¡Viaja inteligentemente!

Antes leer:

El Buen Samaritano – Clase no. 1

El Buen Samaritano – Clase no. 2

Es un gusto y la vez un pesar el llegar al final del estudio tan hermoso que Dios nos concedió a través de esta parábola, espero transforme nuestra manera de pensar y nuestra manera de comportarnos….

!Gracias!  por caminar con nosotros este tramo del camino…

 

Sensibilidad

 

El samaritano “que iba de viaje” y pasaba casualmente por allí, lo mismo que el sacerdote y el levita, no se ha contentado con “ver”, como habían hecho los dos que le habían precedido, sino que se ha parado y se ha involucrado en el drama de aquel desconocido.

No hacer mal no basta

Primer Escalón.- No hacer lo que no queremos que nos hagan.
Segundo Escalón.- Haz con los demás como quieras que hagan contigo.
Tercer Escalón.- Haz con el otro lo que él realmente quisiera que le hicieras.

El samaritano ha sintonizado la frecuencia de onda del otro y así ha oído su voz silenciosa, haciendo callar todas las otras voces (las voces ruidosas de los compromisos improrrogables, de la comodidad, del interés, de la preocupación de no tener molestias Y de no buscarse complicaciones…)

Improvisación

El samaritano se ha manifestado como un extraordinario improvisador y precisamente su capacidad de improvisación es lo que le distingue de la postura “fácil” adoptada por el sacerdote y por el levita. Estos eran rutinarios, repetitivos, programadores rígidos de su vida y hasta de sus gestos religiosos. Seguían unos esquemas según módulos predefinidos y en esos esquemas no había espacio para el gesto improvisado, fuera de las normas. Caminaban a lo largo del camino como si fuesen sobre rieles, siguiendo un programa de viaje establecido de antemano, horario, plazos, velocidad. Todo ya calculado en ese programa no está prevista una parada, una interrupción del itinerario.  No se contemplaba lo imprevisto. No entraba la cita con el inesperado. No había espacio para la sorpresa. No estaba programado lo… fuera de programa.

Han mirado al herido, pero esa visión, ese encuentro, no ha sido para ellos un impedimento que les haya obligado a salirse de la regularidad. Han esquivado el obstáculo siguiendo adelante, impertérritos, por su camino, sin sentirse interpelados, sin advertir la provocación de la realidad imprevista, sin sentirse tocados interiormente. Él, el samaritano, ha sido un sorprendente improvisador. Ha aceptado la provocación del intruso, el reclamo del extraño, metiendo una variante en su programa de viaje, inventando una parada no programada. No se ha conformado con ver, para después seguir manteniendo la media de velocidad establecida en el plan de  viaje y respetando la agenda de los compromisos. Se ha sentido interpelado por el imprevisto, por el prójimo desconocido que apareció en el camino sin anunciarse. A diferencia de los dos, para quienes el pobre desgraciado suponía un elemento molesto en su programa religioso, un cuerpo extraño en su organismo espiritual, ha aceptado el desvío, el cambio del itinerario establecido. Y también sus gestos de primeros auxilios al desventurado los realiza de forma improvisada.

Improvisación: “Es la capacidad de no dudar, de no demorarse ante cualquier situación”. Añadiría: no echarse atrás. La improvisación no es una virtud fácil de practicar. La vida de cada día capacita para la velocidad y la rapidez. Pero no así respecto a la prontitud y a la improvisación. La velocidad es hija de la costumbre para desarrollar un quehacer o una acción. La prontitud, sin embargo, nace de una constante atención en el desenvolverse de la vida. Solamente quien está preparado puede pararse en el momento preciso y actuar fuera de los esquemas habituales y de las convenciones sociales (y también fuera de las redes sociales). Lo contrario de la improvisación es la programación exasperada, la planificación rígida, la burocratización que mata la espontaneidad, la organización que sofoca la vida. La fórmula, la ficha de registro, los diagnósticos de todo tipo (incluidos los moralistas y religiosos) y la fijación de las competencias terminan por ocultar a la persona. .. El samaritano no viajaba con la ficha de identificación del prójimo en el bolsillo y el prontuario de lo que hay que hacer en casos de emergencia, y menos aún con la lista de las oficinas competentes a las que dirigirse. Le bastó con descubrir a un hombre abandonado para entender que precisamente ese era el prójimo al que acercarse y dedicarse, a quien había que prestar cuidados. Ese imprevisto era “asunto suyo”.

Escasa habilidad y gran capacidad

Dicen los pedantes que sus gestos fueron torpes. En efecto, “le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino”. No se hace así: primero el vino (o mejor el vinagre) para desinfectar y después el aceite para aliviar el dolor. Es verdad, el samaritano se ha mostrado poco hábil. En compensación, ha demostrado que era muy capaz.

Hay médicos y trabajadores del ámbito social y caritativo que exhiben una gran habilidad profesional, pero una escasa capacidad humana. “Capaz”” una palabra latina que significa “apto para contener”, “que contiene mucho”, “espacioso”. El samaritano, poco hábil, más bien inexperto, en compensación se ha mostrado capaz. Capaz de acoger al otro, de hacerle sitio en su corazón, en su vida, en sus planes de viaje. Capaz de gestos bajo el signo de la humanidad… Ha acogido al otro, lo ha recibido, le ha dejado sitio…

Concluyendo

El prójimo está lejos

El prójimo tiene la tendencia a estar en las márgenes del camino que recorro. Me refiero al camino de mis intereses, de mis simpatías, de mis gustos, de mis ideas, de mis afinidades. En este sentido, el prójimo nunca está cercano. Es más, esta distante, alejado, con frecuencia antipático.

