Editor: Esdras Mendoza Rios

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Parábola Hijo Prodigo

  

Alejamiento

Un elemento común a las tres parábolas (“La oveja perdida”, “La moneda perdida” y “El hijo perdido” es el alejamiento. La oveja se extravía después de haberse alejado del rebaño y luego está la mujer que pierde una de las diez monedas (quien sabe donde ha ido a parar… ). Finalmente, ahí está el hijo pródigo que se ha alejado de la casa paterna. .Pero no basta: tenemos también al hijo mayor que está “lejos”, aunque nunca haya abandonado ni la casa. ni el trabajo. Pero su fidelidad es puramente formal; su obediencia esta privada de alegría y de amor; su corazón se muestra mezquino, incapaz de perdonar de aceptar al hermano que se ha equivocado. Por tanto, el también se ha alejado, es más, permanece obstinadamente lejano, porque se siente extraño a la misericordia del padre.

Quizás los lejanos más irrecuperables son los que, irreprensibles, frecuentan y se instalan en casa -grupo, congregación-, pero rechazan desdeñosamente abandonar los rígidos esquemas de un código de comportamiento formalista y se niegan a “entrar” en la loca lógica de la misericordia (…se enfadó y no quería entrar… ).La verdadera traición es la de quien permanece sin dar el paso decisivo: superar el umbral de la observancia exterior y entrar al centro de la casa: allí donde late el corazón de un padre y se vive la experiencia sublime del perdón. Un perdón que se recibe y se da. En efecto, quien no admite que necesita el perdón, además de no experimentar la alegría de recibirlo, nunca será capaz de darlo.

Búsqueda

Entre el alejamiento y la vuelta (conversión) está una búsqueda apasionada. Advertimos un extraordinario movimiento, además del movimiento de la fuga. El pastor se va a la búsqueda ansiosa de la oveja perdida. La mujer revuelve todo (…Enciende una lámpara, barre la casa…y busca con todo cuidado…) hasta encontrar la moneda perdida. Solamente el padre de la última parábola parece que se limita a esperar. Pero es una impresión superficial. En realidad no es así. Él también se ha movido, aunque aparentemente se quede en casa. Ha recuperado al hijo a través de la nostalgia, el deseo, la espera vigilante y preocupada (…Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro…).

La conversión es cuestión de pasos. No solamente los pasos del que vuelve. Anteriores son aquellos, incansables, de quien ama y, por consiguiente, asume la iniciativa, busca pacientemente, frecuenta los lugares de la perdición (a costa de escandalizar, como hace Cristo, a los religiosos de la época, que luego resulta que son, ironía de las palabras, los que siempre ‘ofician’ mal… ), cubre todos los caminos, no se resigna a la lejanía de ninguno. Esos pasos obedecen al ritmo impuesto por el corazón. (más…)

Parábola de “Los dos deudores”

(Lucas 7:36-50) Les comparto esta hermosa parábola de Jesús, ha tocado mi vida y la vida de los que integramos la célula de estudio, espero pase lo mismo contigo…

En esta porción de las escrituras, nos encontramos no con una, sino con dos parábolas, la primera es la que Jesús le narra a Simón (“El Obediente o el que obedece”) el fariseo y la otra es una representada en vivo y a todo color por una mujer de dudosa reputación, una “parábola en acción”.

Esta mujer ni siquiera necesita confesar sus culpas; hasta ese punto las conocen y están en la boca de todos  y además, en esta ocasión, ya se ha preocupado el dueño de la casa de  “confesarlas”. Jesús saca las conclusiones de esta parábola: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.

Sin necesidad de palabras

Aparentemente es el fariseo, como dueño de la casa, quien programa el encuentro con el Maestro. Pero el protocolo queda desbaratado por la llegada imprevista de una mujer que está en boca de todos, que en realidad no figura en la lista de los invitados y cuya presencia no resulta precisamente grata.  “En esto, una mujer…” sin duda es una intrusa. Su entrada en casa, de una persona de bien tiene todo el aire de una provocación. ¡Que atrevimiento!  No conocemos su nombre. Sólo sabemos su profesión, que, aunque tan antigua como el mundo, no está entre las más nobles y que consiste en cometer y hacer cometer pecados. Eso es, una intrusa. Que debe haber molestado no sólo a Simón, el distinguido señor de la casa, sino también a un montón de exegetas, que han derrochado una notable cantidad de materia gris para identificar a esta mujer. Entre ellos se han encendido discusiones interminables. Miles de páginas cargadas de argumentos, desbordantes de “indicios”, repletas de suposiciones capaces de desconcertar al detective más perspicaz.  Los sinópticos hablan de dos unciones: una es precisamente esta, en casa de Simón, y la otra en Betania, “anticipando la sepultura”, en casa de Simón el leproso (Mt 26, 2-13; Mc 14, 1-11). ¿Las dos unciones han sido hechas por la misma persona?, ¿y esta mujer anónima se puede identificar con María Magdalena, “de la que habían salido siete demonios”?, ¿y María Magdalena no será por casualidad María de Betania, protagonista a su vez de un regalo de perfume del que habla el evangelio de Juan (12, 1-8)?  Algunos simplifican: una sola mujer. Otros sostienen: dos mujeres distintas. Muchos insisten: son tres mujeres diferentes (tratándose de pecadoras, cuesta poco multiplicarlas, porque nosotros no figuramos en este número…).

