Editor: Esdras Mendoza Rios

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Fuimos diseñados para esto…

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Era una barca, una vieja barca…
Era una barca, una hermosa barca…
El que la había construido estaba práctico en las cosas del mar, amaba el mar.

Era una vieja y hermosa barca. Hacía tiempo que estaba amarrada al muelle del puerto. Alguna vez se separaba perezosamente de la orilla para dar un corto paseo por la bahía. La vida a bordo no carecía de un cierto estilo. Se intentaba luchar esforzadamente contra la monotonía. Poco a poco los oficiales se habían ido ataviando con uniformes: negros, blancos, rojos, naranjas… Algunos añadían lentejuelas o condecoraciones. Las relaciones entre oficiales superiores y subalternos estaban reguladas por un rígido ceremonial y serviles ritos y zalamerías.

En suma, la vida a bordo no era realmente muy incómoda.

Todo lo que había que hacer -o que evitar-  estaba recogido en reglamentos muy detallados que se observaban escrupulosamente. Naturalmente, estaban también los marineros. En realidad, no se los veía mucho en cubierta, trabajaban sobre todo en las bodegas o en la sala de máquinas, aun cuando resulta demasiado evidente que la atención y el cuidado de los motores es más bien algo secundario en una barca que no abandona nunca el puerto.

Puesto que el reglamento era más o menos siempre el mismo, el aprovisionamiento idéntico siempre, el chapoteo en el puerto y el clima del país siempre igual… entonces, para tener ocasión de intercambiar ideas de cuando en cuando, se recurría a pintar de nuevo alguna parte de la barca. Y las buenas venerables señoras que el domingo, paseaban por el muelle, seguían repitiendo: “Oye, mira aquella barca, es mi preferida. Ya forma parte del paisaje. Es una barca fiel; no se mueve nunca”.

Un día murió el capitán…

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Por encima…

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En nuestro peregrinar por este mundo, camino a la tierra prometida, podemos perder de vista nuestro objetivo final, y quedarnos atrapados en nuestra situación especifica en un momento determinado. En este caminar vamos a padecer hambre, sed, cansancio, desencanto, enfermedad y tantas situaciones particulares a cada uno de nosotros. En esos momentos difíciles, podemos acudir a Dios, Él siempre esta atento y tiene cuidado de nosotros. Lo importante es que cada vez que acudamos a Dios lo hagamos con la promesa en mente. Acordémonos que aquí estamos de paso, y vamos hacia un lugar donde ya no habrá más llanto, ni más tristeza ni más dolor.

De esto depende como serán nuestras oraciones, claro que podemos pedir por la situación en especifica de este momento, pero con cuidado de no quedarnos anclados en la situación. Siempre en nuestras oraciones debemos mantener la promesa que Dios ha hecho para nuestras vidas.

El peligro es que nos conformemos con el milagro que vemos, que perdamos de vista la promesa, nos podemos acostumbrar a esperar milagros, que de hecho suceden y sucederán a lo largo del trayecto, pero estos son nada más para suplir algunas necesidades, los milagros no son el fin en si mismos sino el medio por el cual podemos aspirar llegar al objetivo.

Muchos se llevan su milagro pero no se llevan a Dios.

Algo que nos ayuda a recordar siempre la promesa por encima de las circunstancias es ser agradecido, la queja nubla tu visión y sólo ves lo que pasa a tu alrededor en tu entorno muy cercano, pero el agradecimiento sobrepasa por mucho el momento y te hace mirar más allá de las fronteras de tu situación.

¡Te invito a saltar!

Porque he de proclamar salvación

ESCENA 1.- Dentro de la ciudad de Samaria

El ejército Sirio acampa en las proximidades de Samaria. No se puede entrar ni salir; las cosechas de los campos alrededor ya se han perdido; adentro reina la desesperación, la incertidumbre, el miedo; el precio del alimento está por las nubes; el canibalismo se hace una alternativa.  La ciudad está sitiada y el rey adentro no puede defenderse, ni tiene un aliado poderoso que venga a socorrerlo.

ESCENA 2.- En el campamento Sirio

Los Sirios esperan con paciencia que la ciudad se rinda para ellos tomársela y ponerle precio a su “libertad.” Un día, entre oscuro y claro, mientras todo se ve tranquilo desde lejos, se oye lo que parece ser un gran ejército acercándose; el ejército acampado concluye que Israel ha contratado los servicios militares de los hititas o los egipcios y vienen al ataque. En minutos los papeles se invierten y ahora los que se llenan de miedo son los sirios. Saben que no pueden enfrentar semejantes ejércitos. No les queda otra opción que huir, y de qué manera. No tienen tiempo para salvar nada y salen en estampida a la velocidad del susto. Es peligroso mirar hacia atrás y su propia polvareda lo hace inútil.

Pero si hubieran mirado, esto es lo que hubieran visto: cuatro harapientos, malolientes y desnutridos leprosos acercándose al campamento. ¡Qué escena!

Los Sirios habían salido despavoridos al mismo tiempo en que los cuatro leprosos en la puerta de Samaria decidían ir al campamento del ejército enemigo para ver si de algún modo podían salvar sus vidas. Pero, para su sorpresa, no encuentran ningún ejército, sino un campamento abandonado y lleno de provisiones. Una vez establecido que el campamento Sirio ha sido abandonado, los leprosos actúan tan rápido como sus frágiles cuerpos se lo permiten; así sugiere la seguidilla de verbos,  en total diez verbos en diecisiete palabras “crean el efecto de un arrebato de saqueo.” ¡Qué festín el que se dieron! Encuentran lo que nunca habían visto ni comido, en cantidades superiores a la capacidad de sus estómagos. Y como si eso fuera poco, hay ropa y todo gratis. (más…)

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