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Saludos…les comparto La Parábola “El Buen Samaritano”, tema: El reino de Dios a través de las parábolas de Jesús.

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El Buen Samaritano – Clase No. 2

El Buen Samaritano – Ultima Clase

Esta es la segunda parábola que estamos estudiando, la primera fue los dos deudores, la intención es conocer y ejercitar la vida del reino de Dios.

 

El experto

 “Se levantó entonces un maestro de la ley y le dijo para tenderle una trampa…”

Es la vieja religión la que habla por boca de este súper experto. Es la vieja teología que plantea su discurso únicamente desde el plano teórico. Pero Jesús no se deja enredar en un debate académico. Jesús no entra en un debate teórico, aunque él lo puede hacer pues el mismo es la sabiduría de Dios. No presenta una tesis, sino un hecho concreto. Y obliga al interlocutor a hacer las cuentas con los hechos. Le obliga no a elegir una teoría, sino una actitud práctica. Al final no le pregunta: “¿Has entendido bien?”. Ni tampoco le recomienda: “¡preocúpate de no olvidar esta lección!”. Le impone tajantemente: “Vete y haz tú lo mismo” o “Ve a hacer lo mismo”.

El escriba había venido a discutir, a disputar, a argumentar. Y se va con una obligación precisa que tiene que llevar a la vida. La vieja cultura religiosa pretendía hablar. Jesús le pone la mordaza. En compensación, le obliga a mover las piernas, no la lengua. Y a hacer funcionar el corazón. El experto, en la nueva religión, ya no es “el que sabe”, sino “el que hace”. “22 Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.”  Santiago 1:22; “1 Llamó Moisés a todo Israel y les dijo: Oye, Israel, los estatutos y decretos que yo pronuncio hoy en vuestros oídos; aprendedlos, y guardadlos, para ponerlos por obra.” Deuteronomio 5:1.

¿Y quién es mi prójimo?

El escriba quiere una ficha, la lista detallada de las personas a las que hay que considerar como “prójimo”. Una especie de lista de los pobres, de las familias necesitadas. La dirección “exacta” de los individuos a los que puede abrir su corazón sin excesivos riesgos. Imagínese si Jesús hubiese dicho, por citar algunas personas como ejemplo, hoy estuviéramos delimitando y debatiendo también por el significado de esa lista, pero no, y que bueno que fue así, Jesús pasa de la teoría a la práctica mediante una historia.

Jesús da un vuelco radical a la pregunta:  “¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”.

No quiere precisar quién es el prójimo en pasiva. Sino que quiere descubrir quién es el prójimo en activa. No el prójimo como objeto, sino como sujeto del amor.

Cristo desplaza el centro de interés. El doctor de la ley se coloca en el centro, sobre el pedestal, y pone a los demás a su alrededor. “¿Quién es mi prójimo?”. El Maestro explica que este centro no es el YO, sino cualquiera que se encuentre en mi camino y necesite mi ayuda, mi comprensión, mi amor.

El problema fundamental del cristiano no es el de saber quién es su prójimo, o sea, la categoría de personas que le permiten ejercitar la caridad con el menor costo posible. El problema esencial consiste en “hacerse prójimo”, desplazando el centro de interés del yo a los otros. El samaritano ha sabido colocarse en la perspectiva Justa, o sea, del lado del otro.

Por tanto, no se trata de saber a quién debo amar, sino de caer en la cuenta de que todos tienen derecho a mi amor. Debo acercarme, hacerme vecino, “próximo” de todos, especialmente de los más lejanos. Solamente así, acercándome, anulando distancias, podré escuchar sus gemidos, oír su grito silencioso, descubrir sus sufrimientos o, al menos, intuirlos, captar sus llamadas de amor, incluso las no expresadas.

Siempre es muy fácil crear distancias inmensas en nuestro camino. Gente antipática, molesta, tonta, inoportuna, vulgar, despechada. Y pasamos a su lado, los rozamos, convencidos de que sus problemas y sus angustias no nos conciernen. Un censo del prójimo sólo serviría para aumentar las distancias, para multiplicar los excluidos de mi amor. Sin embargo, basta acertar con el gesto exacto, precisamente el del samaritano. Y entonces la pregunta sobre “quién es mi prójimo” carece de sentido. La he resuelto anulando las distancias haciéndome próximo.

