Editor: Esdras Mendoza Rios

Entradas etiquetadas como ‘salvacion’

¿Cuál camino?

Al lado de Él venía un ladrón… viendo cómo marchaba Jesús a su muerte en el Gólgota, y a la multitud que iba detrás de Él, en un primer momento el ladrón se unió a los que se burlaba de Jesús, diciendo: “¡Bah! Tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz.” – Mateo 27:44; Marcos 15:29, 30.

Pero, por alguna razón, en lo más profundo de este criminal cuyo nombre no sabemos, algo cambió, quizás cuando escuchó orar a Jesús, respirando trabajosamente: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” – Lucas 23:34.

En medio de la ceguera del mundo, la revelación de Dios vino a un criminal colgado en una cruz: Este hombre era realmente el Mesías, el Rey, el Salvador, el Señor. El ladrón fue tocado por Cristo, y sus ojos fueron abiertos. Su última petición estuvo llena de humildad y esperanza, aun cuando osadamente llamó al Hijo de Dios con una familiaridad inesperada. “Jesús”, le dijo, “acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” – Mateo 27:42

Mientras que los discípulos de Jesús habían perdido la esperanza, sin entender su misión, este delincuente entendió que el reinado de Jesús no era de este mundo, y que su muerte, de alguna manera, sería parte de su triunfo. Este desvalido pecador, que estuvo tan consciente de su imposibilidad de salvarse a sí mismo, nos mostró el camino a todos: él fue el primero en ser sacado de la oscuridad a la luz gloriosa, por el victorioso Jesús.

¡Que esta semana santa te resplandezca la luz de Cristo!

Y pases de las tinieblas a su luz admirable…

Parábola Hijo Prodigo

  

Alejamiento

Un elemento común a las tres parábolas (“La oveja perdida”, “La moneda perdida” y “El hijo perdido” es el alejamiento. La oveja se extravía después de haberse alejado del rebaño y luego está la mujer que pierde una de las diez monedas (quien sabe donde ha ido a parar… ). Finalmente, ahí está el hijo pródigo que se ha alejado de la casa paterna. .Pero no basta: tenemos también al hijo mayor que está “lejos”, aunque nunca haya abandonado ni la casa. ni el trabajo. Pero su fidelidad es puramente formal; su obediencia esta privada de alegría y de amor; su corazón se muestra mezquino, incapaz de perdonar de aceptar al hermano que se ha equivocado. Por tanto, el también se ha alejado, es más, permanece obstinadamente lejano, porque se siente extraño a la misericordia del padre.

Quizás los lejanos más irrecuperables son los que, irreprensibles, frecuentan y se instalan en casa -grupo, congregación-, pero rechazan desdeñosamente abandonar los rígidos esquemas de un código de comportamiento formalista y se niegan a “entrar” en la loca lógica de la misericordia (…se enfadó y no quería entrar… ).La verdadera traición es la de quien permanece sin dar el paso decisivo: superar el umbral de la observancia exterior y entrar al centro de la casa: allí donde late el corazón de un padre y se vive la experiencia sublime del perdón. Un perdón que se recibe y se da. En efecto, quien no admite que necesita el perdón, además de no experimentar la alegría de recibirlo, nunca será capaz de darlo.

Búsqueda

Entre el alejamiento y la vuelta (conversión) está una búsqueda apasionada. Advertimos un extraordinario movimiento, además del movimiento de la fuga. El pastor se va a la búsqueda ansiosa de la oveja perdida. La mujer revuelve todo (…Enciende una lámpara, barre la casa…y busca con todo cuidado…) hasta encontrar la moneda perdida. Solamente el padre de la última parábola parece que se limita a esperar. Pero es una impresión superficial. En realidad no es así. Él también se ha movido, aunque aparentemente se quede en casa. Ha recuperado al hijo a través de la nostalgia, el deseo, la espera vigilante y preocupada (…Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro…).

La conversión es cuestión de pasos. No solamente los pasos del que vuelve. Anteriores son aquellos, incansables, de quien ama y, por consiguiente, asume la iniciativa, busca pacientemente, frecuenta los lugares de la perdición (a costa de escandalizar, como hace Cristo, a los religiosos de la época, que luego resulta que son, ironía de las palabras, los que siempre ‘ofician’ mal… ), cubre todos los caminos, no se resigna a la lejanía de ninguno. Esos pasos obedecen al ritmo impuesto por el corazón. (más…)

Porque he de proclamar salvación

ESCENA 1.- Dentro de la ciudad de Samaria

El ejército Sirio acampa en las proximidades de Samaria. No se puede entrar ni salir; las cosechas de los campos alrededor ya se han perdido; adentro reina la desesperación, la incertidumbre, el miedo; el precio del alimento está por las nubes; el canibalismo se hace una alternativa.  La ciudad está sitiada y el rey adentro no puede defenderse, ni tiene un aliado poderoso que venga a socorrerlo.

