Editor: Esdras Mendoza Rios

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Parabola “El Amigo inoportuno” Clase II

Aceptar que la petición se “traduzca”

“Cualquier cosa que pidáis en mi nombre os la concederé, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Os concederé todo lo que pidáis en mi nombre”
Juan 14:13-14

La expresión “en mi nombre” tiene distintos matices. Aquí su significado podría corresponder a “en unión conmigo, unidos a mí, en comunión conmigo”. La referencia puede ser también -como en Juan 1: 51-la escalera de Jacob. El cielo permanecerá abierto y no se interrumpirá ya la comunicación entre Dios y los hombres, y el “lugar” de tal comunicación es Jesús.

Hay que subrayar que todos los verbos están en plural, por tanto se trata de la oración de la comunidad. El contenido de la oración son los intereses de la comunidad. Y se podría añadir: también las exigencias de un solo individuo que toda la comunidad ha hecho suyas.

Pero pedir “en su nombre” significa también “en su espíritu”. Se trata de permitir que él preste su espíritu a nuestras peticiones, las traduzca según sus intenciones. Entonces la petición la realiza él. Es necesario desaparecer, remitirse a él, dejar que él entienda e interprete nuestras peticiones mejor de lo que podemos comprender nosotros. De esta manera, su cumplimiento nunca será el que nosotros hemos establecido, pretendido y esperado. A veces responderá a nuestras intenciones, pero con mucha frecuencia será “totalmente distinto”, irreconocible comparado con nuestras expectativas.

Por eso, pedir en el nombre del Hijo significa ser escuchados en su nombre ¡y a su manera! La respuesta de Dios es segura, infalible. Y es más grande que lo que hemos pedido, aunque aparentemente no hayamos obtenido lo que solicitamos y nuestros deseos hayan quedado desatendidos.

Mi yugo es fácil y ligera mi carga

Además, hemos de tener en cuenta que existen dos tipos de intervención. Dios podría hacer desaparecer milagrosamente los obstáculos que interceptan nuestro camino, las dificultades que nos oprimen, las cosas desagradables que nos molestan, la cruz que magulla nuestra espalda. O puede dejar las cosas como están (al menos, aparentemente). Pero él se pone en camino con nosotros, dispuesto a afrontar con nosotros nuestra aventura, a compartir los mismos riesgos, las mismas molestias. Dios prefiere este segundo tipo de intervención. (más…)

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Parábola “El Amigo Inoportuno” Clase I

O la pudieramos llamar así: Los tres amigos

«Si uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a  media noche, diciendo: ‘Amigo, préstame tres panes,  porque ha venido a mi casa un amigo que pasaba de  camino y no tengo nada que ofrecerle ‘. Y si el otro  responde desde dentro: ‘No molestes, la puerta está  cerrada, y mis hijos y yo estamos ya acostados; no  puedo levantarme a dártelos’. Os digo que si no se  levanta a dárselos por ser su amigo, al menos para  que no siga molestando se levantará y le dará cuanto  necesite. Pues yo os digo: ‘Pedid y recibiréis; buscad  y encontraréis; llamad y os abrirán. Porque todo  el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que  llama le abren. ¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le va a dar en vez del pescado una  serpiente? ¿O si le pide un huevo, le va a dar un escorpión?  Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis  dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el  Padre celestial dará el Espíritu santo a los que se lo pidan?» (Lucas 11:5-13).

¿Quién es el que duerme?

Normalmente se define esta parábola como la «parábola del amigo inoportuno». En realidad aquí los amigos son tres, constituyen  una cadena. Se podría decir: “había un amigo, que tenía un amigo, que tenía un amigo… “

Hagamos aún una precisión. Hemos de estar atentos para no  forzar indebidamente el significado del texto, hasta llegar a la  identificación exacta de los papeles de cada uno.  Sí, Cristo ha querido con esta “escena nocturna” animarnos a una oración confiada, insistente y hasta testaruda. Pero una postura  simplista podría llevarnos a establecer así el reparto: Dios es el que duerme, y yo, con la oración, voy a despertarlo, hago que se interese por mis problemas.

Pero la experiencia me demuestra que casi siempre ocurre lo contrario: Dios no duerme; el inoportuno que viene a despertarme es precisamente él. El que duerme (o el que finge dormir para que no le molesten los demás) soy yo. (más…)

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