Bastan veintisiete kilómetros para dividir a los hombres

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó… “. Veintisiete kilómetros de un camino que baja en picado, partiendo desde casi  ochocientos metros de altitud sobre el nivel del mar y, zigzagueando  en medio de un desierto calcáreo: llega a Jericó,  “la ciudad  de las rosas” a trescientos metros bajo el nivel del mar. Un escenario  pavoroso, alucinante. Un entorno propicio para encuentros  no  precisamente agradables. Se le llamaba, Siniestra y significativamente,  “el camino de la sangre”. Veintisiete kilómetros que bastan para dividir a los hombres en  dos categorías: los que pasan de largo y los que se detienen; los  que “recorren su camino” y los que se preocupan por los demás;  los que exhiben el certificado sellado con un “no es cosa mala” y  aquellos que se sienten responsables de todo y de todos; los que no  quieren complicaciones y los que hacen acto de presencia ante el  dolor que hay en el mundo; los que no hacen daño a nadie y los  que saben inclinarse ante cualquier necesidad; los que tienen que  ocuparse de “cosas importantes”, de “asuntos urgentes”, y los que  se preocupan del sufrimiento ajeno.

Veintisiete kilómetros vigilados por la mirada de Dios. En efecto, esta parábola está dentro de la misma perspectiva que la del fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14). Allí, en el templo, dos hombres oran y Dios los observa. Aquí, a lo largo de los recovecos de un camino infame, nos encontramos a un hombre medio muerto, a algunos individuos que se acercan y a Dios observando, fotografiándolo todo.

Puedo engañarme y pasar de largo. Nadie me ve. El pobre hombre, que siente cómo se le escapa la vida por las heridas, ya ni siquiera tiene fuerzas para abrir los ojos. Pero no es así.  Dios me observa cuando estoy en la iglesia y también cuando voy por el camino. Para él también el camino es importante. Como la iglesia. Camino e iglesia son el lugar del encuentro. Veintisiete kilómetros pueden determinar mi salvación o mi condenación. Veintisiete kilómetros, e incluso menos. Puede ser suficiente un pasillo… pocos metros… una ventanilla… un despacho.

Basta con que una persona me necesite: ese es mi camino que baja de Jerusalén a Jericó. Donde, si pierdo tiempo, gano la eternidad. Mi salvación coincide con la salvación del otro.

¿Qué distancia es necesaria para separar dos corazones?

Con esta pregunta termínanos la primera parte de este estudio que continuará con dos estudios más…esté pendiente del desarrollo y conclusión de esta parábola.

¡Gracias por leer.! puedes dejar tus comentarios…

 

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Comentarios en: "El Buen Samaritano…Primera Clase" (10)

  1. homenic fuentes dijo:

    que mensaje; cargado de espíritu y vida; hijole hermano esta vez me cimbro de sobremanera este sermón, QUE dios te siga usando y a darle ..

    te mando abraso desde aguascalientes

  2. jose torres dijo:

    graciasque dios los bendiga por tan hermosa enesnanza.la paz y el gozo del espiritu santosea sobre usted y su familia .bendiciones

  3. Virginia dijo:

    Esta enseñanza me confronta con mi cotidianeidad, me hizo ruido porque en muchos casos no he estado “próxima” a pesar de pasar tan cerca. Dice un dicho conocido por los psicólogos: lo que te choca, te checa. Me he quedado reflexionando, espero ponerlo en acción, no olvides seguir publicando las siguientes partes, me dejas en suspenso.

    • Dra. Virginia, me gusto la expresión “no estado proxima a pesar de pasar tan cerca” y claro que si seguiré publicando, si te gustan sigue dejando tus comentarios.

  4. SILVIA CRUZ dijo:

    Bendigo tu vida,,, sos genial por la gracia divino de tu creador y criador….sencillamente penetrante…Gracias por dejarme por un momento comprender que muchas veces que quedé alli parada en el camino….pero Dios tiene siempre oportunidades y te utilizo a ti…. Gracias por este fuerte sacudon espiritual.

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