El prójimo no me sale al encuentro. No favorece el contacto. Con el prójimo hay casi siempre “incompatibilidad”. El prójimo está lejos, aunque esté allí, a dos pasos. Es difícil de aceptar, de soportar. Es tarea ardua ver al prójimo incluso cuando lo tenemos ante nuestros ojos; es más, precisamente por eso inevitablemente se termina por no caer en la cuenta de ciertas personas que son hasta demasiado visibles.

¿Pero quién se atreve a decir que el prójimo, por ser tal, debe estar cercano? Más bien el prójimo es alguien a quien yo hago cercano. Es el individuo a quien me acerco venciendo las resistencias y las repugnancias de cualquier tipo. Rompiendo la barrera de los gustos, de las afinidades y de los prejuicios. Quien ama no elige al prójimo, sino que lo hace prójimo.

El prójimo es un intruso.

Tiene la pésima costumbre de llegar en el momento menos oportuno. Y no se hace anunciar. Cae de improviso. Su llegada siempre está bajo el signo de la sorpresa, que además no es agradable. El prójimo irrumpe en nuestra vida cuando menos nos lo esperamos, cuando no lo prevemos, cuando no tenemos tiempo, cuando ya tenemos otros fastidios. El prójimo, con frecuencia, no anda con cortesías. Es maleducado, indiscreto, intruso, inesperado. Trastorna nuestras costumbres, perturba la rutina de nuestra vida, embrolla terriblemente nuestros programas, estropea nuestras razonables previsiones. Por eso, no reduzcamos el amor al prójimo a reglas detalladas y minuciosas que evitan el factor sorpresa. No lo encerremos en esquemas prefabricados para eliminar la inseguridad. ¡Ay del amor excesivamente planificado y programado!

La equivocación del sacerdote y el levita de la parábola está precisamente aquí: no admitían a un prójimo que no estaba contemplado en sus programas. En su agenda litúrgica no tenían anotada la cita con el herido. ¡Qué historias! Hay que pedir audiencia y no presentarse así de improviso (e importa poco que a él no le hayan pedido audiencia los bandidos…). Por eso se han considerado autorizados a no pararse y a no ocuparse del pobre hombre que yacía en la cuneta de su itinerario ya establecido de antemano.

La falsa ilusión de la religión:

Hay que subrayar el significado de aquel “pasar de largo” del sacerdote y del levita (los gestos del samaritano, sin embargo, no necesitan especial comentario, más bien imitación, como ya lo hizo notar Jesús.) Los dos especialistas de la religión pretenden llegar a Dios “pasando de largo”, evitando el obstáculo o fastidio representado por el prójimo. Del sacerdote se precisa además: “Se desvió”.

Para realizar su programa religioso, se coloca en la parte más segura, para no correr el riesgo de tropezarse con las necesidades del hermano. Su itinerario espiritual no tolera retrasos, desviaciones peligrosas, “espectáculos” incómodos que distraen y molestan. Los deberes legales y rituales son más importantes que el corazón, la humanidad, la ternura.

Es la gran y persistente ilusión: Pretender llegar a Dios pasando por encima del prójimo.

Encontrar a Dios sin necesidad de encontrar al hermano. Conocer e interpretar la voluntad del Señor ignorando la realidad provocadora que está ante los ojos. Ocuparse de las “cosas de Dios” sin caer en la cuenta de que lo que Dios quiere que hagamos son las “cosas de los hombres”, sus hijos.

Pensar en la propia alma permaneciendo sordos al grito (o a la invocación silenciosa) de quienes sufren en las cunetas… Mostrarse obsesionados por la observancia de la ley y considerar la misericordia (literalmente: “Conmoción de las entrañas”) como una debilidad, olvidando que la “debilidad de Dios” siempre es grande, sorprendente.

Nosotros podemos pretender declararnos cercanos a Dios estando prudencialmente lejos del enemigo, del extranjero, del diferente, del antipático, pero Él nos reprocha esa exactitud y esa puntualidad en los deberes religiosos “pasando de largo” de la humanidad, saltando por encima de la justicia, eludiendo la caridad.

No, no existe otro lado del camino. Al menos, del camino que conduce a Dios. El único lado transitable para llegar al destino es el “cortado” inexorablemente por la presencia -no siempre agradable, y frecuentemente imprevisible- del prójimo. Sí, este Dios tan lejano y tan cercano. Tan inasible y no obstante tan empeñado en “darnos una señal”.

Invisible y, al mismo tiempo, haciéndose siempre visible en cada persona en necesidad.

Y no es cuestión -como Moisés lo había visto con tanta claridad- de subirse al cielo o de sumergirse en lo profundo del mar, para encontrarlo.

“Cuando obedecieres a la voz de Jehová tu Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos escritos en este libro de la ley; cuando te convirtieres a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma. Porque este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos. No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo, y nos lo traerá y nos lo hará oír para que lo cumplamos?  Ni está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién pasará por nosotros el mar, para que nos lo traiga y nos lo haga oír, a fin de que lo cumplamos? Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.” –  Deuteronomio 30: 10-14.

El samaritano se ha limitado a bajar de su montura (mulo, asno, caballo, sillón, cátedra, pedestal, nube, trono, posición social, posición en la iglesia…), una empresa nada sensacional, y  “sumergirse”, embadurnándose de polvo y de sangre, en el dolor de un pobre hombre cualquiera.

El sacerdote y el levita han llegado sin obstáculos hasta el final de su camino, dando muchos pasos (demasiados) y han faltado al encuentro. El samaritano no ha dado más que dos pasos. Pero en la dirección exacta. ¿De qué sirve caminar tanto y no llegar a tu destino?

Llega el momento…

Llega el momento en que hay que inventar lo antiguo, comenzara leer de verdad los libros que conocemos de memoria, aprender de una vez las oraciones que repetimos todos los días, comprenderlas cosas que enseñamos y explicamos a los demás explorar la amplitud de nuestra habitación, descubrir la persona que vive a nuestro lado desde hace tantos años, encontrar lo que manejamos cada día, desear lo que ya tenemos …Llega el momento en que hay motivo para avergonzarse de ese “saber” nuestro que no va acompañado del “hacer”.

