¡Viaja inteligentemente!

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Era una barca, una vieja barca…
Era una barca, una hermosa barca…
El que la había construido estaba práctico en las cosas del mar, amaba el mar.

Era una vieja y hermosa barca. Hacía tiempo que estaba amarrada al muelle del puerto. Alguna vez se separaba perezosamente de la orilla para dar un corto paseo por la bahía. La vida a bordo no carecía de un cierto estilo. Se intentaba luchar esforzadamente contra la monotonía. Poco a poco los oficiales se habían ido ataviando con uniformes: negros, blancos, rojos, naranjas… Algunos añadían lentejuelas o condecoraciones. Las relaciones entre oficiales superiores y subalternos estaban reguladas por un rígido ceremonial y serviles ritos y zalamerías.

En suma, la vida a bordo no era realmente muy incómoda.

Todo lo que había que hacer -o que evitar-  estaba recogido en reglamentos muy detallados que se observaban escrupulosamente. Naturalmente, estaban también los marineros. En realidad, no se los veía mucho en cubierta, trabajaban sobre todo en las bodegas o en la sala de máquinas, aun cuando resulta demasiado evidente que la atención y el cuidado de los motores es más bien algo secundario en una barca que no abandona nunca el puerto.

Puesto que el reglamento era más o menos siempre el mismo, el aprovisionamiento idéntico siempre, el chapoteo en el puerto y el clima del país siempre igual… entonces, para tener ocasión de intercambiar ideas de cuando en cuando, se recurría a pintar de nuevo alguna parte de la barca. Y las buenas venerables señoras que el domingo, paseaban por el muelle, seguían repitiendo: “Oye, mira aquella barca, es mi preferida. Ya forma parte del paisaje. Es una barca fiel; no se mueve nunca”.

Un día murió el capitán…

Y Ateniéndose rigurosamente a las prescripciones de un artículo del reglamento interno, los oficiales de uniforme rojo (casualmente casi todos los oficiales de uniforme rojo se encontraban entre los más antiguos de carrera y también de edad) se reunieron para elegir al nuevo capitán.

Eligieron a un venerable anciano, del que muchos de ellos se habían reído en algunas ocasiones en el pasado. Poco faltó para que se produjese un motín a bordo. Se decía: “Es demasiado viejo. No es lo distinguido que se necesita. Nos exponemos a desacreditarnos. Algunos murmuran porque hasta mantiene relaciones amistosas con algunos oficiales de las barcas enemigas. Es una elección desafortunada”.

 

Menos mal que uno más sensato calmó el malestar afirmando en alta voz: “No se podía haber hecho una elección mejor. Estad tranquilos, será un capitán de transición”. Y, para tranquilizar la propia conciencia, muchos repitieron: “Es cierto, será un capitán de transición”. Después, el viejo subió fatigosamente las escaleras que conducían al puesto de mando. Pidió un poco de tiempo para ambientarse…

La vida a bordo no cambió mucho hasta el día en que llegó una orden de la cabina de mando que dejó atónitos hasta a los más íntimos colaboradores: ¡Leven anclas! ¡vamos mar adentro! Uno de los presentes, pensando en un golpe de ingenio, tuvo la presencia de espíritu de preguntar: “¿Hemos entendido bien? ¿Quiere repetir?”. Y el capitán repitió: “¡He dicho, mar adentro!”.

Entonces el murmullo se convirtió en unánime clamor: “Está loco. Quiere hundir la barca y a nosotros con ella”. En verdad, muchos se alegraron, sin darse perfecta cuenta de lo que podría suceder. Algunos oficiales en uniforme marrón o rojo, cargados de condecoraciones, permanecieron inmutables… o casi. Conocían bien el arte de gobernar la barca. Habían visto cosas más raras durante su carrera. Sabían muy bien cómo tramar la acostumbrada broma que habría permitido a la barca separarse del muelle, para dar marcha atrás antes de cruzar la barrera del puerto.

Y, entre el general estupor, navega de veras hacia alta mar.

El capitán ignoraba estas astucias. No había, pues, motivo para preocuparse. Sería una vez más, un corto paseo por la bahía. Todos a bordo, allá vamos…, la barca abandona el puerto…, y, entre el general estupor, navega de veras hacia alta mar.

