Editor: Esdras Mendoza Rios

Después de la ascensión de su Señor, en obediencia a sus instrucciones los primeros cristianos esperan la llegada del Espíritu Santo. Cuando llega, su acción va mucho más allá de lo que la promesa de Jesús ha llevado a sus seguidores a esperar. El miedo se convierte en valor, los iletrados hablan con elocuencia sorprendente, la derrota se transforma en victoria, los cobardes testifican de la resurrección de Cristo. La promesa de Cristo se cumple de manera sorprendente, y peregrinos de todas partes del Imperio escuchan las buenas noticias en idiomas conocidos y responden con arrepentimiento y fe. El grupo de ciento veinte crece con la adición de tres mil personas, y pronto hay cinco mil familias que componen la iglesia en Jerusalén. Este crecimiento y la expansión que sigue exigen el estudio de las características de esta iglesia.

El Espíritu Santo

La presencia del Espíritu Santo. Con la llegada del Espíritu Santo el día del Pentecostés comienza la vida de la iglesia, porque es el Espíritu el que le da vida. Los «todos» que fueron llenos del Espíritu Santo (Hch. 2:4) sin duda son los ciento veinte personas, incluyendo a los Doce y a las mujeres, que vivieron las primeras experiencias de comunión y oración sin su Maestro (Hch. 1:14-15).

El Espíritu Santo viene a todos los creyentes: judíos y gentiles, esclavos y amos, hombres y mujeres, líderes y personas comunes, ricos y pobres, educadores e ignorantes. Hay tantos pasajes en todo el Nuevo Testamento que expresan esta verdad que sería imposible citarlos; basta mencionar las palabras de Pablo: «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Rom. 8:9) Es este Espíritu el que provee a todos los cristianos el poder y la fuerza para cumplir con la consigna de la última comisión de Jesús de ser sus testigos (Hch. 1:8); es la manera en que el Cristo exaltado cumple su promesa de estar con todos sus discípulos «todos los días, hasta el fin del mundo» (Mat. 28:20).

Los dones que distribuye el Espíritu Santo. Un corolario del principio que dice el Espíritu Santo está presente en cada creyente es la enseñanza apostólica sobre la repartición de dones espirituales, dones que preceden del Dios trino: vienen de Dios Padre, son el regalo del Cristo exaltado y son administrados por el Espíritu. El énfasis está puesto en que a «cada uno» el Espíritu le da algún don para que lo utilice en la vida y testimonio de la iglesia. No aparece la separación del laos, el pueblo de Dios, en dos partes: por un lado, la membresía, los laicos, la gente común; por otro, los clérigos, los pocos hombres dotados con los dones del Espíritu para enseñar y gobernar a la mayoría. El Espíritu concede un don o dones a cada creyente.

Otra implicación de la enseñanza sobre la distribución de los dones del Espíritu es la importancia que da a la mujer y su ministerio en la iglesia. No hay indicación de que los dones estén repartidos según el sexo. Todo creyente hombre o mujer, judío o gentil, esclavo o liberto, tiene dones dados por el Espíritu que lo capacitan para servir. Las Cartas y el libro de los Hechos revelan una iglesia en que todos hacen su aporte particular en el ministerio de la iglesia-en-misión.

La vida de los primeros cristianos

Estilo de vida. El testimonio inicial de los cristianos en Jerusalén consiste en la calidad de su vida comunitaria, la unión que experimentan y la manera en que los más ricos comparten sus posesiones con los miembros pobres para que nadie pase necesidad (Hch. 2:42-47; 4:23-37). Este testimonio lleva a muchos a la salvación y a la iglesia (2:47). Poco después, la preocupación de los apóstoles por atender las necesidades de las viudas helenistas (Hch. 6:1-7) revela su deseo de satisfacer las necesidades básicas de la gente. Como resultado, aumenta el número de discípulos y crece la iglesia-en-misión. La misión de los laicos comienza en casa, con un estilo de vida comunitaria y con la preocupación por las necesidades físicas de los hermanos y de los que están fuera de la iglesia.

Sacrificio y testimonio. Poco tiempo después la iglesia cristiana judía sufre una persecución tan severa que la única posibilidad que les queda a muchos creyentes es salir de la ciudad, probablemente dejando su trabajo, su hogar, su familia. Pero con estos refugiados viaja también el evangelio de Jesucristo (Hch. 8:1-4). Su experiencia del  perdón, de la vida nueva en Cristo y de su comunión con otros creyentes es tan real, tan significativa, que no pueden renunciar a su nueva fe. Donde quiera que van, a los pueblos de Judea y Samaria, estos evangelistas sin título van como misioneros. Aunque los apóstoles permanecen en Jerusalén, la iglesia-en-misión llega a las provincias, cumpliendo con las indicaciones de Jesús (Hch. 1:8). Con el tiempo los misioneros informarles llegan aún más lejos, viajando hacia el norte por la costa, por barco hasta Chipre, y hasta la tercera ciudad del imperio, Antioquía. Con ellos va el mensaje del Mesías, Jesús (Hch. 11:19).