El verdadero Samaritano

Jesús es el verdadero samaritano. Él se ha inclinado hacia el hombre, le ha curado las heridas milenarias, le ha puesto en pie, le ha dado un rostro humano. Nos encontramos tirados, el ladrón ha venido a nuestro encuentro, en su mente resuena su objetivo “Hurtar, matar…destruir… (Juan 10:10)”, y cuando parecía nuestro fin, nuestros ojos cerrados y nublados, y nuestra garganta a punto de desfallecer (Salmos 69) precisamente a través del gesto visible del samaritano, Jesús se convierte en “la imagen del Dios invisible” – (Colosenses 1:15).

Mi tarea…tu tarea

Jesús le dijo: Vete y haz tú lo mismo” con frecuencia me sorprendo pensando en cómo puedo continuar con mi vida si no hago lo que debo de hacer. La imagen que más me asusta es la siguiente: el cúmulo enorme de las ocasiones desaprovechadas en mi vida. El montón ingente de mis pecados de omisión. Sí, omisión de socorro ante el prójimo que espera… y también esta otra imagen, tan inquietante como la anterior: la confrontación entre los dos caminos. Son veintisiete kilómetros, el total de mi camino que baja de Jerusalén a Jericó. Por una parte, el camino tal cual es: desolado, quemado por el egoísmo, pavimentado con la indiferencia, marcado por la violencia más brutal. Centenares de personas que mueren en espera de un gesto de auténtica amistad… y yo nunca sé adivinar el lado adecuado.

Yo sigo adelante. Siempre distraído. Siempre ocupado en “cosas importantes”, atareado en satisfacer “compromisos urgentes”. Protegido siempre por la salvadora excusa de “le corresponde a otros”, exhibido en cualquier situación incómoda… Por otra parte, el camino que debería ser como hubiera podido ser si hubiese sido menos distraído, si hubiese sabido pararme, si no me hubiese desentendido miserablemente de las ocasiones. Sí, como sería el mundo, como hubiera sido mi camino, si hubiese sido un creador de amor como el samaritano, si hubiese respetado la consigna de Cristo: “Vete y haz tú lo mismo”.

Sin embargo, cuántas sonrisas he apagado, cuántas arrugas he marcado en el rostro de mis hermanos. Cuántas esperas he defraudado, cuántas esperanzas he sofocado, cuántas desesperaciones he alimentado con mi indiferencia, con mi frialdad, con mi lejanía, con mis cálculos oportunistas. La confrontación con las dos imágenes del camino, cómo es y cómo podría haber sido, constituye sin duda un tormento fijado en mi memoria y corazón. Mi carga que tendré que llevar siempre en mi camino…

Al acecho también el amor

Señor, siempre hay alguien al acecho en el camino del hombre. Bandidos desaprensivos que le roban la dignidad, la esperanza, la libertad, la sed de justicia, la aspiración a la paz, el deseo de honestidad. Haz, ¡oh, Señor!, que este hombre, despojado de todo, pueda descubrir que en su mismo camino está al acecho también el amor.  Un amor que sabe detenerse. Que está dispuesto a perder tiempo. Que tiene el coraje de dar todo.

El hombre sin adjetivos y sin documentos

Algunas observaciones interesantes son estas: En la narración se facilitan datos de tipo personal o geográfico de los personajes que permiten identificarlos. De algunos, por ejemplo, se especifica el oficio, la actividad que desarrollan (salteadores, sacerdote, levita, mesonero). O se indica la procedencia (samaritano). Por otra parte, ninguno de los distintos personajes que tienen un papel en la parábola permanece en la escena desde el principio hasta el fin de la representación.

Los salteadores aparecen al principio y después desaparecen. En un momento dado aparecen el sacerdote y el levita, pertenecientes al servicio del templo: van simplemente de paso y marchan por su camino. Después entra en escena el samaritano, que se para, socorre al herido, lo lleva al mesón más cercano y después desaparece. Y ya al final hace su aparición el mesonero encargado de alojar al herido hasta que se restablezca.

Pero hay un único personaje que permanece en escena desde el principio hasta el fin. Y es precisamente el herido. De este individuo, que es el personaje principal, no se facilitan, no digo generalidades, pero ni siquiera la más insignificante noticia. Su carné de identidad no registra dato alguno: ni nombre, ni edad, ni procedencia, ni religión, ni ideas políticas, ni otros signos característicos que permitan identificarlo. ¿Qué clase de tipo es? ¿Joven, viejo u hombre maduro? ¿Qué oficio tiene? ¿Es una persona de bien o al menos tiene algún rasgo de bondad? ¿Cuál es su patria? ¿Y cuál su conducta moral? ¿Por qué ha venido a parar allí? ¿Es creyente? ¿Tiene familia? ¿A qué clase social pertenece? ¿De qué color es su piel?… Nada. No tenemos noticia alguna sobre él, que queda como alguien anónimo, sin rostro, sin documentos, sin señales de reconocimiento. Un único dato: “Un hombre”.

Pero, pensándolo bien, es fundamental. Ahí se contiene ya una lección esencial de la parábola. O sea, para hacerte prójimo no es necesario que conozcas muchos detalles de un individuo. Te basta saber una sola cosa, pero decisiva: es un hombre…un ser humano. Todo lo demás es superfluo. Y de todas maneras no tiene por qué influir en tu postura, en tus comportamientos. Un hombre. Es suficiente. Debes pararte, acercarte, inclinarte hacia él, hacerte cargo de él. Si para intervenir quieres saber algo más si solicitas una investigación suplementaria, si indagas a qué partido pertenece, si necesitas seguridades concretas sobre él, significa que no has entendido la lección del samaritano.