Unas fuertes sacudidas. El mar abierto. Entonces se comenzó a entender que era verdaderamente bello estar todos juntos y, aun siendo muchos y de diferentes criterios, trabajar unidos. Después las olas se hicieron más altas. El cielo se nubló. La tierra desapareció en el horizonte. Y llegó la noche. Y la tempestad se desencadenó.

 Entonces todos cayeron en la cuenta de que las reglas válidas para la vida consuetudinaria del puerto no servían para la navegación en alta mar.

Algunos se precipitaron bajo cubierta, gritando y suplicando. —¡Volvamos al puerto, que nos hundimos! Otros se aferraban adonde podían: atacados de fuertes mareos. Los discursos pronunciados en la recepción antes de abandonar el puerto se habían olvidado ya: ahora no eran capaces ni de hablar ni de caminar. Les costaba trabajo aun el sobrevivir.

Otros se arrojaron al mar, para salvarse solos. Pero, caso curioso, entre los que dieron el salto algunos protestaban: “esta barca apenas si se mueve”. Y otros en cambio: “esta barca corre demasiado”. Es decir, abandonaban la misma barca por motivos opuestos.

Otros siguieron navegando, afirmando con decisión: -Al fin, de cuentas, una nave está hecha para navegar. Vamos adelante, pues. Nuestra barca no está vacía: llevamos un tesoro de paz para los pueblos de todo el mundo, llevamos un tesoro de pan y un tesoro de libertad para todos los oprimidos de la tierra.

Quien construyó esta barca la ha estructurado de forma que pueda transportar precisamente esta preciosa carga. ¿Cómo podemos llevar a término nuestra misión, si no tenemos la voluntad de afrontar las tormentas? Entonces sucedieron cosas extrañas…

Se cruzaron con otras barcas que, cuando estaban parados en las tranquilas aguas del puerto, eran consideradas como “enemigas “. Al principio, se limitaron a prudentes intercambios de informaciones meteorológicas, después se pasó al intercambio de víveres, y al fin con algunos, se pusieron de acuerdo en seguir la misma ruta. Y, durante el viaje, cayeron en la cuenta de
que se trataba de naves hermanas que deploraban el haber considerado como “enemiga” a la antigua barca. No faltó algún Oficial del estado mayor que seguía murmurando: – Es una humillación. Estamos cambiando nuestra fisonomía. ¿Qué se dirá de nuestra barca cuando regresemos al puerto? Algún joven marinero y  – caso notable – casi todos los grumetes, replicaban sencillamente:  “Quien construyó la barca amaba el mar.…” y ahora estamos finalmente en mar abierto.

La barca, superando otras borrascas, continuaba su viaje, cuando el viejo capitán también murió. Todo el mundo lo lloró. El capitán que le sucedió era relativamente más joven. Muy experto, conocía bien la situación. Se había hecho notar por la audacia de sus decisiones, que escaseaban durante el tiempo en que la barca permanecía parada en el puerto. Volvió a repetir como su predecesor: ¡Adelante, a todo vapor!

A veces la tripulación parecía desconcertada. Algunos suspiraban:  “¿Llegaremos alguna vez a volver finalmente a la seguridad de nuestro viejo puerto?”

El capitán, en cambio, murmuraba para si mismo palabras distintas: “Una tripulación formada a la medida para la vida del puerto, no es apto para la de alta mar”. Poco a poco comenzó a cambiar a los hombres y a transformar las estructuras.

En la barca en la que los marineros se veían solamente en rarísimas ocasiones, comenzaron a desaparecer los uniformes y los marineros a subir uno a uno al puente. Codo con codo, cada uno en su puesto, un pueblo entero comenzó a luchar para salvar la barca y conducirla a su destino.

 Y tal vez un día próximo, en aquella barca habrá solamente dos categorías de personas: los que trabajan unidos, sea cual fuere el puesto que ocupan, y los que renuncian o se resignan, sea cual fuere el motivo.

 Muchos, ahora, comienzan a recordar de nuevo la primera tripulación de la vieja barca, cuando no había todavía insignias: ni rojas ni marrones, ni blancas ni negras, ni ornamentos ni uniformes; la primera tripulación guiada por la pasión del único amor, de la misma fe, del mismo amor, de un mismo mensaje.

Iglesia de hoy, vieja barca que me gusta ver en medio de la tormenta ¿Eres la iglesia de Cristo, la iglesia de aquel hombre que amaba el mar?

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