Editor: Esdras Mendoza Rios

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El Buen Samaritano Clase Número 2

El Buen Samaritano (Lucas 10:25-37)

Ver el Buen Samaritano Primera Clase

Mi papel en la obra

¿Qué papel desempeño es esta parábola? No hay director que me lo asigne. Soy yo quien debo escogerlo. Jesús se ha limitado a contar, a referir lo que ve. Pero soy yo quien “hago” la parábola. Y cuando Jesús dice “salteadores”, “sacerdote”, “levita”, “samaritano”, me doy cuenta de que me llama por mi nombre. Mi nombre está escrito en el evangelio, mi acción está registrada en el evangelio, en el capítulo 10 de Lucas…

 

Qué bueno que siempre hay “otro lado”

“Un sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al verlo, se cambió al otro lado del camino y pasó de largo. Igualmente un levita que pasó por aquel lugar, al verlo, tomó el otro lado del camino y pasó de largo… “.

Por suerte todos los caminos tienen dos lados. Y siempre hay “otro lado” a disposición, cuando uno no se quiere quemar los ojos ante una realidad demasiado incómoda y tener la conciencia tranquila.

Sin embargo, para un cristiano el problema consiste en saber si “el otro lado” es el bueno. En efecto, la parte más cómoda puede resultar la parte equivocada. De todas formas, el sacerdote y el levita escogieron precisamente la parte cómoda, dieron un rodeo por “el otro lado” y siguieron tranquilamente adelante.

Dan ganas de perseguirlos, de tirarles del manto y preguntar: -¿Por qué no se detienen? ¿Es que no han visto a ese pobre hombre? Sí, lo han visto, pero tenían razones válidas para no detenerse. Quizás la primera de todas fuera una preocupación de tipo ritual. El contacto con un cadáver (o candidato a serlo “lo dejaron medio muerto…”) ensucia, vuelve “impuros” y, por tanto, inadecuados para el servicio del templo. Y luego, además de “tutelar” la pureza, hay que respetar un horario. Hay que observar un reglamento. Cosas importantes que no se pueden eludir. Tienen prisa, no pueden perder tiempo. La parada no está prevista en su orden litúrgico del día. Quizás decidieron acudir a las autoridades competentes para elevar una “enérgica protesta” por la falta de seguridad en aquel camino infestado de ladrones y salteadores… y mientras tanto aquel desgraciado se está muriendo.

También nosotros siempre tenemos a mano razones válidas para sacudirnos los compromisos del amor. La sangre ensucia. No quiero líos. No tengo nada que ver en este feo asunto, con entresijos inquietantes. Tengo que preocuparme de mis asuntos. Ni siquiera sé quién es ese individuo. Que se preocupen las autoridades competentes…

Pero mil “razones válidas” ante Dios equivalen a no tener razón

y el camino sigue siendo maldito. No por la presencia de los bandidos, sino por la falta de amor.

Un caso muy triste y real, y además documentado fue el asesinato de una señorita en Estados Unidos, mientras era victimada muchos ojos la veían a través de sus ventanas… ¡Nadie hizo nada! ¿Cómo lo sabemos?, al hacer las investigaciones la policía descubrió que 38 personas fueron testigos desde sus apartamentos y cada uno pensó que ya alguien había tomado cartas en el asunto pero no fue así, el asesino tuvo demasiado tiempo y la vida esta jovencita se escapo gracias a la indiferencia y apatía de muchas personas.

(http://es.wikipedia.org/wiki/Kitty_Genovese)

El camino sigue siendo peligroso por el “rodeo” del sacerdote y del levita y de quien se asemeja a ellos. Culpables de haber hecho callar al corazón. Con “razones válidas”. No son los salteadores los que hacen temible el camino, sino la indiferencia, el desentendimiento de los buenos.

Lo que NO nos esperábamos

“Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él”.

Al llegar aquí, en el desarrollo de la historia esperaríamos, lógicamente, que entrase en acción, tras el sacerdote y el levita, el laico judío. Pero Jesús, con uno de sus golpes de efecto desconcertantes, presenta a un tipo poco recomendable, un cismático, un individuo con quien un israelita piadoso no quería saber nada.

