Editor: Esdras Mendoza Rios

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El Buen Samaritano…Primera Clase

Saludos…les comparto La Parábola “El Buen Samaritano”, tema: El reino de Dios a través de las parábolas de Jesús.

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El Buen Samaritano – Clase No. 2

El Buen Samaritano – Ultima Clase

Esta es la segunda parábola que estamos estudiando, la primera fue los dos deudores, la intención es conocer y ejercitar la vida del reino de Dios.

 

El experto

 “Se levantó entonces un maestro de la ley y le dijo para tenderle una trampa…”

Es la vieja religión la que habla por boca de este súper experto. Es la vieja teología que plantea su discurso únicamente desde el plano teórico. Pero Jesús no se deja enredar en un debate académico. Jesús no entra en un debate teórico, aunque él lo puede hacer pues el mismo es la sabiduría de Dios. No presenta una tesis, sino un hecho concreto. Y obliga al interlocutor a hacer las cuentas con los hechos. Le obliga no a elegir una teoría, sino una actitud práctica. Al final no le pregunta: “¿Has entendido bien?”. Ni tampoco le recomienda: “¡preocúpate de no olvidar esta lección!”. Le impone tajantemente: “Vete y haz tú lo mismo” o “Ve a hacer lo mismo”.

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Parábola de “Los dos deudores”

(Lucas 7:36-50) Les comparto esta hermosa parábola de Jesús, ha tocado mi vida y la vida de los que integramos la célula de estudio, espero pase lo mismo contigo…

En esta porción de las escrituras, nos encontramos no con una, sino con dos parábolas, la primera es la que Jesús le narra a Simón (“El Obediente o el que obedece”) el fariseo y la otra es una representada en vivo y a todo color por una mujer de dudosa reputación, una “parábola en acción”.

Esta mujer ni siquiera necesita confesar sus culpas; hasta ese punto las conocen y están en la boca de todos  y además, en esta ocasión, ya se ha preocupado el dueño de la casa de  “confesarlas”. Jesús saca las conclusiones de esta parábola: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.

Sin necesidad de palabras

Aparentemente es el fariseo, como dueño de la casa, quien programa el encuentro con el Maestro. Pero el protocolo queda desbaratado por la llegada imprevista de una mujer que está en boca de todos, que en realidad no figura en la lista de los invitados y cuya presencia no resulta precisamente grata.  “En esto, una mujer…” sin duda es una intrusa. Su entrada en casa, de una persona de bien tiene todo el aire de una provocación. ¡Que atrevimiento!  No conocemos su nombre. Sólo sabemos su profesión, que, aunque tan antigua como el mundo, no está entre las más nobles y que consiste en cometer y hacer cometer pecados. Eso es, una intrusa. Que debe haber molestado no sólo a Simón, el distinguido señor de la casa, sino también a un montón de exegetas, que han derrochado una notable cantidad de materia gris para identificar a esta mujer. Entre ellos se han encendido discusiones interminables. Miles de páginas cargadas de argumentos, desbordantes de “indicios”, repletas de suposiciones capaces de desconcertar al detective más perspicaz.  Los sinópticos hablan de dos unciones: una es precisamente esta, en casa de Simón, y la otra en Betania, “anticipando la sepultura”, en casa de Simón el leproso (Mt 26, 2-13; Mc 14, 1-11). ¿Las dos unciones han sido hechas por la misma persona?, ¿y esta mujer anónima se puede identificar con María Magdalena, “de la que habían salido siete demonios”?, ¿y María Magdalena no será por casualidad María de Betania, protagonista a su vez de un regalo de perfume del que habla el evangelio de Juan (12, 1-8)?  Algunos simplifican: una sola mujer. Otros sostienen: dos mujeres distintas. Muchos insisten: son tres mujeres diferentes (tratándose de pecadoras, cuesta poco multiplicarlas, porque nosotros no figuramos en este número…).

De todos modos, la intrusa tiene mucho que hacer en casa de Simón. No le queda tiempo para mostrar a los exegetas su identificación oficial. Le importan poco las presentaciones.  “Una pecadora pública”. La conocen todos. “Una de esas”. La desprecian, pero se sirven de ella. Incluso los virtuosos la necesitan para poderse sentir buenos, para poder decir: «Yo no he caído tan bajo como esa, no me he “degradado tanto, me he mantenido limpio”, argumentos basados más en la depravación ajena que en los propios méritos. Pero ella también conoce a los hombres. Quizás mejor de lo que estos se conocen a sí mismos (o creen conocerse). Y conoce incluso a las mujeres… a través de sus maridos. Conoce el hedor de una sociedad corrompida. Conoce a las personas “honradas”. Las que se cubren de honestidad como si se tratase de una crema para la piel. Pero ella sabe que bajo la capa del buen nombre, de la moralidad, de la hipocresía, está todo lo demás (Se acuerdan del caso de Judá y Tamar). No, ella no se deja impresionar por las apariencias ni por las tarjetas de visita. Los otros se ven obligados a interpretar un papel, a ponerse la careta. Ella al menos tiene el mérito de presentar su verdadero rostro. No muy limpio, pero suyo.

