Editor: Esdras Mendoza Rios

O la pudieramos llamar así: Los tres amigos

«Si uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a  media noche, diciendo: ‘Amigo, préstame tres panes,  porque ha venido a mi casa un amigo que pasaba de  camino y no tengo nada que ofrecerle ‘. Y si el otro  responde desde dentro: ‘No molestes, la puerta está  cerrada, y mis hijos y yo estamos ya acostados; no  puedo levantarme a dártelos’. Os digo que si no se  levanta a dárselos por ser su amigo, al menos para  que no siga molestando se levantará y le dará cuanto  necesite. Pues yo os digo: ‘Pedid y recibiréis; buscad  y encontraréis; llamad y os abrirán. Porque todo  el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que  llama le abren. ¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le va a dar en vez del pescado una  serpiente? ¿O si le pide un huevo, le va a dar un escorpión?  Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis  dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el  Padre celestial dará el Espíritu santo a los que se lo pidan?» (Lucas 11:5-13).

¿Quién es el que duerme?

Normalmente se define esta parábola como la «parábola del amigo inoportuno». En realidad aquí los amigos son tres, constituyen  una cadena. Se podría decir: “había un amigo, que tenía un amigo, que tenía un amigo… “

Hagamos aún una precisión. Hemos de estar atentos para no  forzar indebidamente el significado del texto, hasta llegar a la  identificación exacta de los papeles de cada uno.  Sí, Cristo ha querido con esta “escena nocturna” animarnos a una oración confiada, insistente y hasta testaruda. Pero una postura  simplista podría llevarnos a establecer así el reparto: Dios es el que duerme, y yo, con la oración, voy a despertarlo, hago que se interese por mis problemas.

Pero la experiencia me demuestra que casi siempre ocurre lo contrario: Dios no duerme; el inoportuno que viene a despertarme es precisamente él. El que duerme (o el que finge dormir para que no le molesten los demás) soy yo.

La oración nos despierta

He aprendido que  tengo que orar para despertarme. Si no oro, no me despierto.  Mejor que despierto, quien ora es uno que se deja despertar.  Con frecuencia vivimos en un estado de sopor, de duermevela, de  sueño profundo o de sonambulismo. Nos dejamos vivir, nos confiamos  a la mecánica obtusa de las costumbres, al automatismo de los gestos repetitivos. Pasamos por las cosas, situaciones y personas sin profundizar, sin entrar en comunión con ellas, sin hacernos  partícipes.

Pues uno de los temas fundamentales de la Biblia y de la primitiva  predicación cristiana es precisamente el del despertar. Despertar  a través de la presencia imprevista de Alguien que -de noche  o de día-llama a nuestra puerta y solicita insistentemente que le dejemos entrar.

“Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo” (Efesios 5:14).

Cómo es: ¿Escucha Señor que tu siervo habla?

¿No sería más bien: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”?
¿Porque muchas veces queremos “manejar” a Dios a nuestro antojo?

La gente rechaza la idea de un “Dios trascendente” con autoridad. El enfoque de la gente es en un Dios inmanente, en un sentimiento subjetivo. En otras palabras, el Dios soberano de las Escrituras es reducido al “Dios que es producto de nuestra imaginación”. En lugar de elevarnos para ser como Dios, rebajamos a Dios para que sea como nosotros. Es trágico que muchos de los que alegan sentir la presencia de Dios se rehúsan a escuchar su voz. Si en toda la Biblia algún consejo se encuentra para el hombre, es éste: “Escucha!”. El hombre necesita humillarse ante Dios para poder escuchar, creer, obedecer y vivir.

