Editor: Esdras Mendoza Rios

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Fuimos diseñados para esto…

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Era una barca, una vieja barca…
Era una barca, una hermosa barca…
El que la había construido estaba práctico en las cosas del mar, amaba el mar.

Era una vieja y hermosa barca. Hacía tiempo que estaba amarrada al muelle del puerto. Alguna vez se separaba perezosamente de la orilla para dar un corto paseo por la bahía. La vida a bordo no carecía de un cierto estilo. Se intentaba luchar esforzadamente contra la monotonía. Poco a poco los oficiales se habían ido ataviando con uniformes: negros, blancos, rojos, naranjas… Algunos añadían lentejuelas o condecoraciones. Las relaciones entre oficiales superiores y subalternos estaban reguladas por un rígido ceremonial y serviles ritos y zalamerías.

En suma, la vida a bordo no era realmente muy incómoda.

Todo lo que había que hacer -o que evitar-  estaba recogido en reglamentos muy detallados que se observaban escrupulosamente. Naturalmente, estaban también los marineros. En realidad, no se los veía mucho en cubierta, trabajaban sobre todo en las bodegas o en la sala de máquinas, aun cuando resulta demasiado evidente que la atención y el cuidado de los motores es más bien algo secundario en una barca que no abandona nunca el puerto.

Puesto que el reglamento era más o menos siempre el mismo, el aprovisionamiento idéntico siempre, el chapoteo en el puerto y el clima del país siempre igual… entonces, para tener ocasión de intercambiar ideas de cuando en cuando, se recurría a pintar de nuevo alguna parte de la barca. Y las buenas venerables señoras que el domingo, paseaban por el muelle, seguían repitiendo: “Oye, mira aquella barca, es mi preferida. Ya forma parte del paisaje. Es una barca fiel; no se mueve nunca”.

Un día murió el capitán…

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Mujer virtuosa

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El buen samaritano….última clase.

Antes leer:

El Buen Samaritano – Clase no. 1

El Buen Samaritano – Clase no. 2

Es un gusto y la vez un pesar el llegar al final del estudio tan hermoso que Dios nos concedió a través de esta parábola, espero transforme nuestra manera de pensar y nuestra manera de comportarnos….

!Gracias!  por caminar con nosotros este tramo del camino…

 

Sensibilidad

 

El samaritano “que iba de viaje” y pasaba casualmente por allí, lo mismo que el sacerdote y el levita, no se ha contentado con “ver”, como habían hecho los dos que le habían precedido, sino que se ha parado y se ha involucrado en el drama de aquel desconocido.

No hacer mal no basta

Primer Escalón.- No hacer lo que no queremos que nos hagan.
Segundo Escalón.- Haz con los demás como quieras que hagan contigo.
Tercer Escalón.- Haz con el otro lo que él realmente quisiera que le hicieras.

El samaritano ha sintonizado la frecuencia de onda del otro y así ha oído su voz silenciosa, haciendo callar todas las otras voces (las voces ruidosas de los compromisos improrrogables, de la comodidad, del interés, de la preocupación de no tener molestias Y de no buscarse complicaciones…)

Improvisación

El samaritano se ha manifestado como un extraordinario improvisador y precisamente su capacidad de improvisación es lo que le distingue de la postura “fácil” adoptada por el sacerdote y por el levita. Estos eran rutinarios, repetitivos, programadores rígidos de su vida y hasta de sus gestos religiosos. Seguían unos esquemas según módulos predefinidos y en esos esquemas no había espacio para el gesto improvisado, fuera de las normas. Caminaban a lo largo del camino como si fuesen sobre rieles, siguiendo un programa de viaje establecido de antemano, horario, plazos, velocidad. Todo ya calculado en ese programa no está prevista una parada, una interrupción del itinerario.  No se contemplaba lo imprevisto. No entraba la cita con el inesperado. No había espacio para la sorpresa. No estaba programado lo… fuera de programa.

Han mirado al herido, pero esa visión, ese encuentro, no ha sido para ellos un impedimento que les haya obligado a salirse de la regularidad. Han esquivado el obstáculo siguiendo adelante, impertérritos, por su camino, sin sentirse interpelados, sin advertir la provocación de la realidad imprevista, sin sentirse tocados interiormente. Él, el samaritano, ha sido un sorprendente improvisador. Ha aceptado la provocación del intruso, el reclamo del extraño, metiendo una variante en su programa de viaje, inventando una parada no programada. No se ha conformado con ver, para después seguir manteniendo la media de velocidad establecida en el plan de  viaje y respetando la agenda de los compromisos. Se ha sentido interpelado por el imprevisto, por el prójimo desconocido que apareció en el camino sin anunciarse. A diferencia de los dos, para quienes el pobre desgraciado suponía un elemento molesto en su programa religioso, un cuerpo extraño en su organismo espiritual, ha aceptado el desvío, el cambio del itinerario establecido. Y también sus gestos de primeros auxilios al desventurado los realiza de forma improvisada.

Improvisación: “Es la capacidad de no dudar, de no demorarse ante cualquier situación”. Añadiría: no echarse atrás. La improvisación no es una virtud fácil de practicar. La vida de cada día capacita para la velocidad y la rapidez. Pero no así respecto a la prontitud y a la improvisación. La velocidad es hija de la costumbre para desarrollar un quehacer o una acción. La prontitud, sin embargo, nace de una constante atención en el desenvolverse de la vida. Solamente quien está preparado puede pararse en el momento preciso y actuar fuera de los esquemas habituales y de las convenciones sociales (y también fuera de las redes sociales). Lo contrario de la improvisación es la programación exasperada, la planificación rígida, la burocratización que mata la espontaneidad, la organización que sofoca la vida. La fórmula, la ficha de registro, los diagnósticos de todo tipo (incluidos los moralistas y religiosos) y la fijación de las competencias terminan por ocultar a la persona. .. El samaritano no viajaba con la ficha de identificación del prójimo en el bolsillo y el prontuario de lo que hay que hacer en casos de emergencia, y menos aún con la lista de las oficinas competentes a las que dirigirse. Le bastó con descubrir a un hombre abandonado para entender que precisamente ese era el prójimo al que acercarse y dedicarse, a quien había que prestar cuidados. Ese imprevisto era “asunto suyo”.

Escasa habilidad y gran capacidad

Dicen los pedantes que sus gestos fueron torpes. En efecto, “le vendó las heridas, después (más…)

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