Misión Transcultural. De nuevo, son unos misioneros cristianos «laicos», sin título, los que cruzan la próxima frontera llevando el evangelio, pasando la barrera más formidable que un judío puede imaginar. En contraste con los judíos de la Palestina, estos creyentes han sido preparados por su trasfondo de generaciones de vida fuera  de los límites de la Palestina y están acostumbrados a conversar en griego y tratar con gentiles.

De esta manera el Nuevo Testamento nos pinta el cuadro de una iglesia de hombres y mujeres, gozosos en su nueva fe, comprometidos con su mensaje y dispuestos a sacrificar su vida (Hch. 8:3; 9:2; etc.), llevan el evangelio a todas partes del Imperio Romano con un entusiasmo contagioso. La comunicación del evangelio de Cristo forma parte integral de su vida diaria. No esperan ningún nombramiento ni título ni promesa de sostén para comenzar el trabajo misionero: la vida misma es vida-en-misión.

Misión de la familia. Una manera común en los primeros cristianos sirven como iglesia-en-misión es el uso de la casa familiar como centro de evangelización o lugar de reunión para los creyentes. El evangelio llega a Cornelio y su familia en la intimidad de su casa. Ya en los primeros momentos de la vida de la iglesia en Jerusalén la comunidad cristiana se reúne en la casa de María, la madre de Juan Marcos. Otros creyentes hospedan a los misioneros itinerantes. Los primeros lugares de reunión en varias ciudades del Imperio son las casas de creyentes comunes, misioneros sin título: Lidia, Priscila y Aquila, Aristóbulo, Ninfas, Filemón y Apia (Hch. 10; 12:12; 17:6-7; 16:15-40; 21:8; Rom. 16:10; 1ª Cor. 16:19; Col. 4:15; Fil. 2, etc.).

Cuando se toma en cuenta que la familia romana típica incluye varias generaciones, más esclavos, sirvientes libertos, el testimonio de un creyente dentro de la casa tiene el potencial de llegar a muchas personas. Así se extiende la fe cristiana a todas partes del Imperio y a todas las clases sociales.

CONCLUSION

La imagen de la iglesia cristiana que surge de la lectura del Nuevo Testamento es la de una comunidad unida a pesar de su diversidad, que deriva su identidad del compromiso de cada miembro con su Señor, que encuentra el principio de su unidad en su lealtad a él, que comparte una misma visión de llevar la buenas noticias a toda persona por medio del testimonio de su vida diaria.

Es la comunidad que reconoce la presencia del Espíritu Santo en cada miembro y aprovecha el ejercicio de los diferentes dones para el bien del grupo y de los miembros individualmente. También es una comunidad que desafía a la iglesia moderna a reconsiderar sus patrones de vida eclesial y misionera.

Si la vida de la iglesia en el mundo es misión, y todos los creyentes son «misioneros», la iglesia moderna debería enseñar y fomentar el sentido de responsabilidad personal en todos sus miembros, para que tomen conciencia de que su nueva vida en Cristo tiene el propósito de glorificar a Dios y proclamar su grandeza en palabra y acción. Por lo tanto, la misión debe involucrar la vida de todo cristiano en toda actividad de su vida diaria; incluyendo su testimonio y su estilo de vida consecuente.

Por lo que la iglesia, antes de pensar en enviar a misioneros, tiene la tarea de hacer discípulos o aprendices de Jesucristo, personas que respondan a su llamado de «Sígueme», que disfrutan de una relación personal con él, que están dispuesta a aprender la obediencia y fidelidad.

Porque la comisión que dejó Jesús a sus seguidores pone el énfasis en la tarea de hacer discípulos como el corazón del mandato: la palabra id está subordinada al imperativo haced discípulos. Y esta tarea de reproducirse de discípulos que hacen nuevos discípulos es parte de «todas las cosas» que las nuevas generaciones enteras de cristianos deberían aprender a obedecer. No es responsabilidad exclusiva de pastores o líderes, sino de toda la comunidad de seguidores de Cristo.

Podemos afirmar, entonces, que el Nuevo Testamento nos enseña que todos los discípulos de Cristo forman la iglesia-en-misión, que unos años más tarde lleva el evangelio desde Galilea y Judea hasta todos los rincones del Imperio Romano. Si la iglesia cristiana del día de hoy quiere ser fiel a su Señor y obediente a su mandato, tiene que involucrar a todos los «laicos» en su misión. Este es el pueblo que algún día va a formar esa «gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lengua, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero…», cantando:

Digno eres de tomar el libro
Y de abrir su sellos;
Porque tú fuiste inmolado,
Y con tu sangre nos ha redimido para Dios,

De todo linaje y lenguaje y pueblo y nación;
Y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes,
Y reinaremos sobre la tierra.

La salvación pertenece a nuestro Dios
Que está sentado en el trono,
Y al Cordero (Ap. 7:9; 5:9; 7:10).

 

Aporte enviado por el Pastor: Ariel Perez Gutiérrez.  (desde el corazón de un siervo de Dios) 
“Espero bendiga al Cuerpo de Cristo y nos desafie, para dejar de dormir. Como iglesia ante el mandato que tenemos todos en cumplir con nuestra misión. Bendiciones”
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