Los religiosos peor que los salteadores

El sacerdote y el levita se han comportado con aquel pobre hombre peor que los salteadores. Estos, en efecto, le han robado, le han despojado de sus bienes, le han arrebatado los bienes materiales con la violencia más brutal. Pero los dos funcionarios de lo sagrado le han robado su dignidad, le han despojado de su valor de persona, le han quitado el tesoro más precioso: su importancia en cuanto hombre. “Pasando de largo”, indiferentes, es como si le hubieran dicho: “Para nosotros no cuentas en absoluto… Es como si no existieses… Hay cosas y quehaceres mucho más importantes que tú…, Tu condición no merece una parada, un segundo de nuestro tiempo. ..”

Negar atención al prójimo significa borrarlo de nuestro horizonte. Suprimirlo. La indiferencia puede ser homicida. La falta de preocupación, la falta de compromiso puede ser una forma de Violencia. Es posible masacrar a un hombre incluso sólo “pasando a su lado”, sin rozarlo…

Incapaces de celebrar la liturgia de la misericordia

Intento imaginar al sacerdote y al levita en el templo. Puntuales, exactos en el rito, almidonados, con un aire solemne, a las órdenes de un maestro de ceremonias engallado. No habían sido informados de que la liturgia aquel día se celebraba a lo largo de aquel camino que conduce a Jericó y era una liturgia distinta, la liturgia de la misericordia, que permitía improvisaciones, gestos y palabras no contempladas en el ritual, sin ningún maestro de ceremonias con órdenes precisas y aquel día ni siquiera Dios “estaba” en el templo.

Estaba un poco más abajo, en una curva de aquel camino solitario. Se había adelantado a sus funcionarios. Los esperaba allí abajo para un culto a cielo abierto. Pero ellos “pasaron de largo”.

No caen en la cuenta del desplazamiento de las funciones sagradas. Y ha ocupado su puesto uno no consagrado, es más, un excomulgado, pero que ha sabido realizar correctamente los ritos de la misericordia. Los dos funcionarios de lo sagrado no entendieron que, en ciertas circunstancias, no hay otra forma de conservarse puros más que manchándose las manos. Dios está en todas partes. Y nosotros corremos el riesgo, como aquellos dos, de buscarlo… en otro lugar. (“Por cuanto lo hiciste a uno de mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”)

Todo comienza cuando termina la oración

No hay duda: “Un sacerdote bajaba por aquel camino” por tanto venía de Jerusalén, donde con toda seguridad había participado en el culto del templo. Terminada su tarea, pensó que todo había acabado. Había dado a Dios lo que a Dios correspondía.  Dios no podía pretender de él otra cosa. Sin embargo, Dios quería percibir algo más en términos de caridad, bondad, generosidad, atención al prójimo, solidaridad.

No se conforma con la alabanza, la adoración, el canto. Dios pide y pretende también en nombre del ser humano. Por lo cual, sólo se da a Dios lo que es de Dios cuando, al mismo tiempo, se da al hombre todo lo que corresponde al hombre.

Lo divino se desvanece cuando no existe lo humano. Es el equívoco de muchos cristianos que se hacen la ilusión de regular sus cuentas con Dios mediante la oración y el tiempo (más o menos largo) que pasan metidos en la iglesia. Y no se enteran de que la acción comienza exactamente cuando termina la oración.

Prohibido construirse una imagen ideal del prójimo

Muchas personas, incluso de buena voluntad, se construyen una imagen ideal del prójimo. Una especie de retrato. Y hablan incluso de él: ancianos, toxicómanos, prostitutas, presos, madres solteras … Después, cuando se encuentran frente al prójimo de carne y hueso, con sus defectos y miserias varias, sus palabras y comportamientos no reglamentarios, se quedan desconcertados al constatar que no corresponde a la imagen que se habían fabricado. Y entonces cierran la puerta precipitadamente. Hay que liquidar la imagen ideal y aceptar al prójimo real, tal cual es, no como nos gustaría que fuera.

El samaritano, una gran persona

Ciertamente no es adulador definir al samaritano como “una gran persona””. Hoy se presentan muchos individuos que se proponen a sí mismos como “salvadores de la humanidad” y califican de “buenísimo” cualquier gesto de piedad y de compasión.

A propósito del samaritano, defienden que en el caso de que se repitiesen las agresiones en aquel camino, sería mejor correr a comunicárselo a la policía. Como si el gesto de solidaridad, de caridad ordinaria, excluyese la posibilidad y hasta la necesidad de intervenir en las causas. Aunque pueda parecer banal y reductivo, el samaritano se ha limitado a prestar “asistencia”. Esta es una palabra que hoy goza de mala fama; está desacreditada, sobre todo cuando se la aplica a una postura pietista o a comportamientos de carácter pasivo, por lo que “asistir” querría decir ser espectadores inertes (como quien asiste a un espectáculo, a un partido de fútbol, a un accidente).

Sin embargo, “asistencia” es una palabra noble, si bien un poco en decadencia, de la que no hay que avergonzarse, y que el samaritano y todos los que se le asemejan han contribuido a revalorizar. Tiene el significado de preocuparse, ayudar, socorrer. Se trata, pues, de “estar junto a”, “estar ante” alguien, estar presentes. Pero estar presentes exactamente como el samaritano, en sentido activo, comprometiéndose, involucrando a toda la persona. Asistencia significa precisamente involucrarse. Asistencia es lo contrario a la fuga. En el fondo, asistir, en este sentido preciso, significa “dejarse encontrar“. Asistir quiere decir “aparecer””. Asistencia, sin embargo, significa estar presentes, no en el momento del triunfo, del espectáculo, de las celebraciones, sino cuando se trata de cansarse, de comprometerse, de sacrificarse. Paradójicamente, asistencia significa capacidad de “desaparecer”.