Aquél, el samaritano, el renegado, el excomulgado, supo encontrar inmediatamente el gesto adecuado. Vio al herido y no ha dudado en pasar por el lado correcto del camino: por donde estaba el obstáculo, el tropiezo imprevisto. ¿Un desconocido? No le interesa saber su identidad. Le bastaba saber que era un hombre. Había razón más que suficiente para pararse, para acercarse, para perder tiempo, para abandonar sus planes de viaje, para vaciar su cartera. Simplemente ha dejado hablar al corazón. Y él le ha sugerido el comportamiento adecuado.

En el templo, el sacerdote y el levita realizan todas las ceremonias de una manera exacta, impecable, según las rúbricas. Pero hay motivo para dudar que encontrasen a Dios, o que Dios se dejase encontrar por ellos. El samaritano, ignorante y despreciado, se encontró con Dios en un recodo del camino.

No faltó a la cita decisiva. “Lo llevó al mesón y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero, diciendo: ‘Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta’”.

Por dos veces aparece el verbo “cuidar“. Primero el samaritano cuida personalmente del herido. Después lo confía al mesonero recomendándole que cuide de él. En este segundo caso, podría parecer una delegación, un descargo de responsabilidad. En realidad, el samaritano se manifiesta dispuesto a pagar personalmente (“Sacó dos denarios… ‘Lo que gastes de más, te lo pagaré a mi vuelta’…”).

El amor jamás abandona al hombre a sí mismo. La caridad exige continuidad, fidelidad. A veces existe una caridad que funciona a rachas, a llamaradas intermitentes, toda una serie de fulguraciones, con preocupantes aflojamientos y cansancios no menos repentinos.

En la práctica de la caridad de ciertas personas existe mucho entusiasmo “epidérmico”, demasiadas vanidades y hasta búsqueda de sensacionalismo. Exaltaciones un poco sospechosas, seguidas de inevitables desencantos. Gestos a lo mejor espectaculares y después… silencio… cuando se trata de asegurar un servicio continuado. (¿Para ser vistos por los hombres…?)

Parece que muchos prefieren coleccionar emociones en lugar de asumir un compromiso que se caracterice por la continuidad. Muchos pretenden percibir gratificaciones personales, más que desembolsar los “dos denarios” (y el resto después) como hizo el samaritano. “Vete y haz tú lo mismo”. Tratándose de amor, es significativo que Cristo use dos verbos que indican movimiento “vete” y acción “haz”. Andar hacer, he ahí dos verbos que faltan en el vocabulario del intelectual, del religioso de nuestros días.

El escriba que había preguntado a Jesús sólo demuestra que quiere “saber“, al final se encuentra con que hay algo que “hacer“. Y por si le surge alguna dificultad, se le ofrece también un ejemplo, un modelo en que inspirarse. No un intelectual, sino uno que, aun no teniendo las ideas del todo ortodoxas en asuntos de religión, en el terreno de la práctica, tenían algo que enseñar también a los intelectuales con dificultades para doblar la espalda… Jesús se manifiesta impaciente por empujar a los “conocedores” de la ley hacia la “praxis” en el terreno concreto del amor y la misericordia, la única que asegura la plena comprensión de su palabra.

La sonrisa de Jesús

De vez en cuando se plantea la pregunta de si Jesús reía alguna vez o, al menos, sonreía. El evangelio no nos informa al respecto, por lo menos de una manera explícita. Pero, leyendo entre líneas, la sonrisa aflora más de una vez. Como en este caso. El Maestro sabe que un judío no pronuncia con gusto ese nombre. El samaritano es, precisamente, la persona que no se puede nombrar.

El samaritano es un renegado, por lo que mentar su nombre tiene el peligro de ensuciar la boca. Peor que una blasfemia. y ahora Jesús, al final de la parábola, dando la vuelta provocadoramente a la pregunta inicial del escriba transforma “¿Quién es mi prójimo?” en: “¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” Quiere obligar al escriba a que diga “el samaritano”.

Pero éste no está dispuesto en absoluto a pronunciar el nombre del enemigo aborrecido. Se las arregla con una perífrasis: “El que tuvo compasión de él”. Casi seguro que en ese momento despuntó una sonrisa en el rostro de Jesús. Aunque no consiguió que pronunciara ese nombre, el Maestro se siente íntimamente satisfecho: la flecha ha dado de todos modos en el blanco; el escriba se ha tragado una indigesta lección.

