¡Viaja inteligentemente!

Aceptar que la petición se “traduzca”

“Cualquier cosa que pidáis en mi nombre os la concederé, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Os concederé todo lo que pidáis en mi nombre”
Juan 14:13-14

La expresión “en mi nombre” tiene distintos matices. Aquí su significado podría corresponder a “en unión conmigo, unidos a mí, en comunión conmigo”. La referencia puede ser también -como en Juan 1: 51-la escalera de Jacob. El cielo permanecerá abierto y no se interrumpirá ya la comunicación entre Dios y los hombres, y el “lugar” de tal comunicación es Jesús.

Hay que subrayar que todos los verbos están en plural, por tanto se trata de la oración de la comunidad. El contenido de la oración son los intereses de la comunidad. Y se podría añadir: también las exigencias de un solo individuo que toda la comunidad ha hecho suyas.

Pero pedir “en su nombre” significa también “en su espíritu”. Se trata de permitir que él preste su espíritu a nuestras peticiones, las traduzca según sus intenciones. Entonces la petición la realiza él. Es necesario desaparecer, remitirse a él, dejar que él entienda e interprete nuestras peticiones mejor de lo que podemos comprender nosotros. De esta manera, su cumplimiento nunca será el que nosotros hemos establecido, pretendido y esperado. A veces responderá a nuestras intenciones, pero con mucha frecuencia será “totalmente distinto”, irreconocible comparado con nuestras expectativas.

Por eso, pedir en el nombre del Hijo significa ser escuchados en su nombre ¡y a su manera! La respuesta de Dios es segura, infalible. Y es más grande que lo que hemos pedido, aunque aparentemente no hayamos obtenido lo que solicitamos y nuestros deseos hayan quedado desatendidos.

Mi yugo es fácil y ligera mi carga

Además, hemos de tener en cuenta que existen dos tipos de intervención. Dios podría hacer desaparecer milagrosamente los obstáculos que interceptan nuestro camino, las dificultades que nos oprimen, las cosas desagradables que nos molestan, la cruz que magulla nuestra espalda. O puede dejar las cosas como están (al menos, aparentemente). Pero él se pone en camino con nosotros, dispuesto a afrontar con nosotros nuestra aventura, a compartir los mismos riesgos, las mismas molestias. Dios prefiere este segundo tipo de intervención.

Con su silencio el Señor nos dice: Sigue adelante, camina y verás. El camino es siempre el mismo, los obstáculos también, las dificultades aún están ahí, pero tú ya no eres el mismo, eres distinto si has orado. Tienes que afrontar el camino de antes, pero tu fuerza no es ya sólo tu fuerza. La situación no se ha cambiado milagrosamente, sino que tú has recibido un suplemento de fuerza y capacidad. Sobre todo te has asegurado la presencia de un inigualable e insustituible Compañero de viaje. Y no es el caso de ponerse a discutir por qué no has conseguido ciertas cosas, por qué Dios no te ha concedido esas gracias determinadas. En realidad, has conseguido algo inmensamente mejor: no algunas cosas, sino a él mismo. No algunas gracias, pero sí su presencia.

Oración “inspirada”

“El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede  por nosotros con gemidos inefables. Por su parte, Dios, que examina los corazones, conoce el sentir de ese Espíritu, que intercede por los creyentes según su voluntad”  Romanos 8:26-27.

Aquí se dirigen algunas de las acusaciones concretas que se hacen a la oración. Y más exactamente a ese sector específico que es la oración de petición, en el que un poco todos nos consideramos especialistas.

Pero ¿qué quiere decirnos Pablo? Cuando oramos, casi siempre tenemos peticiones concretas que presentar al Señor para que las atienda. Nos reconocemos en el protagonista de la parábola: él necesitaba exactamente “tres panes”. La súplica, en nuestro panorama religioso, desgraciadamente resta espacio a otros tipos de oración que también deberíamos practicar: alabanza, bendición, acción de gracias, adoración, ofrecimiento, contemplación.

El hecho es que tenemos muchas, demasiadas cosas que pedir. Las necesidades son innumerables. Además de las ordinarias, están los imprevistos, los incidentes desagradables e imprevisibles, las desgracias, las emergencias. De la salud a los estudios, pasando por los problemas económicos y familiares, del trabajo a la casa, la lista de las “gracias” por las que hay que llamar a cualquier hora a la puerta del Señor aumenta cada día más. Y él no siempre (así al menos lo pensamos nosotros… en voz baja) está dispuesto a oír como sería deseable, por lo que siempre quedan estancados muchos asuntos pendientes que nos obligan, a pesar nuestro, a urgir.