Los que se creen nuevos samaritanos

Hoy la boca puede convertirse en el sustituto del gesto humanitario concreto realizado por el samaritano. En vez de las manos que vendan al herido, he aquí que salta la palabra, la definición, el análisis correcto de la situación, la discusión, el problema “tomado en serio”.

A veces oigo a personas que hablan precisamente de esta manera: “Tenemos que tomar en serio ese problema”. Y los interesados se sienten inmediatamente aliviados, pueden estar tranquilos, saben dónde ha ido a parar su problema…Para sustituir a los viejos ha nacido la “tercera edad”. Y así ni siquiera les cedemos el asiento en el autobús o en el metro, ni se nos ocurre pensar que llevar la bolsa de la compra a esa persona que camina encorvada es una buena acción. No son viejos -decir eso es ofensivo, sentencian los sabiondos expertos-, sólo son gente de la “tercera edad”. Hoy se considera mal educado no a quien se niega a echar una mano al prójimo con problemas, sino a quien le niega el nombre rutilante que sustituye al anticuado.

El amor es humildad

“Se acercó…” Pero, para acercarse, ha tenido que bajarse de su cabalgadura. El amor es siempre humildad. El amor se abaja y se baja. “Le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino”. Nos recuerda el gesto realizado por Jesús en la última cena: “Se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies a los discípulos”  – Juan 13:4-5.

El amor se expone, sin defensas. El amor anula las distancias. El amor es exfoliación de sí mismo. No se puede amar si no se despoja uno de su papel, de la soberbia, del prestigio, de la actitud de superioridad. El encuentro solamente es posible si uno “se baja” de la cabalgadura del orgullo, de la afirmación de sí mismo, de la ambición…

Misericordia y discreción

Menos mal que en aquel tiempo no había al acecho ni micrófonos ni televisión. Y así el samaritano ha huido de los entrevistadores (y también el herido ha tenido la suerte de no tener que responder al periodista petulante que le habría preguntado “qué había sentido” cuando los salteadores lo destrozaban a golpes…). La verdadera misericordia siempre es discreta. Y no debe exhibirse, ostentarse, publicarse, instrumentalizarse. Hoy, desgraciadamente, en vez de la “limosna secreta” (Mateo 6:1-4), escondida, discreta, modesta, se presenta una caridad espectacular, ruidosa, publicada y pregonada, ampulosa, propalada más allá de los confines de la decencia o, al menos, del buen gusto. Hoy asistimos, en el campo de la “ayuda” y de las iniciativas de tipo social, a espectáculos penosos de divismo, a fenómenos indigestos de protagonismo excesivo, a culto de la personalidad y de la popularidad. La caridad y las buenas obras se convierten así en pretexto para la crianza de pavorreales que exhiben sin recato ante el pueblo sus plumas variopintas y suntuosas, y recitan una jactanciosa e infantil “letanía del yo”. Con la excusa de que hay que dar “buenas noticias”, dar a conocer el bien y no sólo el mal presente en el mundo, algunos, apenas deciden hacer algo, crean primero un gabinete de prensa encargado de transmitir la información a los medios de comunicación del entorno. Más que de hacer, se preocupan de hacer saber. Me recuerdan todos esos programas de cadenas televisivas que terminan en “ton”…. Donde en vez de dar…piden… Sin embargo, el samaritano, un tipo más bien esquivo, se ha preocupado de hacer saber al mesonero que él pagaría la cuenta.

 ¿Dónde está Dios?

 En la parábola Dios parece ausente. No se le nombra. Se le margina. Está en el cielo, envuelto en las nubes, que no le permiten abrir una ventana para ver lo que sucede en el polvoriento camino de Jericó. ¿Es así? ¡Claro que no! En realidad, Dios se hace presente, manifiesto, en el gesto del samaritano. Mientras que el sacerdote y el levita le habían alejado, escondido entre las nubes del incienso y el humo de los sacrificios, el samaritano lo acerca a aquel camino infame. ¿Lo acerca o lo descubre?

 Casualmente…

 “Casualmente…”. Había sido una jornada decididamente desafortunada para aquel pobre hombre tirado en la cuneta del camino. Sin embargo, después de la emboscada infame de la que había sido víctima, he aquí que un rayo de luz cruza su negro horizonte. Solo no se las arregla para salir de aquella fea situación y el tiempo apremia, porque ha perdido mucha sangre. La única esperanza es que alguien pase por allí. Y mira por dónde, inesperadamente pasa alguien, y encima ese alguien es sacerdote.

“Casualmente…”. Se puede suponer que el hombre “medio muerto” pensaría: “Bueno, en el fondo me tengo que considerar afortunado, pues un sacerdote pasa por estos parajes. Después de todo lo que me ha pasado, después de lo brutal del asunto, parece que las cosas empiezan a andar bien…”. La mirada casi apagada del herido se aviva, se convierte en una especie de objetivo fotográfico que capta en la lejanía aquella figura, después la encuadra cada vez más de cerca, pero … ¡ay!, la ve también desaparecer. En efecto, el sacerdote no se paró. La misma secuencia se repite con el levita, en un dramático alternarse de esperanza y frustración, de confianza y desilusión. Y he aquí que en el horizonte se perfila un tercer personaje. En el herido vuelve a encenderse, aunque ya muy tenue, la llama de la esperanza. Pero cuando aquel se acerca y es posible enfocar su perfil preciso, en primer plano, el pobre hombre debió tener un movimiento de desánimo: se trata de un enemigo. Sin embargo, su débil esperanza se apoya precisamente en la hipótesis, casi inverosímil, de que no se comporte como enemigo y manifieste una pizca de humanidad y sucede precisamente lo increíble. El enemigo, el bastardo, el mestizo, ese de quien no se podía esperar nada bueno, se comporta como prójimo. Así, la salvación llega de la parte inesperada, me atrevería a decir equivocada.

