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Antes que el día aclare

Aporte por: Amigo y hermano Yeri Nieto 

resucito

DOMINGO DE RESURRECCIÓN      

«VIGILIA PASCUAL» | domingo, 5 de abril de 2015; 5.00 horas

I

El Salmo 24 es uno de esos terrenos sagrados que pocas veces analizamos. Los terrenos sagrados son pasajes tan conocidos y que nos han inspirado en tantas ocasiones, que casi nunca nos atrevemos a desmembrarlos para saber qué más nos están diciendo. Pero en esta madrugada del primer día de la semana, recordando cuando las mujeres y algunos apóstoles fueron testigos de la resurrección del Cristo, es necesario internarnos un poco ante lo que este salmo está diciéndonos:

1]        La estructura general de este salmo presenta dos partes: Del versículo 1 al versículo 6, y del versículo 7 al versículo 10.

2]        En varias versiones y traducciones bíblicas, al final de cada parte se encuentra la voz hebrea «Selah», que –en sentido lato– significa: «Silencio». Esto significa que, cuando leamos textos con la expresión «Selah», lo hagamos respetando esa pausa que requiere el pasaje.

3]        El primer «Selah» en este salmo está al final de la primera parte [versículo 6], y eso produce una dinámica interna en el pasaje que necesitamos atender:

~         La primera parte del salmo 24 realiza afirmaciones acerca de Dios y de lo que estas implican: El Señor es dueño de todo cuanto existe, de lo que vemos y aun de lo que no; y por eso ¿quién puede estar en su lugar santo?, ¿Quién puede subir adonde Él habita? Y, por supuesto, establece cuatro requisitos para la persona que se atreva a querer estar en la presencia de Dios:

  •                     Necesita tener manos limpias
  •                     Necesita tener el corazón puro
  •                     No debe adorar ídolos vanos
  •                     No debe jurar por dioses falsos

Y, claro está, quizá el primer requisito algunos lo cumplen [¡yo no!, lo reconozco]: Seguro que ahora mismo hay personas que tienen las manos limpias, que nunca han matado o robado, o que jamás han golpeado a alguien o maltratado a su prójimo; quizá haya ahora personas que no han defraudado o que jamás en su vida han dañado en algún aspecto a alguna persona.

Pero ¡el segundo requisito!… Ahí sí creo que todos quedamos fuera: ¿O quién puede decir que tiene el corazón puro?

Una cosa es que nunca alguien haya matado a otra persona, pero otra muy distinta que jamás le haya deseado la muerte; una cosa es que no hayas robado, pero otra muy diferente que nunca hayas deseado aquello que no es tuyo; una cosa es “manos limpias”, pero otra “corazón puro”.

4]Pero la segunda parte inicia cuando los centinelas de la eternidad gritan porque, ¡oh sorpresa!, alguien ha cumplido con los requisitos: «¡Abran los portones! Porque entrará el Rey de la gloria». Pero, ¿Quién es este Rey de la gloria?, ¿Quién pudo cumplir los imposibles requisitos que exigía la primera parte?, ¿Quién fue capaz de satisfacer a los guardias de la eternidad para que ahora se exija que abran las puertas del cielo?

~         La nota a resaltar es que ese “Rey de gloria” es alguien que viene de una batalla:

  • Es fuerte y valiente
  • Es guerrero
  • Es todopoderoso

Y eso no hace más que contradecir los requisitos:

Los guerreros no tienen las manos limpias. Los valientes y fuertes, los todopoderosos, son ratificados en las batallas como ganadores porque han derrotado a sus enemigos, y para derrotarlos debieron herirlos, matarlos, acabar con ellos.

¡Alto! El que entrará por los portones de la eternidad ¡no tiene las manos limpias!

Obsérvenlo conmigo: Camina encorvado por las heridas, trae su armadura abollada, logra sostenerse y avanzar con la mirada agrietada, no respira: jadea; su pecho está maltratado, por sus brazos y piernas ha corrido sangre que ahora está seca; su nariz deforme, su cara con moretones, uno de sus costados le impide erguirse; su frente tiene mordeduras punzantes que provocan que uno no quiera verle directamente, y sus pies están aún sangrando… y sus manos no están limpias: Hay sangre en ellas. ¿Pero es sangre de sus enemigos?

II

El Viernes Santo leíamos el Salmo 22, y ayer no hubo liturgia, no cantamos aleluya ni vinimos al templo a adorar, y eso que fue Sábado de Gloria.

Y en esta madrugada estamos leyendo el Salmo 24:

Ya hicimos el primer «Selah» y ahora estamos observando la terrible contradicción que contiene este texto: Querían que alguien de manos limpias entrase en la eternidad, y quien está entrando ¿es un guerrero que trae manchadas las manos?

Sí: Su nombre es Jesucristo.

No es cualquier guerrero. Es el mismo Señor Todopoderoso que decidió descender a este mundo para derrotar todas las fuerzas del Mal de una vez por todas.

Es el único valiente que encaró a la Maldad y sufrió su poder en carne propia: Fue traicionado por uno de su familia, fue abandonado por sus seguidores, fue llevado a un juicio injusto, fue abofeteado por las autoridades, fue maldecido en público por muchas personas y su rostro fue escupido; los soldados se burlaron, poniéndole una corona de espinas en su frente, fue exhibido semidesnudo ante los curiosos, fue condenado a muerte, fue latigueado y obligado a llevar el madero en que iba a morir varios kilómetros fuera de la ciudad; fue golpeado aún más, lleno su cuerpo de llagas, de ardor, de quemaduras de sol, de desatención; sin agua para beber y sin ganas de estar ahí; fueron sus manos y sus pies clavados al madero, fue objeto de burlas cuando moría, fue traspasado su costado con una lanza, y murió gritando el Salmo 22.

“Fue crucificado, muerto y sepultado”. Y en el sepulcro Él siguió descendiendo: Bajó a los infiernos a proclamar el evangelio a los espíritus encarcelados. Y comenzó su ascenso.

¡Resucitó! Con marcas y sangre, resucitó; con sus llagas, resucitó. Y se apareció esta madrugada a unas mujeres que quedaron sorprendidas por la presencia del Maestro –a quien habían visto morir y su cuerpo ingresar a un sepulcro.

Pero resucitó, y ahora ha ascendido a la eternidad.

Uno de los centinelas ve a lo lejos su figura. No cabe duda: Es Él. Así que grita: «¡Abran los portones del cielo! Porque viene el Rey de la gloria».

¿Tiene manos limpias? No. Ha vuelto de una batalla y trae las manos manchadas de sangre. Pero no es sangre enemiga. Es su propia sangre. Toda su sangre derramada por ti y por mí. Y esta mañana, antes que el día aclare, el Cristo resucitado está sentándose en la majestad de las alturas como Rey de gloria, como Señor y Dios de todas las personas que hemos aceptado su sacrificio de amor

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