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Elías, un hombre común

 

10968426_10203844001714469_8949386514378342959_nEn la búsqueda de edificar una poderosa y efectiva vida de oración, ayuda mucho y es sabio ver los ejemplos de la gente que modelaron ese tipo de vida de oración. Existen muchos ejemplos en la Palabra,  sólo que ahora, vamos a ver por un momento a Elías.

 

Aquí tenemos a un verdadero guerrero de la oración, un hombre que entendió el aspecto de escuchar en oración. En 1 Reyes, leemos que invocó fuego del cielo, resucitó al hijo de la viuda, e hizo todo tipo de milagros. Santiago nos dice que cuando Elías oró para que la lluvia se detuviera, no llovió por tres años y medio. Después oró para que lloviera-¡y sucedió! Es difícil identificarse con Elías. Sus hazañas fueron tan increíbles, nos lo imaginamos como a alguien fuera del alcance de la gente ordinaria. Parece mucho más que un común seguidor de Dios. Pero Santiago 5:17 nos dice que “Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.” En otras palabras, era como tú y como yo-de pasiones semejantes. Elías sabía lo que era tener miedo. Estar desanimado. Conocía las emociones y debilidades que experimentamos. Y cuando leemos que Dios lo usó poderosamente, a pesar de su flaqueza humana, sabemos que Dios puede usarnos también.

 

Elías puede enseñarnos mucho con respecto a la oración. Su historia confirma que la oración no es, y nunca debe ser, un monólogo. En lugar, la oración es realmente un diálogo-una conversación con Dios.

 

En 1 Reyes 17:1, Elías abordó al Rey Acab y dijo, “vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.”

Lo que Elías estaba diciendo era, “voy a orar y Dios va a cerrar el cielo. Esto será por muchos años, y no verás lluvia otra vez hasta que yo diga, o hasta que ore a Dios y le pida que la traiga.”

 

Después de esto, el Señor le dijo a Elías que se ocultara. Y vino una sequía horrible a la tierra. Lagos y ríos se secaron, y la gente estaba hambrienta y desesperada. Furioso, el rey Acab mandó a sus hombres a buscar por toda la tierra a Elías. Rebuscaron en el campo, hasta amenazaron a la gente que pudiera saber dónde se escondía Elías.

 

Pero leemos en 1 Reyes 18:1, “pasados muchos días vino la palabra de Jehová a Elías en el tercer año, diciendo: Ve, muéstrate a Acab, y yo haré llover sobre la faz de la tierra.”

 

Dios le dijo a Elías que iba a mandar la lluvia sobre la tierra otra vez. Elías oyó y entendió porque tenía el hábito de escuchar a Dios, y reconoció su voz.

 

Entonces Elías avisó a Acab que estaba listo para encontrarse con él. Acab vino a él y dijo, “¿eres tú el que turbas a Israel?” Entonces Elías dijo, “no, yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos e Jehová, y siguiendo a los baales. Pero si estás de acuerdo, quiero retar a ti y a tu dios en una competencia. Nos reuniremos en el monte Carmelo. Trae a tus profetas de Baal y nos vemos ahí. Ellos pueden construir un altar a Baal, y yo construiré uno a Jehová. Ambos pondremos sacrificios en los altares. Después tus profetas pueden orar a Baal para que espontáneamente encienda un fuego y consuma el sacrificio, y yo oraré a Jehová para que mande un fuego que consuma el sacrificio. Y el dios que conteste con fuego, sea reconocido como el Dios verdadero.”

Y Acab aceptó el reto, y la gente de Israel se reunión en el Monte Carmelo.

 

Los profetas de Acab construyeron su altar y pusieron la madera y el sacrificio sobre este. Y en la mañana comenzaron a pedir en oración a Baal que mandara fuego para consumir el sacrificio.

 

Gritaban, bailaban, brincaban, y continuaban así. Pero como a medio día, cuando nada sucedía, Elías decidió burlarse de ellos.

“Ya sé cuál es el problema,” dijo, “tu dios debe estar durmiendo. Deben gritar más. Tienen que despertarlo. O tal vez salió, y deben gritarle más para que los escuche.”

Y entonces comenzaron a gritar. Brincaban arriba el altar. Se cortaban con cuchillos, causando un escenario sangriento. Pero no importa lo que hacían, no podían hacer que Baal produjera fuego, y no podían hacer que el cielo mandara lluvia.

 

Como a las 3 de la tarde, Elías dijo, “bien, ya tuvieron su oportunidad. Ahora es mi turno. Apártense.” Y después como para untar sal en sus heridas, dijo, “caven una zanja alrededor de mi altar y pongan agua sobre el sacrificio.” Así que pusieron agua- barriles y barriles de agua. Elías gritó, “¡Más! Pongan más!” Así que empaparon el sacrifico hasta que estuvo empapado de agua y hasta la zanja estaba llena.

 

Después Elías oró. No bailó o gritó ni chilló, simplemente dijo,

“Jehová Dios de Abraham, y de Isaac, y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por mandato tuyo he hecho todas estas cosas.”

El fuego de Dios cayó. No solo consumió el sacrificio, consumió también el agua y aún lamió el agua en la zanja.