Y seguro que en ella existe alguna zona intacta, no contaminada. En lo profundo de su alma, en un rincón protegido obstinadamente contra las continuas desilusiones y las experiencias más degradantes, queda un retazo de esperanza. Esperanza de encontrar a alguien que no la considere sólo como un objeto de placer. Esperanza de poder ofrecerle su corazón, y no sólo su cuerpo. Esperanza de comenzar todo de nuevo, de partir de cero. Esperanza de ser finalmente comprendida.

Lágrimas de arrepentimiento

“Se presentó con un vaso de alabastro lleno de perfume, se puso detrás de Jesús  (“un paso atrás”; “a corta distancia”) junto a sus pies, y llorando comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enjugárselos con los cabellos de la cabeza, mientras se los besaba y se los ungía con el perfume”.

Cada uno ora a su manera. Aquí, la oración de la pecadora está hecha de silencio y de lágrimas. Su liturgia, bañada de ternura, se sirve de un vaso lleno de perfume y de sus cabellos como si fuesen “objetos sagrados”. A los ojos de los hombres seguía siendo una pecadora. Pero “dentro” había cambiado. Se sentía como “habitada” por aquel hombre. Ahora venía a darle gracias. “No se corta los cabellos en señal de penitencia. Los utiliza para gloria de Cristo. Seductora hasta ayer, conserva su gracia de mujer, que se ha hecho humilde y agradecida”.

Sus gestos tienen la espontaneidad y la seguridad de una mujer que se siente amada y que finalmente llega a amar. Besa los pies que han caminado, que se han desollado por todos los caminos del mundo en busca de las ovejas perdidas (y también en la busca, aún más difícil, de las que jamás han abandonado el redil…) (más…)

El fundamento de la oración

Saludos a todos…

Me pareció impactante está perspectiva acerca de la oración que hoy les comparto, la verdad cambia radicalmente la manera de entenderla y practicarla. Espero sea de ayuda y bendición en tu vida.

Para entender el principio de la oración, es necesario intentar entender la mente y el propósito del Creador mismo. La oración es un resultado de la estructura de la autoridad entre el cielo y la tierra, la cual fue instaurada por Dios; como también es un producto de la fidelidad de Dios a Su Palabra. La oración es tan simple como el respeto a la autoridad de Dios. Esto es debido a que la oración surgió de los arreglos que hizo Dios para la asignación del hombre en la tierra; esto se dio cuando el Credo habló dos palabras durante el proceso de la creación: “y señoree”. Estas palabras son anotadas en el primer capítulo del primer libro de la Biblia: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” Génesis 1:26-27.

Estas palabras son cruciales para entender el principio de la oración, puesto que ellas definen la relación que el Creador había pensado y deseado con el hombre en el planeta tierra. El mandato del Creador para que el hombre dominara la tierra fue establecido en la declaración, pero los parámetros del dominio fueron establecidos con las palabras, “y señoree”. Con estas palabras, el Creador definió los límites de Su derecho para legalmente influenciar e interferir en el reino terrenal. Esto se basa en el principio de la integridad y el compromiso de Dios para con Su Palabra. ¿Por qué es esto tan importante? Debido a estos cuatro principios:

  • El propósito de Dios es más importante que nuestros planes.
  • Dios ha colocado Su Palabra incluso por sobre El mismo.
  • Dios nunca violará o incumplirá Su palabra.
  • La santidad de Dios es el fundamento de su integridad y fidelidad.

Estos principios son esenciales para entender la naturaleza y el propósito de la oración. Son estos preceptos los que hacen que la oración sea necesaria. El primer principio establece la verdad de que el compromiso del Creador a Su pensamiento original para la creación es una prioridad para Él y éste motiva y regula todas Sus acciones. En esencia, todo lo que Él hace va impulsado por Su deseo propuesto, el cual nunca cambia. De hecho, Su declaración es clara al decir, “Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá.” (Proverbios 19:21)

Una vez más, Él declara:

“Que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:10-11).

“Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié (Isaías 55:11-12).

“En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11).

“Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento (Hebreos 6: 17).

Finalmente, su compromiso para con su propósito es expresado en las siguientes palabras:

“Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido (Mateo 5:18-19).

Estas declaraciones revelan el compromiso eterno de Dios, quien no hace concesiones con su propósito y sus planes. Su propósito es su voluntad y deseo, los cuales Él mismo cumplirá. No obstante, es esencial saber que su compromiso para cumplir su propósito nunca será a expensas de violar su palabra escrita o hablada. Es ese compromiso a su Palabra lo que da la base al principio de la oración. La Palabra de Dios no es solamente una ley para el hombre, porque también es llamada “la Ley de Dios”. Esto implica que cada palabra que Dios enuncia es también una ley que Él mismo debe cumplir. Debido a su integridad, Él se someterá a sí mismo a sus promesas y decretos. En el libro de Salmos encontramos estas palabras: (más…)

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