Editor: Esdras Mendoza Rios

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El Alcohol

Tomado de 20 Enemigos Del Matrimonio – Rodolfo Loyola

En una encuesta hecha hace unos años en Gran Bretaña, detectaron que un alto porcentaje de los divorcios son causados por el abuso del alcohol.

El alcohol tiene una propaganda gratuita en los medios de comunicación; no las marcas fabricantes, sino el alcohol en sí.

Pensemos en una película o un anuncio de cine o televisión. Si hay un motivo de fiesta o celebración, las bebidas alcohólicas no pueden faltar. Si dos enamorados acuden a una cita, amortiguan los preámbulos y los nervios entre copas. Si hay una discusión fuerte en el matrimonio o con algún miembro de familia, casi instintivamente las manos del más enfurecido van a parar a la botella. Si alguien sufre un fracaso amoroso, en muchos casos y especialmente en el hombre, trata de ahogar los recuerdos en el viejo recurso de las bebidas embriagante.

En cierta forma, el mundo civilizado se forma mirando al alcohol más como un escape, un remedio, que lo que es en realidad: una droga que destruye al ser humano física, psíquica y espiritualmente. Por suerte, los cristianos llevamos una gran ventaja (me refiero a los nacidos de nuevo) porque el uso del alcohol está o debe estar desterrado de nuestros hábitos o costumbres. (más…)

Las precipitaciones

Tomado de 20 Enemigos Del Matrimonio. Rodolfo Loyola

La sociedad actual exige cada vez más alto grado de preparación. Para cualquier empleo suelen preferir al que más títulos aporte, más idiomas sepa, o más experiencia haya tenido en el trabajo en cuestión. Salvo en los países muy subdesarrollados, el porcentaje de personas con carrera es muy alto. Los padres advierten y aconsejan a sus hijos: “Tienes que prepararte para la vida”. Pero, ¿qué preparación recibe una pareja para casarse y formar la tan importante empresa del matrimonio? ¿Dónde están las escuelas para los futuros cónyuges? Cada cual va a su aire, guiándose un poco por los sentidos, por la tradición familiar, etc.

Con el enamoramiento se pierde un poco el sentido común y la psicología que se puede tener o saber para conocer a la otra persona. Es muy corriente que bajo estas circunstancias, en pocos meses se pueda encontrar uno casado con una desconocida, o viceversa. Si bien es cierto que rara vez llegamos a conocer bien a una persona sin haber vivido con ella. Si mucho cuesta conocerse a sí mismo, cuánto más a otro ser de otra familia.

Los padres advierten y aconsejan a sus hijos: “Tienes que prepararte para la vida”. Pero, ¿qué preparación recibe una pareja para casarse y formar la tan importante empresa del matrimonio?

Hoy se usa, inclusive, casarse a espaldas casi de las respectivas familias, sin que ninguno de los dos conozca un poco siquiera a los familiares del otro. Esto se esgrime en defensa de la independencia como pareja, y es muy probable que funcione por algún tiempo y de acuerdo con las circunstancias; pero el tiempo y los encontronazos de la vida tienden a llevamos tarde o temprano a buscar a la familia, ya como recurso, o por el instinto mismo de volver a la raíz.

¿Quién puede aconsejar a un enamorado? ¿El amor es ciego, o es que ve algo y no quiere admitirlo? ¿No es acaso la primera juventud o la adolescencia una época idealista, de poca reflexión, mucha inestabilidad emocional y, por lo tanto inmadura, para algo de tanta importancia como el matrimonio?

No podemos osar cambiar algo que es natural, y en ocasiones tan bonito, que guardamos recuerdos de ello para toda la vida.

Creo que no sería inútil poner algunos ejemplos que pueden ayudar a los aspirantes jóvenes al matrimonio, a padres con hijos casaderos o a parejas muy tiernas en edad.

Suele darse el caso de chicos o chicas enamorados del arte, de la habilidad o la fuerza física de quien desearían como cónyuge. Si esto se hace irreflexivamente, sin mirar a la persona real, desprovista de instrumentos musicales, arte, deporte, etc., puede llegar a vivir con alguien que en el hogar, en la intimidad, puede ser una persona aburrida, falta de sentido común y, muy a menudo, más entregada a su vocación o profesión que a una persona fuera de ella misma.

En el mundo secular se suele dar esto con frecuencia. Los artistas, los músicos, los toreros (donde los hay) que deslumbran a las chicas con lo que hacen en público; idealizan al individuo y, si logran conquistarlo, es corriente que pasado un tiempo, viene la decepción.

Eso no quiere decir que todo hombre público, todo artista o deportista, acabe siendo mal esposo; el asunto está en que son seres comunes y corrientes, que adolecen de las mismas cosas que otro mortal cualquiera, y esto hay que asumirlo con conocimiento de causa.

En el hogar, bajo el mismo techo, donde la ceguera de las pasiones cede a la realidad, es donde sabemos quién es quién y para quién.

Esto que he mencionado con respecto al mundo secular, puede darse en el mundo cristiano, con un joven predicador, o que de alguna manera tenga un talento o ministerio, que destaque en público, en la iglesia local, o fuera de ella.

Como cristianos debemos estar dispuestos a corregimos y ayudar a perfeccionar a la persona que nos ha tocado para hacer juntos el larguísimo viaje del matrimonio. La felicidad no existe como un estado permanente. Hay momentos de la vida, etapas fugaces en las que nos visita la felicidad. Pero recordemos esto: “El teatro y el cine suelen copiar o argumentar de la vida, pero la vida no puede copiar del teatro o del cine

En muchas comunidades o congregaciones, está con más o menos rigor establecido que los que creen haber hallado pareja, o por lo menos hay una atracción mutua, deben decirlo al pastor o consejeros asignados para el caso quienes, con amor, experiencia y visión espiritual, pueden dar unas orientaciones, consejos o advertencias, que a los jóvenes cristianos humildes y obedientes les ayudará a tener un alto porcentaje de aciertos.

Por no ser reiterativo o machacón sobre lo que tanto se ha dicho, sólo quiero citar un curioso pensamiento que leí hace tiempo:

“Si te casas con un hijo o hija del diablo, seguro vas a tener problemas con tu suegro”.

Y, por fin, recuerda que la llamada felicidad, si se consigue, es procurando la felicidad del otro. ¿De acuerdo? Un egoísta no puede hacer feliz a nadie.

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