 

Y se suscitó un mover del espíritu de Dios en la gente. Se postraron cara al piso clamando, “¡Jehová es el Dios, Jehová es el Dios!” Elías aprovechó la oportunidad. Ordenó a la gente aprehender a los sacerdotes y profetas de Baal y los llevaran al arroyo de Cisón, valle abajo. Ahí, Elías mató a todos los 450 profetas de Baal.

 

Ahora con los profetas de Baal muertos, Elías anunció, “¡Alístense! ¡Se acerca un gran aguacero!” y luego subió al monte con su criado, se postró delante del Señor, y comenzó a orar por lluvia. Dijo a su criado, “sube ahora y mira hacia el mar.” Desde la cima del Monte Carmelo, puedes ver un panorama increíble del Mar Mediterráneo. Pero cuando el criado regresó le dijo que no había visto nada más que cielo azul.

 

Y Elías oró otra vez y le dijo al criado, “sube y mira hacia el mar.” Pero el criado otra vez reportó, “Nada más que cielo azul.” Repitieron este mismo escenario hasta la séptima vez, cuando Elías dijo a su criado que fuera y mirara hacia el mar, el criado regresó y dijo, “yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre.” “Ve y refúgiate,” dijo Elías, “¡va a venir un aguacero!” y antes de que pudieran refugiarse, la lluvia comenzó a caer.

 

¿Cómo pudo Elías ser tan persistente en oración, tan confiado que Dios iba a hacer algo? Después de seis veces, cuando no había evidencia, ninguna señal-¿cómo es que se mantuvo orando y dando las mismas instrucciones a su criado? La razón por la que pudo hacerlo es porque Elías escuchó la voz del Señor. Dios le dijo que se presentara delante de Acab porque estaba por mandar lluvia sobre la tierra. Cuando Dios te dice algo, es mejor que lo creas. Es confiable. Elías tuvo confianza que Dios podía hacer tal y como había dicho. Así que su oración- y la persistencia detrás de ésta- la construyó en la Palabra de Dios y en Sus promesas.

Elías mostró una fe enorme en esta situación. Pero no mucho después, probó ser un hombre ordinario así como tú y como yo. Cuando la esposa del Rey Acab, la Reina Jezabel, se enteró de lo que Elías había hecho con sus profetas, le mandó un mensajero a decirle, “así me hagan los dioses, y aún me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos” (1 Reyes 19:2).

 

Cuando Elías escuchó las amenazas de Jezabel, se espantó y huyó. ¡Elías salió corriendo! Y no cerca. Se fue hasta Beerseba, como a ciento veinte millas hacia el sur. Y después se alejó de Beerseba como a un día de camino, donde se sentó bajo un enebro y clamó, “¡Quítame la vida! ¡Es el fin!” Elías estaba cansado, desanimado, y aterrorizado.

 

He aquí nuestro gran hombre de fe, Elías, huyendo por su vida, hombre de pasiones semejantes, como tú y como yo. La historia me inspira y anima. En ver que aún Elías-quien es uno de mis héroes-tuvo las mismas debilidades que yo, me recuerda que Dios usa hombres y mujeres simples y ordinarios.

 

¡No necesitas ser un súper santo! No necesitas grandes credenciales o una larga lista de reconocimientos y títulos respaldando tu nombre. Dios usa gente regular-gente que se siente como te sientes tú. Él usa gente que sabe lo que es estar desanimado, así como tú sabes lo que es estar desanimado. Él usa gente que sabe lo significa tener miedos, así como los que tienes de vez en cuando.

 

Pero Elías era un hombre que ponía atención a la voz de Dios, la escuchaba, y respondía. Nosotros podemos hacerlo también. Recuerda, no es el hombre; es el Dios que habla a través del hombre.

 

Cualquiera de nosotros puede ser el Elías de nuestros días-solo escuchas, oye, y responde cuando Dios te hable. Dios ministró a Elías en su temor. El Señor envió un ángel a que le llevara comida a Elías. “Come,” dijo el ángel. “vas a necesitar la fuerza.” Y Elías comió-y viajó cuarenta días en la fuerza de la comida del ángel. Viajó hasta el Monte Horeb, a través del desierto, y cuando llegó, el gran hombre de Dios estaba todavía tan aterrorizado por las amenazas de Jezabel que se escondió en una cueva. No mucho después, Dios vino a Él y le dijo, “Elías, ¿qué haces aquí?” Acorralado, Elías le explicó a Dios-como si Dios no supiera ya lo que estaba haciendo. “He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos,” dijo. “porque los hijos de Israel ha dejado tu pacto, han derribado tus altares, y ha matado a espada a tus profetas, y solo he quedado yo, ¡y me buscan para quitarme la vida! Dios, me temo que no hay nada que puedas hacer. Está por terminarse todo.”

 

Dios, por supuesto, sabía que la historia estaba muy lejos de terminarse. “Elías,” dijo Dios, “hay trabajo por hacer. Levántate y ve a Siria, unge a Hazael como rey, dale una tarea, y regresa a tu trabajo. No tienes por qué estarte escondiendo.” Entonces el desanimado, aterrorizado profeta fue reasignado por Dios y emergió de la cueva.

 

Elías era un hombre con pasiones semejantes, pero también era un hombre que dialogaba con Dios. Por su ejemplo, aprendemos sobre la confianza que podemos tener en la oración. Elías nos muestra que cuando sabemos que oramos según Su voluntad y estamos atentos a Su voz, lo escucharemos cuando hable, y veremos sus deseos revelados.

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