A Jesús no le interesan los individuos que sólo comprometen su brillante inteligencia, pero que no están dispuestos a dejarse implicar en el plano existencial. No puede soportar una ciencia que no se convierta en amor y servicio. Él no rechaza el encuentro. Pero lo centra en lo esencial, no consiente divagaciones abstractas. Conduce el discurso hacia el plano de lo concreto.

Cuando el saber no basta

Pero ¿de verdad el doctor de la ley deseaba “saber”? En efecto, existe un saber que es fin en sí mismo. Un saber para acumular conocimientos. Un saber para exhibirse, impresionar a los demás, dar el golpe, acaparar la atención, adquirir fama y admiración. El escriba pretendía discutir, abrir un debate, promover una disputa erudita, suscitar una confrontación entre expertos, desarrollar -como se dice hoy- un discurso, resolver un caso, precisar, objetar, hacer presente que … A él le venía bien un saber que no le exigiera implicarse demasiado. Pero a Jesús no le iba en absoluto ese tipo de discusión no comprometida… El Maestro no puede aguantar a un individuo de esa especie, dispuesto a justificarse más que a dejarse someter a discusión.

Entonces el Maestro se manifiesta impaciente por cerrar el debate teórico y abrir el capítulo de la acción concreta. Liquidar las falsas cuestiones y afrontar el meollo de la cuestión. No le interesa someterlo a exámenes teóricos. Sabe que en ese campo el escriba saldrá airoso. -¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? -que es tanto como decir: Date prisa, porque aquí no está el punto esencial.

Está seguro de antemano de que le responderá en la línea de la más perfecta ortodoxia, de la más indiscutible doctrina tradicional. Jesús no ve la hora de implicarlo en los exámenes prácticos: “-Haz eso y vivirás.”.

Incluso después de la parábola, aquel se las arregla muy bien para facilitar la interpretación correcta de los comportamientos ajenos. Pero Jesús tiene mucho interés en que sepa interpretar exactamente su papel activo: “Vete y haz tú lo mismo”.

¡Qué difícil es conjugar el verbo “hacer”!

Hay que subrayar la insistencia puesta en el verbo “hacer” cuya conjugación debe ser la más indigesta para el docto interlocutor de Jesús. Sabes todo. Pero hasta que no hayas aprendido a hacer, dejando de hablar, tu saber no vale para nada, es inútil. El conocimiento, en términos de vida cristiana, no es un saber, ni tampoco simplemente un ver (también el sacerdote y el levita de la parábola que el maestro somete al examen del escriba han “visto”), sino un “hacer”.

El conocimiento debe ser siempre algo inseparable de la práctica.

Sé quién es mi prójimo cuando no me quedo en mi sitio, cuando me acerco, supero las distancias, bajo de la cabalgadura de la ciencia (incluso teológica), o sea, cuando me hago próximo. Puedo afirmar que progreso en el conocimiento del prójimo a medida que me ocupo de él, me dejo provocar por sus exigencias, involucrar en sus vicisitudes, identificar con su situación concreta. Jesús no dice a su docto interlocutor: -Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás. Me atrevería a traducir: –Has respondido bien… si haces eso.

De todos modos, ese “haz” es una orden perentoria, no un simple consejo. El mandamiento resuena para ti aquí y ahora, y tiene carácter de urgencia. No puedes esperar. Porque hay alguien a lo largo de un camino cualquiera que te está esperando.

Un estremecimiento en las entrañas

Al hombre del saber también le viene otro golpe de este otro verbo: “sentir lástima”. Jesús hace subir al samaritano a la cátedra para que imparta al escriba y a todos nosotros la lección fundamental. El samaritano tiene razón, es convincente porque “sintió lástima”, o sea, literalmente, “sintió un estremecimiento en las entrañas” o “una angustia en el corazón”. (Misericordia. “Misericordia quiero y no sacrificios”)

El término tiene que ver con el verbo “miserere” (compadecerse), y en concreto con el adjetivo relacionado “miser” (desgraciado, que causa compasión); luego tenemos “cord” (corazón, y por desplazamiento “sede del sentimiento”, “asiento de las emociones”) y a continuación un sufijo   -ia- que indica cualidad o virtud. Misericordia significa así: “la cualidad o virtud de un sentimiento por un desgraciado”; o si se quiere “la cualidad de tener corazón para alguien que está en desgracia”; y esa cualidad no es otra que la compasión que te lleva a actuar en su favor.