 El evangelio en edición de lujo

 Me gusta imaginar que el Señor debe tener en el cielo un evangelio en edición de lujo, (¿Por qué no si el mismo es la palabra?) espléndidamente ilustrada, que guarda con celo y que pone al día continuamente, a todas las horas, dirigiendo sus ojos en dirección de tantos caminos de Jericó que atraviesan la tierra. En un lado está el texto, sus palabras, sus enseñanzas. En el otro, las ilustraciones. Entendámonos: no las ilustraciones de los grandes artistas. No, son las ilustraciones que le proporcionan todos los días en todo el mundo personas que no saben manejar los pinceles, pero que en compensación saben tomar en serio su mensaje. Y, así, el evangelio ilustrado por millones de samaritanos desconocidos crece cada vez más. En un lado, la palabra de Jesús. En el otro, los “hechos” de los hombres. En un lado, su enseñanza. En el otro, su interpretación práctica. Es un volumen inmenso, enorme (aunque faltan las doctas anotaciones de los exegetas). El Señor lo mira con franca complacencia en cada momento. Ese evangelio comentado, ilustrado por las acciones (si escondidas, mejor), le demuestra que su paso por la tierra no ha sido inútil.

Al llegar aquí, he de tener la valentía de hacerme una pregunta: ¿cuál es mi contribución a esta edición ilustrada del evangelio? Hasta ahora ¿qué “hechos” he logrado expedir hasta el cielo? Por ejemplo, junto a la parábola del buen samaritano destacan miles de estupendas ilustraciones, todas originalísimas, auténticas obras de arte. Ninguna es “copia” de otra, porque la caridad es siempre creadora. ¿Pero acaso Cristo no está esperando algo mío? Una edición de lujo, puesta al día. Pero seguirá siendo una edición incompleta, mientras falten mis ilustraciones. Siempre hay un ser humano que espera en cualquier curva de mi camino. Y siempre hay un Dios que espera con un evangelio abierto de par en par. Y al que falta una ilustración.

 Más allá de nuestras preguntas

 El diálogo entre el doctor de la ley y Jesús está construido sobre un esquema muy significativo: pregunta del doctor de la ley (10:25) Y contra pregunta de Jesús (10:26), segunda pregunta del doctor de la ley y segunda contra pregunta de Jesús (10:36). Este esquema hace evidente una constante en los debates de Jesús y, más profundamente, una característica de la misma revelación: las respuestas de Jesús con frecuencia exigen que el oyente cambie sobre todo la dirección de su pregunta. Las preguntas del hombre están muy limitadas por las respuestas de Dios. También el análisis de esta parábola muestra que Jesús no responde directamente a las preguntas del doctor de la ley. ¿Cuándo responde “sólo” a las preguntas que se le plantean? Sus respuestas van “más allá” y son “más amplias” siempre.

 Invitado a la conversión

 El doctor de la ley, que tenía que satisfacer una curiosidad teológica, se ha visto invitado a convertirse.

 La caridad como trasgresión

 Ya en el Antiguo Testamento se enseñaba el amor al prójimo, pero tradicionalmente estaba limitado a los miembros de la propia nación. Por otra parte, entre israelitas y samaritanos corrían pésimas relaciones de enemistad y con frecuencia de abierta hostilidad. Los samaritanos, por odio a los judíos, una vez esparcieron huesos de muertos en el templo de Jerusalén para profanarlo y hacer imposible la celebración de la pascua, y los judíos, por su parte, además de maldecirlos, los rechazaban como testigos y no aceptaban que les ayudasen. La acción del samaritano es, antes aún que un acto humanitario, un acto de trasgresión de un modelo cultural. La “lástima” (v. 33) le lleva a transgredir aquella norma no escrita, pero socialmente vinculante de manera absoluta, por la que “los judíos y los samaritanos no se trataban” (Juan 4:9). Por tanto, el amor de este samaritano hacia el judío herido era propiamente subversivo, en cuanto que invierte una regla de vida aceptada por todos.

Entre las convicciones y la compasión, elige la compasión

 El sacerdote y el levita son el prójimo según una definición vacía, más no en la realidad viva. Pertenecen a esa clase de personas que constituyen el ámbito del prójimo y ahí se encuentran en una posición privilegiada, pero la situación concreta del encuentro con el infeliz en el camino demuestra la vaciedad de su denominación. Sin embargo, según la definición, el samaritano no es prójimo. Odiado por los judíos, también él los odia y cree que debe odiarlos: su pasado y su religión le hacen enemigo. Pero puesto frente al infeliz, en lucha entre las convicciones y la compasión, él elige la compasión y así se convierte en un hombre nuevo, el “prójimo” y el oyente que juzga acerca de la posición del infeliz, aunque es judío y enemigo del samaritano, siente que tiene que aplaudirlo y piensa que el sacerdote ha renegado de sí mismo y ha matado virtualmente.

 Por entre las mallas de la armadura rígida no pasa la piedad

 Eligiendo su modelo de un pueblo que no era el judío, Jesús ciertamente ha querido denunciar una vez más una piedad muy orgullosa de sí misma y de sus tradiciones, pero privada de la libertad de espíritu necesaria para reconocer la voluntad de Dios. La tradición religiosa, no debe convertirse en una forma de rigidez, un vestido cerrado y pomposo que confiere solemnidad a nuestro paso majestuoso, pero entre cuyas mallas cerradas e impermeabilizadas ya no pasa el espíritu de Dios libre y creador.

