¡Viaja inteligentemente!

Fue frente a la cruz…

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Para ciertos lideres religiosos de la época, el mensaje de Jesús les producía incertidumbre. Esa inquietante perspectiva los había estado preocupando durante tres años y medio cuando Jesús comenzó a enseñar y contrastar su mensaje con el de ellos (Mateo 5:20; 7:29).

Angustiados por el cambio que veían venir, los líderes religiosos concluyeron: “Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación.” (Juan 11:48).

Les gustaba su estilo de vida. Un nuevo régimen podía significar pérdida de posición, o al menos un nivel social menos prestigioso.

¡Espero que esta semana santa puedas estar dispuesto a salir de tu zona de confort!

Los soldados romanos, personajes que crucificaron a Jesús, al ocuparse de Cristo sin más esfuerzo del que requerían sus obligaciones, se burlaron de su muerte, rifándose sus pertenencias.

Una distracción momentánea de su trabajo, con el moribundo simplemente como trasfondo de su frívolo entretenimiento.

Insensibles al profundo sufrimiento en su entorno, los soldados demostraron, sin proponérselo, su necesidad de un Salvador para que volvieran a ser verdaderos seres humanos.

Cristo era el único que podía restaurar en ellos la imagen y semejanza del Dios misericordioso y dador de vida.

Y es hoy en día el único que puede cambiar tu vida de la simpleza a una vida llena de propósito.

¡Espero que esta semana santa no te vuelvas insensible al llamado de la Cruz!

El Centurión implacable se sensibilizó. Ejecutar a criminales en Palestina era el trabajo del oficial romano que presidió la crucifixión del Señor Jesucristo.

La coraza que cubría su corazón tenía el sello de su amo, César, el emperador de Roma. Era un honor ser un centurión, un valeroso guerrero a cargo de cien valientes soldados entrenados para defender al Imperio Romano. En cruces como las que estaban frente a él, se habían cumplido innumerables sentencias con el propósito de preservar la paz.

Pero el Señor Jesús no era como otros criminales que él había visto. Desnudo, azotado y ensangrentado, este Hijo del Hombre no había luchado por su vida como otros. Tampoco había rogado o maldecido. Incluso, después de que los militares echaron suertes sobre sus ropas y mojaron con vinagre su boca reseca, no imploró clemencia.

Cuando el Señor Jesucristo, finalmente, dio un grito con el último aliento que le quedaba – Lucas 23:46 y la tierra comenzó a temblar, algo pareció cambiar en el corazón y la mente del centurión. Lo único que pudo decir, fue: “¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!” – Marcos 15:39.

¡Que esta semana santa puedas aceptar la Paz de Dios como sólo Él la puede dar.! Y dejar de servir a tu amo, el pecado.

Antes de encontrarse con Cristo, María Magdalena había estado poseída por siete demonios. Es difícil imaginar una condición espiritual peor que ser prisionera dentro del propio cuerpo: la de ser juzgada tan mal del todo, que tenía que vivir marginada del resto de la sociedad.

Jesús le había dado a María una nueva vida, no solo al expulsar de ella los demonios, sino además al acogerla en su redil. De ser una mujer marginada por la sociedad, pasó a ser parte del grupo de los acompañantes de Cristo en los viajes que Él hacía enseñando y sanando a las personas – Lucas 8:1-2.

A ciertos espectadores que estuvieron junto a la cruz pudo haberles parecido que María se había dejado engañar por las palabras de un lunático, de un hombre que se creía Dios. Pero en ese momento, Jesús estaba probando que era realmente Dios al enfrentar y derrotar a los peores enemigos del hombre: el pecado y la muerte.

Solo tres días después, Él volvería y le pediría a María Magdalena que le acompañara una vez más compartiendo el milagro de la nueva vida, libre ella ya de las garras de Satanás – Juan 20:17.

¡Que esta semana santa puedas ser testigo de cómo Dios a través de Jesús puede levantarte a una nueva vida y puedas compartir con los demás tan impactante noticia!

La primera preocupación de una madre es proteger a su hijo. Ese hecho hace que sea difícil imaginar cuán doloroso debió ser para María soportar la crucifixión.

Al igual que las otras personas que estaban junto a la cruz, ella miraba a su hijo colgado en el instrumento romano de humillación y tortura. Pero, a diferencia de los que estaban allí para ver el espectáculo de su muerte, o incluso de quienes lo habían amado como Maestro, María lo había llevado en su vientre y experimentado el gozo de mecerlo entre sus brazos.

Ella había aliviado sus heridas, y lo había visto crecer en sabiduría – guardando y atesorando todo en su corazón – Lucas 2:19, 47-51.

Durante treinta años, habían compartido juntos las sencillas comodidades del hogar y disfrutado del compañerismo y el amor mutuos.

Tal vez esos recuerdos de su bebé envuelto en pañales la sostenían, ahora que debía enfrentar el verlo en ropa mortuoria.