Todo eso está muy lejos de crear simplemente un ligero e inocuo hormigueo en el cerebro. Más importante que los pensamientos sabios, que las argumentaciones sutiles elaboradas por la mente, es la sacudida que sienten las entrañas. Las razones son las del corazón. El intelectual sólo se salva si arriesga el corazón, si no tiene miedo a hablar, si no guarda las distancias, si baja de la cátedra, si se deja quemar los ojos por la realidad más incómoda, si se mancha las manos, si se pone de rodillas para servir, o sea, si todavía consigue sentir un estremecimiento de sus entrañas.

A través de su parábola, Jesús advierte implícitamente al escriba que no debe seguir ni al sacerdote ni al levita. Estos, en efecto, pretenden imitar la imagen del Dios invisible ¡haciéndose ellos “invisibles”!, cuando se trataría de pararse, de modificar su programa religioso, de preocuparse en serio por un hombre de carne (desgarrada) y huesos (rotos).

No, es totalmente inútil y hasta peligroso para “heredar la vida eterna” o sea, para salvarse, seguir a “aquel” sacerdote o a “aquel” levita. No tienen absolutamente nada que decirnos sobre Dios, aunque pretenden poseer una especie de exclusiva de la verdad. Es mucho mejor dirigirse al insensato, al samaritano, al renegado.

En efecto, el conocimiento de Dios pasa necesariamente a través del conocimiento del hermano. El recorrido por ellos -tanto el carril del sacerdote y el levita, como el carril del frío y distante saber recorrido hasta aquí por el doctor de la ley- no es un carril preferencial que lleva directamente a Dios. Esos son itinerarios que no llevan a ninguna parte. Solamente la humanidad, el estremecimiento de las entrañas el pesar del corazón, es “síntoma” de lo divino. Jesús afirma que es necesario “sentir lástima”, sentir algo en el lado del corazón.

No “¿quién es Dios?”, sino “¿quién es el prójimo?”

¿Y quién es mi prójimo?”. En el fondo tenemos que estar agradecidos al doctor de la ley, porque ha puesto sobre el tapete la pregunta más comprometida. Aunque la haya formulado simplemente para  “justificarse”, para no quedar mal. No pregunta, como nos podríamos imaginar: “¿Quién es Dios?”. Evidentemente, en el mundo de lo invisible, él se siente perfectamente a sus anchas se siente seguro. A Dios lo posee, lo administra (templo, actos litúrgicos, oraciones, explicación de su voluntad, pago de los diezmos prácticas, observancia de la ley, doctrina). Para él Dios no es problema. Él está en óptimas relaciones con el cielo. Sin embargo, el prójimo sí le crea problemas. Precisamente el prójimo que se ve, se toca, se siente, se encuentra, huele mal, nos clava los codos en el estómago, es difícil de aceptar, más que Dios que es invisible.

Es más difícil “encontrar” al prójimo que se ve que a Dios que no se ve. “Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y nosotros hemos recibido de él este mandato: “Que el que ama a Dios, ame también a su hermano.” 1ª. Juan 4:20-21

Dos posiciones

Pero fijemos las dos posturas. La del legalista y la de Jesús.

El escriba: Quiere una definición de “prójimo” segura, precisa, definitiva, para sentirse tranquilo en conciencia, -Plantea una pregunta acerca del objeto del amor (¿a quien debo tratar como prójimo?). . Piensa primero en sí mismo: debo asegurarme la “vida eterna”.

A ser posible con el mínimo esfuerzo y la máxima certeza. Por eso me pregunto: ¿hasta dónde tengo que llegar? ¿Hasta que punto estoy obligado? ¿Dónde, cuándo y con quien termina mi deber?

Jesús, en cambio: Evita dar una definición de prójimo. Porque la definición siempre deja fuera algo o a “alguien” (mejor dicho, con frecuencia es más lo que deja fuera que lo que acoge dentro). Cuando lo que pretende Cristo es dejar la puerta abierta de par en par. Y, sobre todo, más que tranquilizar la conciencia Jesús tiende a ponerla en alerta, a clavar en ella la espina de la inquietud, de la insatisfacción, del remordimiento.