Seguridad en la Oración

Cuando ponemos a Dios como el personaje que no se quiere levantar y dice “No me molestes” nos metemos en problemas porque Dios no es así, él ha prometido siempre estar atento a nuestras oraciones. Aunque a veces nos parezca que es de esta manera, ya que si hacemos una lista de las oraciones elevadas y la comparamos con las “respuestas recibidas” pareciera que pudiéramos escribir un gran volumen de aquellas que no han tenido respuesta pero ¿es realmente esto así? No, en materia de oración no podemos pensar en términos de contabilidad y eficacia. La certeza de ser escuchados se coloca en otro plano, o sea, existe la seguridad de que nuestra oración llega a su destino, toca sin duda a Dios al otro lado del hilo (o detrás de la ventana  cerrada) está él, que se deja encontrar, está disponible  siempre, no dice: “Estoy muy ocupado … No tengo tiempo …  Tengo otras muchas cosas más importantes de que preocuparme … Tengo una infinidad de asuntos urgentes que despachar para el gobierno  del mundo y tú me molestas con tus peticiones  … Me estás cansando, aburriendo… ya he oído un montón de veces tus lamentos” … No, él escucha con paciencia, con amor…. Por tanto, basta orar para estar seguros de que la comunicación se ha establecido. Y luego Dios interviene, no hay duda. Aunque no siempre cuando y como pretendemos nosotros.

No de la manera que nosotros queremos

Un texto de la Carta a los hebreos nos puede ayudar también a desenredar este embrollo y a entender algo. Se trata de una frase que parece contradictoria: “El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente; y aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer” (Hebreos 5: 7-8).

Jesús no ha “podido” evitar ni la pasión ni la muerte, realidades que lo perturbaban profundamente. Y, sin embargo, se afirma que fue escuchado. Por una parte, se defiende que Dios se pliega a la voluntad del Hijo (“en atención a su actitud reverente”), porque escucha su oración angustiada. Por otra parte, se declara, al contrario, que Cristo se somete “dolorosamente” a la voluntad del Padre.

Leyéndolo bien, ha habido una transformación de la petición en el curso de la oración, y así es como se manifiesta su dinamismo lleno de vida: Jesús siente el deseo instintivo de escapar (de la muerte). No rechaza este impulso, sino que lo presenta a Dios en una oración dramática, en una súplica desgarrada. Sin embargo, esta oración estaba totalmente empapada de respeto profundo ante Dios y se guardaba por tanto de imponerle una solución fijada de antemano. El que ora se prohíbe a sí mismo decidir por sí solo y liberarse a sí mismo. Se abre a la acción de Dios y consiente en la relación interpersonal. Se somete por ello a una fuerza de  atracción que, no sin una lucha dolorosa, realiza en él una transformación.

El objeto de la oración resulta entonces secundario. Lo que importa ante todo es la relación con Dios. En los evangelios, después de haber implorado su liberación, Jesús añade: ‘Pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú’ (Mateo 26: 39). Y lo que parecía primero una simple cláusula sobreañadida, una concesión extrema respecto a la petición de fondo –“Pase de mí este cáliz”-, se va convirtiendo poco a poco en la petición principal: ‘Hágase tu voluntad’ (Mateo 26:42). Así es como la oración transforma el deseo, que se va modelando sobre la voluntad del Padre, sea cual sea, ya que el que ora aspira ante todo a la unión de sus voluntades en el amor. Se comprende entonces por qué el autor de la epístola llama a la oración una ¡ofrenda!. Y el mismo comentarista concluye: “No por ello, sin embargo, se rechaza la aspiración inicial, sino que más bien se mantiene en su sentido más profundo. Jesús no renuncia a pedir la victoria sobre la muerte, sino que se pone por completo en las manos de Dios para que sea él quien escoja el camino a seguir”

La oración de Cristo ha sido respondida con la victoria sobre la muerte, obtenida, sin embargo, atravesando la muerte, no esquivándola. Por eso es absurdo dar instrucciones a Dios en la oración. Dios nos escucha ciertamente. Pero “a su manera”. O sea, según su generosidad infinita de Padre, no “a nuestra manera”, que siempre es reductiva y con frecuencia torcida respecto a los proyectos divinos. Es totalmente ventajoso para nosotros que el Padre no nos tome la palabra al pie de la letra. La oración escuchada es la oración que nos transforma, que nos hace entrar en el proyecto  de Dios, nos introduce en su acción. Personalmente prefiero un Dios que me sorprende a un Dios que “me contenta”.

Puedes continuar con el estudio dando click aquí http://wp.me/pZHOB-Hj

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Comentarios en: "Parábola “El Amigo Inoportuno” Clase I" (1)

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