Editor: Esdras Mendoza Rios

Hemos olvidado su poder…

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¡Eran fiestas!

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Cuándo la fiesta se cambio a funeral…

 

En muchos pasajes de la Biblia, podemos apreciar que Dios es un Dios alegre y que basa sus relaciones en días de descanso. De hecho establece 7 fiestas anuales. Días de alegrarse, días de compartir, días de perdonar y de dejar ir.

Mientras a otros dioses como “Moloc” se les entregaban los hijos para ser quemados, y a otros a doncellas para ser sacrificadas, donde dolor y muerte era la características de esos pueblos paganos. ¡Dios establece fiestas!

Te imaginas cuando se convocaba a la asamblea, se sabía que iba a ser todo algarabía, tiempo de gozo y regocijo. para muchos eran momentos en que se le restituía la libertad, o sus tierras o sus familias. ¡Hasta la tierra descansaba!

Así nace las primeras congregaciones por causa del Dios y Señor de todo cuanto existe. Muchos años después…surge la iglesia, primero en casas…pero el común denominador era que seguía siendo momentos de alegría y sencillez de corazón. Momento de compartir con los demás, momentos de arreglar cuentas.

Años más tarde, por el 300 D.C. se oficializa el cristianismo como religión oficial del imperio romano y se extiende por Europa. Se construyen hermosas catedrales con hermosos vitrales a colores. Pero Aproximadamente en el 406 D.C. se inicia la ocupación por un pueblo conocido como “Los Barbaros”. Se dedican a asaltar y saquear. Muchas bibliotecas fueron quemadas y muchas obras de arte destruidas. También muchas construcciones medievales fueron dañadas. Estos Barbaros, no tenían ni escuela, ni respeto a nada. Únicamente le temían a lo desconocido, a los “espíritus” al mal procedente del más allá. Sus estandartes eran “trabajados” con conjuros para alejar a dichos “espíritus”.

La iglesia de ese entonces, audazmente, empezó a cambiar las fachadas otrora coloridas de las grandes catedrales, por un gris que invitaba al temor, rodeándola con esculturas de “demonios” conocidos como “gárgolas” que desincentivaban el ataque de los bárbaros y les provocaban pavor y respeto. Los monjes y sacerdotes se inventaron vestimentas de colores oscuros con “capuchas” para que parecieran seres del más allá y así salvar sus vidas, a grupos de monjes se les adiestraba para caminar con pasos muy cortos, dentro de sus hábitos, para que si eran vistos, pareciera como si “flotaran” e infundieran algo de temor. ¿Cómo era la música? también tenía que ser algo que sonara fúnebre y fuerte. Se inventaron los grandes pianos tubulares.

Gracias a este ardid, se lograron “preservar” muchas iglesias de su destrucción a manos de estas hordas invasoras, aparentemente se habían salvado del ataque. “Aparentemente”… ya que sin querer se transmitió a las futuras generaciones este tipo de liturgia basada en el temor. Por eso, muchas congregaciones sin importar la denominación, siguen resguardando una “tradición” de la cual no saben sus orígenes y propósitos.

Así fue como, se pasó de fiesta a liturgias más parecidas a funerales…

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Era una barca, una vieja barca…
Era una barca, una hermosa barca…
El que la había construido estaba práctico en las cosas del mar, amaba el mar.

Era una vieja y hermosa barca. Hacía tiempo que estaba amarrada al muelle del puerto. Alguna vez se separaba perezosamente de la orilla para dar un corto paseo por la bahía. La vida a bordo no carecía de un cierto estilo. Se intentaba luchar esforzadamente contra la monotonía. Poco a poco los oficiales se habían ido ataviando con uniformes: negros, blancos, rojos, naranjas… Algunos añadían lentejuelas o condecoraciones. Las relaciones entre oficiales superiores y subalternos estaban reguladas por un rígido ceremonial y serviles ritos y zalamerías.

En suma, la vida a bordo no era realmente muy incómoda.

Todo lo que había que hacer -o que evitar-  estaba recogido en reglamentos muy detallados que se observaban escrupulosamente. Naturalmente, estaban también los marineros. En realidad, no se los veía mucho en cubierta, trabajaban sobre todo en las bodegas o en la sala de máquinas, aun cuando resulta demasiado evidente que la atención y el cuidado de los motores es más bien algo secundario en una barca que no abandona nunca el puerto.

Puesto que el reglamento era más o menos siempre el mismo, el aprovisionamiento idéntico siempre, el chapoteo en el puerto y el clima del país siempre igual… entonces, para tener ocasión de intercambiar ideas de cuando en cuando, se recurría a pintar de nuevo alguna parte de la barca. Y las buenas venerables señoras que el domingo, paseaban por el muelle, seguían repitiendo: “Oye, mira aquella barca, es mi preferida. Ya forma parte del paisaje. Es una barca fiel; no se mueve nunca”.

Un día murió el capitán…

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