 Ganar al oyente para la causa del amor

 Todo hace pensar que el relato, exponiendo algo inverosímil, pretende despertar una experiencia que todos tienen, pero que la vida cotidiana sofoca y escamotea. El relato saca a la luz de un modo hiperbólico lo que nadie quiere percibir. En el caso límite de una negación de auxilio, pone de manifiesto lo que la experiencia cotidiana enmascara permanentemente: que no estamos en realidad a la altura de las exigencias del amor. La conducta de los jerarcas cultuales no tiene nada de extraordinario: “Su comportamiento inhumano es en realidad lo que hace todo el mundo”. En esta perspectiva la reacción de los servidores del templo, escenificada en forma tan incisiva, lleva el sello de lo real. Su incomprensible reacción ante la extrema necesidad de un herido viene a desenmascarar la traición cotidiana que se hace al amor. La indiferencia de los primeros transeúntes revela lo que el oyente tendría que reconocer: que su vida real está marcada por un fallo que proviene de la ausencia de un amor fuerte. Pero el relato trata de ganar al destinatario para la causa del amor. Por eso especifica la deficiencia fundamental de la vida cotidiana en un acto de flagrante desamor que ha de provocar por fuerza su protesta.

 De ese modo le da a conocer el carácter irrenunciable del amor.

El desarrollo extravagante de la acción delata una doble estrategia, por un lado, el relato descubre, en contradicción con la idea del oyente, el fallo real de su tenor de vida. Por otro, le hace sentir esa carencia como intolerable, avivando su malestar con la descripción de los hechos. Sin ahorrarle la súbita conciencia de que su existencia se caracteriza por la falta de amor, le atrae secretamente a la causa del amor.

Dicho en otros términos, la parábola le recuerda al oyente que le falta el norte de su vida.
El Amor.

Dios no supone problema, pero…

¿Por qué este hombre que ha citado, y quizás creado, el resumen de la ley se plantea preguntas exclusivamente respecto al prójimo? ¿Por qué no ha preguntado: “Pero quién es Dios”? ¿Es que Dios es más fácil de atrapar y amar que el prójimo? El hecho es que, para nuestro teólogo casuista, Dios probablemente no es un problema. Se sabe dónde está, dónde es posible encontrarlo y de qué manera, sin riesgo de error, adorarlo y amarlo. Basta que el hombre se halle en el templo, despliegue los rollos de la ley, cante y ore, ofrezca los diezmos, y Dios está allí como un servidor celoso e impecable. A Dios, a fin de cuentas, se le posee. Lejos de mí pensar que Dios no está presente en el templo, en el culto y en todo lo demás. ¡Pero lo que me fastidia es esa confiscación casi mágica que hacemos de él! Es creer que es fácil amarlo, y llegar a defender que el prójimo que se ve y se toca es infinitamente más difícil de alcanzar y amar que Dios, al que no se le ve. Sin negar evidentemente su presencia y su fidelidad en nuestros cultos y oraciones, me pregunto si acaso no lo aprisionamos con frecuencia en nuestras Iglesias, en nuestros sistemas, en nuestras teologías. Con frecuencia no sabemos exactamente quién es y sabemos muy poco de quién es el prójimo. ¿Acaso hemos olvidado que en Jesucristo Dios se ha acercado a nosotros? “y Aquel verbo (Palabra) se hizo carne y habitó entre nosotros…”) Se ha hecho tan real y concreto como un prójimo, pero también ahora es tan difícil de descubrir como lo es descubrir a tantos otros prójimos.

No es un ángel, sino uno que elige entre muchas cosas

Por favor, no hagamos de nuestro samaritano un ángel. No, es un hombre como nosotros, con un pasado, una tradición, una familia, unas leyes. “y también con unos proyectos. Sin duda le esperaba su trabajo, quizás la familia o los amigos. Pero durante un tiempo todo esto queda en la penumbra. Por un tiempo el samaritano elige al herido y deja de lado todo lo demás. Y tenemos que subrayar precisamente esta realidad: amar significa tener que elegir con frecuencia. Elegir lo uno… contra lo otro y no solamente contra sí mismo, sino contra los otros. Amar a un prójimo significa con frecuencia renunciar a amar a otros. Curar a un hombre significa con frecuencia herir a otros, o al menos abandonar a otros heridos. He ahí una de las razones por las que el amor al prójimo nunca podrá justificarnos. Porque determina con frecuencia una culpabilidad en relación con los demás. No es posible extender una manta para proteger a alguno sin dejar descubierto a alguno otro en cualquier otra parte. No olvidemos que Jesús no ha curado a todos los enfermos de Israel. Se ha visto obligado a elegir. Y ha elegido a los cercanos, a los que estaban allí. También el samaritano elige al que está allí. Quizás en detrimento de su familia, sus amigos, pero eso no le importa.

Aquí es donde el amor se diferencia de la filantropía que, en cuanto tal, nunca quiere elegir.

Aprender a recibir

Con frecuencia, cuando hablamos del prójimo, lo primero que tratamos de dilucidar es lo que tenemos que hacer. Empezamos arremangándonos la camisa. Aquí Cristo nos recuerda que hay que comenzar a recibir y descubrir. En efecto, pensemos lo que pensemos, existen muchas personas que se acercan a nosotros, se ocupan de nosotros y nos quieren. Nuestra vida está tejida de múltiples prójimos que llegan a nosotros, y a quienes hemos olvidado. Con frecuencia hemos olvidado amar a aquellos que se han acercado a nosotros. ¿Acaso no es muchas veces más fácil amar a los que nos necesitan que no a aquellos que nosotros necesitamos?

El prójimo eres tú

La respuesta de Cristo se puede interpretar más o menos así: “Si esperas saber quién es tu prójimo, es probable que no lo encuentres nunca. Y entonces, en vez de plantearte tantas preguntas, ponte en el camino y hazte tú mismo prójimo. Porque la verdadera pregunta no son los otros, eres tú. La respuesta – la pregunta eres tú. Paradójicamente, el prójimo eres tu, o sea, ese en quien puedes convertirte”

 ¿Dónde le habéis puesto?