De todos modos, la intrusa tiene mucho que hacer en casa de Simón. No le queda tiempo para mostrar a los exegetas su identificación oficial. Le importan poco las presentaciones.  “Una pecadora pública”. La conocen todos. “Una de esas”. La desprecian, pero se sirven de ella. Incluso los virtuosos la necesitan para poderse sentir buenos, para poder decir: «Yo no he caído tan bajo como esa, no me he “degradado tanto, me he mantenido limpio”, argumentos basados más en la depravación ajena que en los propios méritos. Pero ella también conoce a los hombres. Quizás mejor de lo que estos se conocen a sí mismos (o creen conocerse). Y conoce incluso a las mujeres… a través de sus maridos. Conoce el hedor de una sociedad corrompida. Conoce a las personas “honradas”. Las que se cubren de honestidad como si se tratase de una crema para la piel. Pero ella sabe que bajo la capa del buen nombre, de la moralidad, de la hipocresía, está todo lo demás (Se acuerdan del caso de Judá y Tamar). No, ella no se deja impresionar por las apariencias ni por las tarjetas de visita. Los otros se ven obligados a interpretar un papel, a ponerse la careta. Ella al menos tiene el mérito de presentar su verdadero rostro. No muy limpio, pero suyo.

Y seguro que en ella existe alguna zona intacta, no contaminada. En lo profundo de su alma, en un rincón protegido obstinadamente contra las continuas desilusiones y las experiencias más degradantes, queda un retazo de esperanza. Esperanza de encontrar a alguien que no la considere sólo como un objeto de placer. Esperanza de poder ofrecerle su corazón, y no sólo su cuerpo. Esperanza de comenzar todo de nuevo, de partir de cero. Esperanza de ser finalmente comprendida.

Lágrimas de arrepentimiento

“Se presentó con un vaso de alabastro lleno de perfume, se puso detrás de Jesús  (“un paso atrás”; “a corta distancia”) junto a sus pies, y llorando comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enjugárselos con los cabellos de la cabeza, mientras se los besaba y se los ungía con el perfume”.

Cada uno ora a su manera. Aquí, la oración de la pecadora está hecha de silencio y de lágrimas. Su liturgia, bañada de ternura, se sirve de un vaso lleno de perfume y de sus cabellos como si fuesen “objetos sagrados”. A los ojos de los hombres seguía siendo una pecadora. Pero “dentro” había cambiado. Se sentía como “habitada” por aquel hombre. Ahora venía a darle gracias. “No se corta los cabellos en señal de penitencia. Los utiliza para gloria de Cristo. Seductora hasta ayer, conserva su gracia de mujer, que se ha hecho humilde y agradecida”.

Sus gestos tienen la espontaneidad y la seguridad de una mujer que se siente amada y que finalmente llega a amar. Besa los pies que han caminado, que se han desollado por todos los caminos del mundo en busca de las ovejas perdidas (y también en la busca, aún más difícil, de las que jamás han abandonado el redil…) (más…)

No abandonar el templo: Un Pacto.

Ninguna expresión de arrepentimiento tiene valor si no se hacen cambios en la vida y la conducta. Pedir perdón por los pecados es útil si uno después abandona esos pecados.  Por eso Juan el Bautista reclamó de los que se bautizaban “obras dignas de arrepentimiento”. Para progresar en la vida cristiana tenemos que hacer cosas prácticas que demuestren que estamos decididos a lograr un futuro mejor.

 

Nehemías y su comunidad se arrepintieron y resolvieron no abandonar la Casa de Dios ¿qué podemos hacer personalmente y como grupo para no abandonar nuestro templo?

 

Nehemías 9:38, 10:29-39

 

Significa que asumieron el compromiso de contribuir o de obligarse a sí mismos a colaborar con una ofrenda especial cada año para algunos gastos específicos “para la obra de la casa de nuestro Dios”:

 

(1) Para el pan de la proposición

(2) para el holocausto que todos los días se quemaba

(3) para los gastos de los sábados y diversas fiestas

(4) para las cosas santificadas

(5) para otras ofrendas y servicios.

 

En pocas palabras, ellos asumieron el compromiso que el servicio en el templo funcione todos los días del año.

 

Además se comprometieron a

 

(1) Traer leña y para esto hicieron un sorteo para determinar en qué fecha del año le tocaba a cada grupo familiar esta tarea “Echamos también suertes…acerca de la ofrenda de la leña”

(2) Se comprometieron cada uno a traer las primicias cada año “de nuestra tierra…de todo árbol.

(3) Traerían también los primeros que nazcan de sus hijos y de todo su ganado.

(4) Traerían lo mejor de sus cereales (masas o primicias de harina)

(5) Además, las primicias de las ofrendas, de frutos, de vino y aceite para los aposentos o cámaras del templo

(6) Se comprometieron a diezmar para los levitas “y el diezmo de nuestra tierra para los levitas

(7) Y los levitas llevarían el diezmo del diezmo a las cámaras del tesoro, que sustentarían a los sacerdotes, porteros y cantores.

 

Al concluir el capítulo, Nehemías resume el propósito de todo esto diciendo:

 

“y no abandonaremos la casa de nuestro Dios”

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