Pero, lo que era más importante, podía confiar en las promesas del Todopoderoso. Porque ella sabía, desde que era muy joven, que “Su misericordia es de generación en generación a los que le temen” (Lucas 1:50).

¡Que esta semana santa puedas ser adoptado como hijo del Padre más amoroso que existe! ¡El enjugara toda lágrima de tu vida!

La última instrucción de Jesús antes de la resurrección, fue dirigida a María y a su discípulo amado. El doble mandato: “Mujer, he ahí tu hijo… [y a Juan] he ahí a tu madre”, fue una orden que simbolizaba el nuevo lugar de los creyentes en su reino – Juan 19:26, 27.

En este momento, fue revelada la promesa de Juan 14.20: “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.

El decir que Juan era el hijo de María, significaba que el discípulo participaba ahora en la vida de su Maestro, y que era coheredero de la vida en Dios – Romanos 8:17. En cierto modo, este momento es simbólico para todos los creyentes que proclaman a Jesús como Señor: crecemos en la semejanza a Cristo como hijos e hijas del Padre celestial, y como coherederos con el Hijo en su reino.

La declaración era también una afirmación de perdón y compasión. Juan, al igual que los otros discípulos, había abandonado a su Maestro en el Getsemaní, pero solo él regresó para presenciar el sacrificio de Cristo.

En este momento, Jesús no solo perdonó la falta de convicción de Juan, sino que también le confió a su amada madre. Pensemos en esto: aun en el Gólgota, mientras experimentaba un sufrimiento que nadie es capaz de comprender, Jesús impartió gracia y misericordia.

¡Esta semana santa, Él sigue haciendo esto con todos los que vienen al Calvario. Quienes están dispuestos a ponerse al pie de la cruz y aceptar su voluntad para sus vidas, pueden, al igual que Juan, experimentar las incontables bendiciones que dan generosamente esas manos perforadas por los clavos!

Al lado de Él venía un ladrón… viendo cómo marchaba Jesús a su muerte en el Gólgota, y a la multitud que iba detrás de Él, en un primer momento el ladrón se unió a los que se burlaba de Jesús, diciendo: “¡Bah! Tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz.” – Mateo 27:44; Marcos 15:29, 30.

Pero, por alguna razón, en lo más profundo de este criminal cuyo nombre no sabemos, algo cambió, quizás cuando escuchó orar a Jesús, respirando trabajosamente: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” – Lucas 23:34.

En medio de la ceguera del mundo, la revelación de Dios vino a un criminal colgado en una cruz: Este hombre era realmente el Mesías, el Rey, el Salvador, el Señor. El ladrón fue tocado por Cristo, y sus ojos fueron abiertos. Su última petición estuvo llena de humildad y esperanza, aun cuando osadamente llamó al Hijo de Dios con una familiaridad inesperada. “Jesús”, le dijo, “acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” – Mateo 27:42

Mientras que los discípulos de Jesús habían perdido la esperanza, sin entender su misión, este delincuente entendió que su reino no era de este mundo, y que su muerte, de alguna manera, sería parte del triunfo de Jesús. Este desvalido pecador, que estuvo tan consciente de su imposibilidad de salvarse a sí mismo, nos mostró el camino a todos: él fue el primero en ser sacado de la oscuridad a la luz gloriosa, por el victorioso Jesús.

¡Que esta semana santa te resplandezca la luz de Cristo! Y pases de las tinieblas a su luz admirable…

Nicodemo y José de Arimatea eran, posiblemente, dos hombres amigos de toda la vida. Cuando cada uno escuchó a Jesús enseñar, algo profundo dentro de ellos les dio testimonio de su origen celestial. Él hablaba como alguien con autoridad, lleno de gracia y de verdad, satisfaciendo la sed profunda que había en ellos. Pero, al mismo tiempo, había un dilema. Otros amigos influyentes de ellos criticaban al hacedor de milagros y satanizaban a quienes lo seguían.

Así que, al parecer, los dos decidieron “guardarse sus opiniones” y optar por la seguridad de la aprobación de sus amigos. – Juan 19:38 y 39.

Pero, a la luz de la cruz, donde comienza siempre la redención, sus corazones deben de haber sentido menos miedo. Aunque habían temido la pérdida de su prestigio social, Aquel que colgaba en la cruz nunca le temió a la pérdida de la vida.

Ellos habían evadido la crítica, pero Aquel irreconocible ensangrentado la aceptó, y mucho más, por amor a ellos. Después que Jesús fue retirado de la cruz, José y Nicodemo, movidos por amor, pidieron su cuerpo.

Y, como sucede a menudo en los funerales, estos hombres estuvieron más cerca de su Señor en su muerte que lo que habían estado en su vida, y lo sepultaron; su devoción a Él ya no era vacilante, sino plena, realizada.

¡Que esta semana santa puedas levantarte con decisión sin importar lo que digan y piensen los demás y que inicies un camino que te lleve feliz a tu destino eterno!

 

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