Da a entender que el prójimo no es un objeto, sino el encuentro entre dos sujetos. No se trata de encontrar al prójimo perfecto y aliviarle con un poco de piedad o con una limosna, sino de “hacerse prójimo”, o sea, acercarse. Porque el prójimo siempre está lejos. Lejano del camino de nuestros intereses, simpatías, gustos, ideas, programas…

El encuentro se da entre dos personas

El prójimo se hace próximo, o sea, cercano, cuando nos acercamos nosotros y de la manera como nos acerquemos a ellos. Prójimo es aquel a quien “hago cercano” no quedándome en mi sitio. Y entonces es él quien nos siente “próximo”, cercanos. En otras palabras, no somos nosotros quienes elegimos al prójimo, sino que es el prójimo quien nos elige, quien nos provoca. El prójimo va más allá de nuestros libros, definiciones, clasificaciones, gustos,  simpatías. Hay que vencer una resistencia terrible para acercarse al prójimo, en nosotros todo se resiste. Hay que superar muchos obstáculos para allegarnos. Amar quiere decir precisamente abolir las distancias interiores más que de kilómetros

Para acercarse hay que salir fuera de nosotros mismos, romper el caparazón del propio egoísmo, ir contra nuestro bienestar particular, salirnos de nuestros proyectos, de nuestros esquemas, de la tibieza de una religiosidad confortable y gratificante. Solamente así es posible encontrar al otro. Y el encuentro a través del ejemplo que ofrece el samaritano- se da entre dos personas.- Ya no hay ni samaritano ni judío, ortodoxo ni hereje, sino dos seres humanos a quienes el encuentro casual ha despojado de sus mascaras, de su papel, de las apariencias, del rango, de la raza. Solamente dos personas, el único titulo que vale es la necesidad y el amor.

Poniéndose en el lugar del otro

Jesús hace entender al escriba: la equivocación está en tu punto de partida. Tú partes de ti mismo. Al contrario. Tienes que partir del otro. No pienses en ti, en tus exigencias. Piensa en quien se encuentra en necesidad. Ponte en su lugar. Colócate en su perspectiva. Pregúntate: ¿Qué me exige, que espera de mí, que es lo que quisiera tener uno que se encuentra en esa situación? Entonces caerás en lacuenta de que el precepto del amor no tolera límites restringidos y tranquilizadores. No digas nunca: “¿Hasta dónde estoy obligado?”, sino: “¿Qué espera de mí ese pobre ser humano?” o ¿Qué más puedo hacer?”.

Si te colocas en tu punto de vista, crearás barreras de protección. Pero si te colocas en el punto de vista del otro, se te abrirá ante los ojos un horizonte sin límites. Hoy muchos individuos que quieren practicar la misericordia con el prójimo parten de sí mismos, porque consideran al otro como un medio para resolver sus problemas, sus conflictos, porque pretenden colmar su vacío, vencer su aburrimiento, remediar las propias frustraciones.

Jesús lo lanza brutalmente aparte. Su problema no es el principal. El problema principal es el del herido. Resuelto este, queda resuelto también el problema del escriba. El centro no es el intelectual que plantea la pregunta. El centro es ese saco ensangrentado y abandonado en medio del camino. De ahí hay que partir si no se quiere instrumentalizar la misericordia, o sea transformar el amor, que es el fin de la vida cristiana, en medio (a lo mejor el medio para sentirse buena gente…)

Continuará…pero antes “Ve y haz tu lo mismo”

Enlace relacionado… “El Buen Samaritano – Ultima Clase”

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El Buen Samaritano…Primera Clase

Saludos…les comparto La Parábola “El Buen Samaritano”, tema: El reino de Dios a través de las parábolas de Jesús.

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El Buen Samaritano – Clase No. 2

El Buen Samaritano – Ultima Clase

Esta es la segunda parábola que estamos estudiando, la primera fue los dos deudores, la intención es conocer y ejercitar la vida del reino de Dios.

 

El experto

 “Se levantó entonces un maestro de la ley y le dijo para tenderle una trampa…”

Es la vieja religión la que habla por boca de este súper experto. Es la vieja teología que plantea su discurso únicamente desde el plano teórico. Pero Jesús no se deja enredar en un debate académico. Jesús no entra en un debate teórico, aunque él lo puede hacer pues el mismo es la sabiduría de Dios. No presenta una tesis, sino un hecho concreto. Y obliga al interlocutor a hacer las cuentas con los hechos. Le obliga no a elegir una teoría, sino una actitud práctica. Al final no le pregunta: “¿Has entendido bien?”. Ni tampoco le recomienda: “¡preocúpate de no olvidar esta lección!”. Le impone tajantemente: “Vete y haz tú lo mismo” o “Ve a hacer lo mismo”.

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