vete y no peques mas”

Dios es así – “Está claro que Jesús habla de Dios. Así es Dios, ¡tan incomprensiblemente bueno! ¿No comprendes, Simón? El amor de esta mujer, ante la que tú frunces el ceño, es una expresión del agradecimiento desbordante por la incompresible bondad de Dios. ¿Cómo te equivocas con ella y conmigo, y cómo te falta lo mejor?” – Joaquín Jeremías.

Aquel perfume ha inundado el mundo – El gesto de esta mujer no estaba motivado por el ímpetu femenino hacia una figura fascinante, sino por la gratitud hacia el único Hombre que le había mirado con ojos que la liberaban; no con los ojos de los justos que son peligrosos porque crucifican al pecador en su pecado, y tampoco con los ojos de los libertinos que utilizan a la pecadora y después la desprecian, sino con esos ojos que invitan al reino de la libertad. El ímpetu de esta mujer era el ímpetu de todos los oprimidos en la conciencia. El perfume de aquella estancia ha llenado el mundo entero hasta hoy…

El amor no mira lo negativo – Jesús está junto al fariseo en la mesa, pero está infinitamente lejos de él. Porque la ley de Jesús es el amor, entendido como benevolencia de Dios y, por consiguiente, también del hombre hacia los que, según una definición de la ley, están en el pecado. El amor no mira lo negativo, no mira la contradicción de un hombre con la ley; mira sus íntimas exigencias, el estímulo interno que, quizás, le ha llevado a estar en contraste con la ley, pero que pone su atención en otra cosa, en una plenitud, en una experiencia vital que colme las esperas del corazón. Sí, el corazón acoge esta espera, esta necesidad profunda; se abre camino a través de la maraña de las violaciones morales para fijarse en el germen intacto que existe también en el corazón de la más corrompida prostituta, y su milagro es suscitar ese germen, constituirlo principio consciente de un modo nuevo de vivir. Es paso de la muerte a la vida…

¿Quieres dar tú ese paso?

Inclínate ante Jesús y pide perdón por tus pecados…ahora.

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Comentarios en: "Parábola de “Los dos deudores”" (7)

  1. tremendo urias santo por que dios no mira lo que mira el hombre aleluya gracias dios gehova

  2. homenic fuentes dijo:

    Que manera tan hermosa de penetrar en las almas de los que leemos estas lineas. Me encanto el estilo del escritor y mas la enseñanza. Felicidades sigan con este ministerio

  3. […] es la segunda parábola que estamos estudiando, la primera fue los dos deudores, la intención es conocer y ejercitar la vida del reino de Dios, déjenme decirle que la clase […]

  4. SILVIA CRUZ dijo:

    Realmente se siente como la uncion del Padre te acompaña…. Tienes su cobertura…. Gracias por ayudarnos a comprender más alla de lo que leen nuestros ojos…. bendiciones Silvy Cruz

    • Gracias Silvy! Espero nos sigas visitando y leyendo.

      • SILVIA CRUZ dijo:

        Gracias a ti… ya he leido algunos de tus mensajes…. realmente nos permites discernir mejor la Palabra y poder transmitirla com amor y pasion a los niños…. Tus mensajes me son de mucha ayuda para preparar las clases… Serñia mucho pedirte que me compartas algo sobre otros temas???… Como por ejemplo: Diezmos y ofrendas.. Ah… eres un poeta de la Palabra…. Bendiciones

  5. Hna. Silvia Cruz, gracias por sus comentarios y sugerencias, aquí le informo que ya subí la primer entrada respecto a los diezmos…..Espero le sirva en su vida devocional.

    https://uriasheteo.wordpress.com/2012/08/16/el-diezmo/

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