 Ha ocurrido más de una vez que algunos creyentes han repetido aquella lamentación de María Magdalena cerca del sepulcro: «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto» (Juan 20:11-13). El trabajo de los exegetas a veces parece destructivo: ¡lo que queda de los textos evangélicos, durante un tiempo tan vivos, es como un desierto quemado y árido! Pero también nosotros tenemos la posibilidad de experimentar, en cierto modo, lo que le ha ocurrido a María, cuando Jesús, descubierto nuevamente como “resucitado”, se acerca a nosotros en su postura concreta. Lo reconocemos en el samaritano y también nosotros decimos: ¡Raboni!… y cuantos heridos claman tirados a nuestro alrededor y nos miran con esos ojos de súplica diciendo: “¿Donde le han puesto?…”

 Esos que no ven la ocasión

 Es estupendo que a este samaritano, que hace de modelo del amor, se le presente en un camino desierto, infectado de ladrones, ante un hombre desnudo y moribundo, ante un hombre que no puede dar las gracias y que se le puede abandonar tranquilamente a su destino, porque nunca reprochará al transeúnte su ruindad … El sacerdote y el levita no ven las ocasiones, conocen el amor cómodo no tienen la experiencia de la pobreza de amor que quema como una llaga abierta e infectada, una lenta e incesante pérdida de sangre, que termina inevitablemente con la muerte. El amor para ellos es una virtud, esto es, una teoría: no se hace carne en ellos y no lo pueden ver en la carne desgarrada del herido.

 No le quedará más que la señal del amor…

 Tengo una gran esperanza… Que la Iglesia, que ha renunciado a su imagen de rival del mundo y de sociedad contra la sociedad, o de sociedad-guía de la sociedad, para tomar la de “animadora”, pueda hacer sentir al mundo que es amado. Cuando renuncie a los últimos signos de poder, no le quedará más que el signo del amor. Si la Iglesia, como comunidad de amor y como comunidad litúrgica, sabe hacerse signo de ese amor que envuelve el universo y reúne a la comunidad humana en un solo cuerpo, el mundo descubrirá su verdadera energía vital: el amor de Dios. (“Para que viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos…”)

 El ignorante y el docto frente al misterio

 “Un interprete (maestro) de la ley…”. Hay más verdad en una parábola evangélica que en no sé cuántos tratados filosóficos o teológicos. El ignorante respeta el misterio, mientras que el docto tiene la tentación continua de coartarlo o de deformarlo a su semejanza. El ignorante se reserva un pequeño espacio para ponerse de rodillas; el docto lo ocupa con cifras, cálculos, conceptos, razonamientos, máquinas, instrumentos que le crean la ilusión o la pretensión de haber entendido. En la imagen del ignorante hay sitio para la verdad; en la argumentación del docto, a menudo, no hay nada. Se encuentra adelgazada, limada, constreñida. Los hombres suelen llamar verdad a un pensamiento al que nada se puede añadir. El humilde guarda con amor la más pequeña de las simientes o una partícula de levadura; el científico descompone incluso la semilla, deshace incluso la levadura…

 Basta uno

 No importa si por uno que quiere, noventa y nueve no quieren; si por uno que se para, noventa y nueve siguen adelante. Ese uno es el Amor. El pesimismo fue inventado por los perezosos, los desalmados, los que no tienen corazón. Yo creo en el Amor

¿Conoces el dolor?

 El sacerdote no puede ser un separado: entonces no comprendería lo que acaece en el corazón del hombre y lo que cuesta vivir la fe en el mundo. Muchos tienen miedo de las pérdidas y de los extravíos, y cierran y atrancan, olvidando que está perdido para la gracia y para la vida no sólo el pródigo, sino también el hermano mayor, quien, aunque conoce la ley, no conoce el dolor: -¿Tú conoces el evangelio?-¿Y tú conoces el dolor?

 En el evangelio todo consiste en inclinarse

 “Se inclinó…”. Inclinarse…esa curva es el documento de su identidad, la inconfundible señal del amor que desciende y condesciende. En la práctica del evangelio todo consiste en inclinarse: “Se inclinan los cielos y hacen llover”. “y el Verbo se hizo carne y descendió hasta nosotros”. “El Señor, al verla, se compadeció de ella y le dijo: ‘¡No llores!’. Y acercándose, se inclinó sobre el féretro” (Lucas 7:13-14). “Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en la tierra: ‘Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra’” (Juan 8: 6-7). “E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19: 30). Así responde el Hijo de Dios a las rigideces hipócritas de los hombres. El samaritano actúa como Jesús, por eso Jesús es el samaritano; más que el samaritano, el amor. “Vete y haz tú lo mismo”

 El milagro más grande

 El milagro más grande y continuo, que además es prueba segura de la presencia de Dios en nosotros, es el bien que florece en las manos del hombre: una criatura que no es buena haciendo cosas buenas.

 No hay justo ni aun uno…

¿Cuántos de nosotros merecíamos el sacrificio de Jesús en la Cruz? –no veo manos levantadas, mas bien miradas esquivas…. ¿porque nosotros elegimos y decidimos a quien si y a quien no se debe de mostrar misericordia?….te lo dejo de tarea.

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Comentarios en: "El buen samaritano….última clase." (4)

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  3. Muy nutritiva la clase, ahora sé que mi prójimo existe cuando dejo de mirar hacia dentro de mí y me acerco a suplir la necesidad del desvalido y le doy un nombre, una identidad. El prójimo existe sólo cuando actúo haciendo consciencia de su existencia.

    La frase de: “El amor es exfoliación de sí mismo” me encantó, hace que amar sea práctico, implica un sacrificio y por qué no, también implica dolor, el dolor de renunciar al Yo para poder amar sin medida.

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