ESCENA 2.- En el campamento Sirio

Los Sirios esperan con paciencia que la ciudad se rinda para ellos tomársela y ponerle precio a su “libertad.” Un día, entre oscuro y claro, mientras todo se ve tranquilo desde lejos, se oye lo que parece ser un gran ejército acercándose; el ejército acampado concluye que Israel ha contratado los servicios militares de los hititas o los egipcios y vienen al ataque. En minutos los papeles se invierten y ahora los que se llenan de miedo son los sirios. Saben que no pueden enfrentar semejantes ejércitos. No les queda otra opción que huir, y de qué manera. No tienen tiempo para salvar nada y salen en estampida a la velocidad del susto. Es peligroso mirar hacia atrás y su propia polvareda lo hace inútil.

Pero si hubieran mirado, esto es lo que hubieran visto: cuatro harapientos, malolientes y desnutridos leprosos acercándose al campamento. ¡Qué escena!

Los Sirios habían salido despavoridos al mismo tiempo en que los cuatro leprosos en la puerta de Samaria decidían ir al campamento del ejército enemigo para ver si de algún modo podían salvar sus vidas. Pero, para su sorpresa, no encuentran ningún ejército, sino un campamento abandonado y lleno de provisiones. Una vez establecido que el campamento Sirio ha sido abandonado, los leprosos actúan tan rápido como sus frágiles cuerpos se lo permiten; así sugiere la seguidilla de verbos,  en total diez verbos en diecisiete palabras “crean el efecto de un arrebato de saqueo.” ¡Qué festín el que se dieron! Encuentran lo que nunca habían visto ni comido, en cantidades superiores a la capacidad de sus estómagos. Y como si eso fuera poco, hay ropa y todo gratis. (más…)

¿Esfuerzos infructuosos?

La historia se repite campaña tras campaña y domingo tras domingo. Pero lo cierto es que pocos son los que realmente se salvan. Al Señor lo siguieron muchos y le quedaron bien pocos.

No tenemos ningún derecho a no creer en las estadísticas; pero cuando éstas son hechas con más optimismo que realidad, sí que tenemos derecho a no dejarnos llevar por ellas.

La salvación es muy grande (Hebreos 2:3), y el Señor quiere la salvación de todos (Isaías 45:22). Pero no porque quiere la salvación de todos, ésta se reduce a una mera repetición de la oración del predicador, a un levantar la mano o a un pasar al frente. Todos sabemos que es más que esto; pero hay quien se conforma y aun se satisface en que esto sea hecho así.

Se aduce que este es el primer paso, y que después la enseñanza, y el consejo de que oren cada día y lean la Biblia, van a traer aparejado el fruto de la salvación. Sin embargo, algo tiene que ocurrir el día en que se nace de nuevo. Así como cuando nacemos de nuestra madre arrancamos en un llanto, el día que nacemos del Espíritu algo se tiene que romper en nuestro interior; para que los que nos asisten sepan que el que ha nacido tiene vida. No pretendemos que todas las conversiones sean como las del Apóstol Pablo -aunque ojalá lo fueran-  pero sí que deseamos ver, no un espectáculo, sino el fruto del arrepentimiento. Y sobre todo, la fidelidad y la perseverancia en el tiempo de más vidas consagradas al Señor.

No nos entusiasma el evangelio numérico: sí nos emociona ver las vidas imperturbables, a prueba de pruebas, que en el pasar de los años hablan, diciendo pocas palabras, de una fidelidad hasta la muerte (Apocalipsis 2:10).

Pienso que el defecto en que se ha caído es lo que llamaremos la “competencia evangelística”, tanto al nivel del predicador como al nivel de la Iglesia. Hay algunos hombres de Dios con unción y gracia para mover masas… pero junto a ellos nacen los imitadores. No quiero decir con eso que los predicadores auténticos superen el problema de las aparentes conversiones o conversiones “a medias”. Ni tampoco quiero decir que un relativo porcentaje no se salve de esa apariencia y mediocridad. Sin embargo, si no se termina con este enfoque, seguiremos engañándonos a nosotros mismos (Gálatas 6:3). Peor es, claro está, el caso de la imitación que ya falla por la base. Si a los malos resultados le añadimos el mal comienzo, no obtendremos absolutamente nada.

Las iglesias deben moverse por palabra de Dios y no por métodos,

por buenos que sean, ni por imitaciones. Nada necesariamente ha de funcionar por imitación, pero si hay un sincero deseo de buscar a Dios, forzosamente se obtendrán buenos resultados en cualquier disciplina de la vida cristiana.

Todo es distinto cuando se busca realmente la gloria de Dios.

Se terminan las competencias y con ellas las amarguras. El Señor no ve con buenos ojos esas raíces profundas de amargura que existen en el corazón de hombres ungidos, probados con eficacia en el ministerio de la proclamación del evangelio, pero que arrastran una competencia, que siendo una tontería, los aflige en gran manera. Por supuesto que, como en todo, existen las excepciones, que por otra parte confirman una regla por demás oscura. (más…)

Nube de etiquetas