Basta escuchar hoy día ciertas “oraciones comunes”. Completas, martilleantes, definitivas, terminantes, provistas de minuciosa documentación y hasta un poco presuntuosas, no siempre discretas, excesivas en cuanto al tono, incluso me atrevería a decir descaradas. Todo se especifica de una manera pormenorizada. Puesto que las cosas están así y así…, desde el momento en que… y puesto que la única solución es esa de…, entonces Dios está obligado a escucharnos ateniéndose escrupulosamente a nuestras informaciones e instrucciones.

En el fondo le facilitamos la tarea. Ya hemos cumplimentado nosotros el formulario escrupulosa y completamente, sin olvidar nada. A él sólo le queda plasmar su firma y su sello: “Se proceda al cobro”.

“13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” Lo malo es que “nosotros no sabemos orar como es debido”. Sin el Espíritu que ora dentro de nosotros “con gemidos inefables”, nuestras súplicas nunca llegarían al Padre. Es más, y dicho más radicalmente, la oración sería imposible.

Dios conoce, pero con frecuencia no las “reconoce”

Tres observaciones.

Primera: no es que el Espíritu tenga la función de “tasador”, que realice un filtrado o un racionamiento porque nosotros exageramos, pedimos mucho, abusamos de la generosidad del amigo. Puede ser precisamente lo contrario. Nuestra oración con mucha frecuencia hace cálculos demasiado mezquinos. Se atiene a nuestras posibilidades, más que a la capacidad del Dios “Señor de lo imposible”.

Sobre todo: nuestra oración no siempre consigue dar cuenta de nuestras necesidades, que van mucho más allá de los “tres panes”. No caemos en la cuenta de las cosas esenciales que nos faltan, de los productos indispensables que escasean en nuestra casa. De lo que el amigo que llega de improviso espera de verdad de nosotros. Por eso, el Espíritu, más que “moderador” es “instigador”. Nos apremia, nos anima a exagerar, a pedir cada vez más. Y como nosotros nos mostramos siempre tímidos y prudentes, se preocupa él de reivindicar lo que nos corresponde como a hijos.

Segunda: frente a un obstáculo, una dificultad, un tropiezo cualquiera, habitualmente exigimos que Dios mismo provea por la vía rápida, allanando el terreno, quitando de en medio aquellas realidades desagradables. Sin embargo, no caemos en la cuenta de que “orar como es debido” supone pedir al Señor que nos dé el coraje, la inteligencia, la fantasía para afrontar esa situación; que nos haga entender que la solución también nos incluye a nosotros.

Última: la tarea del Espíritu no es “apoyar” nuestras peticiones, asegurar el éxito favorable y en breve tiempo de nuestra oración. No, el Espíritu debe “inspirar” nuestra oración, nuestras peticiones, no simplemente hacerlas propias, recomendarlas con su autoridad. Debe dilatar nuestra oración, no simplemente hacerla llegar, tal cual, a su destino. Somos nosotros quienes tenemos que entrar en la perspectiva del Espíritu, no al contrario. Creo que el equívoco de muchos encomendamientos al Espíritu, incluso en ocasiones solemnes, es precisamente este: se querría que el Espíritu nos contentase, que obedeciese a nuestras sugerencias, que se aviniese a nuestros puntos de vista, en vez de fiarnos, abandonarnos totalmente a sus “gemidos inefables” y a su justicia imprevisible. Invocamos al Espíritu para que nos lleve allí donde nosotros hemos planeado ir, para que se manifieste libremente… según las decisiones que ya hemos tomado nosotros y por las que hemos bregado tanto con todos los medios (incluso los menos limpios…). Al menos deberíamos alimentar la sospecha de que si Dios nos escuchase según nuestros gustos y no según los deseos del Espíritu, según nuestros proyectos y no según sus deseos, tendríamos las de perder más que las de ganar.

En una palabra, cuando se trata de oración es necesario ir a llamar a aquella puerta, para después echarse a un lado y dejar la palabra al Espíritu, resistiendo a la tentación de acallarla con nuestras peticiones petulantes o con algún reproche.

La única manera de no sentirnos insatisfechos por la respuesta a nuestras oraciones es hacerlas de tal manera que, gracias a las sugerencias del Espíritu, no sean insatisfactorias. Las oraciones “inconvenientes” son las que están muy por debajo de las expectativas de Dios. Son esas en que el Padre no “reconoce” las necesidades de los hijos.

Sí, el Padre conoce nuestras necesidades. Desgraciadamente, no siempre las “reconoce” cuando las exponemos en la oración.

Finaliza el estudio de esta parábola dando click aquí… http://wp.me/pZHOB-Hm

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Comentarios en: "Parabola “El Amigo inoportuno” Clase II" (1)

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